Las caricias del recuerdo.

Después de recoger los restos del primer gran naufragio se escondió en eternas jornadas de trabajo y un puñado de abrazos desinteresados de amigos y conocidos, y se acomodó en ellos. Los primeros meses fueron una locura de novedades, cenas, reuniones, salidas y entradas, y en una vorágine de acontecimientos pasó la Navidad y el Año Nuevo en un guiño maravilloso le dejó el mejor regalo.

Cuando el sol saludó el primer día del año no se pudo levantar porque no se había acostado y cuando llegó a casa corrió a mirarse en el espejo, tenía un aspecto de horrible felicidad conmovedor, la larga noche y la intensa mañana habían borrado casi todo el maquillaje y el cansancio se había asentado tomando posesión de su reino y sin embargo sus ojos brillaban como nunca.

Cayó rendida al sueño en cuanto le abrió la puerta y despertó en una placidez que casi había olvidado, eran las ocho, hacía un rato que había oscurecido, le sobraba tiempo, disfrutó de esos momentos en la cama cuando uno despierta feliz y los últimos acontecimientos le hacen sonreír, esos instantes de plena felicidad con uno mismo. Estiró cada músculo de su cuerpo para asegurarse de que era ella la que estaba allí mismo y cuando estuvo lo bastante segura de que aquello estaba sucediendo se levantó y empezó a vestirse para la guerra, ese conflicto de locos que llamamos enamoramiento cuando queremos mostrar nuestro mejor plumaje mientras a la vez nos abrazamos con pasión al del oponente en esa lid cargada de deseos.

Cuando el momento se acercaba daba vueltas poseída entre el espejo, el salón con el especial de Nochevieja repitiéndose y un montón de pellizcos en el brazo izquierdo. Veinte eternos minutos después sonó el timbre, corrió a la puerta poseída por el anhelo, la abrió y allí estaba él, él y su belleza perfecta, esa vez se pellizcó tan fuerte que soltó un pequeño grito, el año le había regalado un príncipe y el estaba ahora bajo el marco de la puerta sonriendo y mirándola.

Casi sin tiempo a decir nada se besaron como si se acabara y supieron que fuera no había nada que no tuvieran allí dentro; en ese instante no pudo recordar si aquella noche se habían amado o simplemente habían explorado cada rincón del otro hasta el agotamiento, no importaba el tiempo, ni el sol, ni qué momento del día era, se alimentaban el uno del otro y solo tenían noción del espació, de aquel reducido mundo que solo era de ellos.  Una semana más tarde paseaban su amor por cada rincón de aquella ciudad que les acogía, los rincones que más tarde recogerían las lágrimas del desamor y los vacios de las segundas oportunidades.

Habían pasado los años y Julia tomaba café esperando a una amiga, su vida transcurría plácida, construida al calor de un hogar donde refugiarse los días de viento, pero esa canción, la suya, la que lo fue del amor y el desamor la transportó a un pasado lejano, que siempre había esperado agazapado y que de repente se abalanzó y la tenía sin aliento. Cuando llegó Martina la miró, y esbozando una sonrisa de sorpresa le espetó: “¿te pasa algo? Julia cayó de bruces al presente y notó que en pleno diciembre estaba sudando, balbuceó un tímido nada, pensaba… y Martina con su habitual tono mordiente le contestó, pues ya me contarás en que, porque pareces extasiada y estoy casi segura de que no has visto a Dios. Julia sonrió y guardó para sí un pero casi que se le escapaba del alma. Tomaron café, fueron de tiendas, charlaron y aunque intentó concentrarse en lo que estaba haciendo, su mente volaba sola, esa era la suerte de salir con Martina, la conocía tanto que nunca pedía explicaciones.

Llegó a casa, entró en su dormitorio, se arrojó en la cama y tiró los zapatos al suelo, todo lo que había sentido en aquel año hacía mucho tiempo se había apoderado de su mente y de su cuerpo. Ahora en la soledad de aquella habitación que era casi de hielo sentía como si se repitieran sus caricias recorriendo todo su cuerpo y su cuerpo de nuevo lo acogía, como si nunca se hubiera ido.

Durante la noche apenas pudo dormir, recordó cada instante de aquella locura de amor que un día tuvo y se dio cuenta que jamás esa sensación se había repetido. Se habían amado con pasión hasta el último de sus encuentros, y quizá por eso los latidos de aquel corazón seguían en su cuerpo. Nunca se dijeron adiós, ni siquiera un hasta luego, el se marchó dejando una nota bajo un teléfono, meses más tarde en  las calles de su ciudad repitieron un encuentro y tampoco entonces  se despidieron.

Los años habían moldeado su cuerpo y sin embargo recordaba el de él como si nunca hubiera dejado de recorrerlo. Se levantó, miró a su alrededor, tenía todo lo que podía comprar el dinero, pero el hogar desde que se habían marchado sus hijos había dejado de serlo. Buscó la maleta y casi sin saber lo que estaba haciendo la llenó, miró de nuevo a su alrededor, quería asegurarse de saber lo que dejaba, buscó una hoja en blanco, escribió una nota y con una amarga sonrisa la dejó bajo el teléfono.

Arrancó el coche y no miró atrás, después de haber conducido unos cien kilómetros paró y llamó a Martina, solo le dijo: “lo he hecho” y al otro lado tras un eterno silencio se escuchó: “lo sabía, no sé quien pasó ayer por tu vida, pero cuando te vi lo supe, supe que te arrancaba de esta”.

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4 comentarios sobre “Las caricias del recuerdo.

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  1. Molt apasionat i tendre a l’hora, m’agrada molt….. la nota sota el telèfon, genial, la segona eh!!!!Segueix així a veure si un dia d’aquests vaig a la Fira del llibre a recollir la teva firma.

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