La dolce vita

¡¡Tutti a galera!! Solo Sara con el sentido del miedo siempre perdido en algún baúl olvidado, podía reírse a carcajadas cuando la frase la pronunciaban dos carabinieri de la brigada anti vicio de la policía italiana. La situación era de un surrealismo propio de Buñuel, y allí estaban las cuatro, Ángela lloraba y repetía: “a  galera no que mi padre me mata”, Esther, la única persona capaz de creer que en Italia todos los hombres se llaman lui, desde su mundo lo miraba todo como si no fuera con ella, mientras Isabel, recién terminada la carrera de derecho se había aprendido muy bien que no tenían que hablar.

El cargo era un mercedes blanco, nuevo y reluciente de dudosa procedencia, el arma del delito cuatro españolas proyectando una tarde de aventura en un monte florentino, el motivo, como no, encontrar cuatro estupendos ejemplares patrios, tarea que en principio no se presumía difícil dada la conocida belleza y capacidad de “amar” de los italianos; se acercaba el momento de la despedida de aquel maravilloso viaje y había que hacerlo por todo lo alto, y realmente lo lograron.

Dicen que lo que bien empieza bien acaba y aquello no podía acabar bien nunca, el vagón del trayecto a Port Bou era mejor no recordarlo, y en el cambio de tren se equivocaron y casi cambian Pisa por Milán, la ayuda de dos japoneses resultó providencial y tuvieron que tirar las maletas por la puerta y por la ventana con el tren en marcha, bueno, realmente fue Isabel la que se jugó el físico, el resto estaban abajo, Sara sin poder parar de reírse, Esther intentando descubrir que había pasado y solo Ángela era capaz de ayudar.

Finalmente tras una noche que algunas querrían borrar de su diario de viaje, llegaron a Pisa y allí las recogió Massimo para llevarlas a su casa en la Toscana, y aquella casa se convirtió en algo imposible de olvidar, uno de esos sitios donde te gustaría vivir para siempre, y en ese instante se consolidó uno de los grandes amores de Sara, Florencia y la Toscana pervivirían en su corazón como un refugio seguro, al menos en sus sueños.

Fue un tiempo maravilloso, pudieron conocer el país a través de los ojos de un italiano, perderse por las calles de Florencia, Siena, Venecia, Roma…. Adorar a Miguel Ángel, adentrarse en el mundo de Leonardo, abrazar al Giotto, y caer rendidas a Brunelleschi, los ojos de Isabel y Sara creían a ratos que sería imposible poder captar todo aquello para guardarlo en la memoria, las dos adoraban el arte desde siempre y la abundancia de aquellos días los convirtió en un plácido baño en las aguas que  te llevan del medievo al Renacimiento.

Pero creo recordar que esta historia empezó con una detención, si, el broche de oro, conocer los calabozos de los carabinieri, Sara siguiendo con su estilo, se atrevió a apuntar: “si al menos fueran 4 y fueran con uniforme de gala…”, pero es que previa a la detención hubo una persecución por las calles de Florencia que termino en un callejón sin salida de un supermercado. Las damas de la tarde florentina se creían que habían ligado y a los carabinieri, en principio, solo les interesaba la procedencia del coche, y como ellos eran dos y ellas cuatro quisieron despistarlos…

La aventura italiana estuvo llena de muchos momentos para recordar. Sara y la mujer de Massimo enseguida congeniaron, Nicola era una mujer culta, hablaba varios idiomas, tenía un sentido del humor que le encantaba a Sara y disfrutaron de muchos momentos juntas aquellos días. Una mañana tras cruzar un mercadillo en la parte antigua de Florencia, no sin pocos apuros bajo el acoso de los ardientes italianos, la salvó de una situación comprometida, cruzaban el “Ponte Vechio” y un egipcio decidió que podía cambiar a Sara por una cantidad ingente de camellos, Nicola, que hablaba árabe le soltó una perorata  imposible de repetir, discutieron y finalmente el asunto quedó zanjado con una foto de los dos en el puente y con Florencia como testigo de aquella sorprendente historia. Tiempo más tarde, Sara no se cansó de maldecir aquella foto y se volvió muy reacia a que sus fotos pudieran caer en manos de extraños.

Y siguieron exprimiendo todos y cada uno de los días, en Roma subieron a la cúpula del Vaticano, algo que en días de gran afluencia de turistas se convierte en casi una hazaña, pudieron contemplar la ciudad y abrazarla desde lo alto, sentir de cerca la obra de Miguel Ángel, recorrer el Foro, entrar en el Coliseo y llegar callejeando a la Fontana de Trevi, y lanzaron la moneda, pero aquel día no estaría muy receptiva, porque Sara e Isabel todavía no han regresado. En Venecia degustaron el aperitivo más caro de sus vidas sentadas en la Plaza San Marcos, eso si acompañadas por la música de piano, violines y violonchelos. En Siena pudieron disfrutar de las fiestas del palio….

Adoraron Italia, pero aquella tarde, las cuatro damas, en aquel callejón sin salida del supermercado lo único que consiguieron fue meterse en otro, porque ninguna información que proporcionaban a los carabinieri era correcta, ni el propietario del vehículo, ni el lugar de residencia, nada de lo aprendido antes de salir de su hermosa villa en la Toscana concordaba con la documentación que les enseñaban, finalmente dejando el mercedes aparcado como prueba del delito, subieron al coche de los carabinieri y fueron a comisaria, afortunadamente no tuvieron que entrar, solo lo hicieron ellos, la visión de los calabozos y el teléfono tenían a Ángela al borde de una crisis; mientras sus improvisados “fidanzati” comprobaban los datos y la historia, y  sus compañeros desde la puerta lanzaban piropos al modo italiano a las cuatro presuntas detenidas.

Tras una tensa espera, libres de culpa, les dijeron a sus nuevos amigos que tenían que aprovechar su última tarde florentina y los seis se fueron a recorrer la ciudad, el robo del mercedes terminó con una tarde divertida escoltadas por los carabinieri con los que pasearon, charlaron, brindaron, se hicieron fotos y recorrieron las calles de Florencia a toda velocidad.

Al día siguiente había que volver a casa y a Sara solo le gustaba un modo de hacer las maletas, el de salida, el de regreso siempre le resultaba como un peso más que arrastrar, quizá por eso siempre estaba saliendo, pero siempre acababa regresando. Pero en aquella ocasión, mientras se alejaba de la Toscana, sintió que algo de ella se quedaba allí, al abrigo de la obra de Brunelleschi, en la cúpula de Sta. María del Fiore, y decidió no ir a buscarlo, en algún momento podría volver a escaparse y recogerlo o visitarlo.

Y en este momento, ese viaje es uno de sus más ansiados proyectos, no sabe cómo, no sabe cuándo, ni siquiera con quien, solo quiere saber si ese algo que dejó todavía permanece, necesita ver la luz del Renacimiento en su mirada y quien sabe, pasear por una ciudad mágica puede hacer que se cumplan todos sus deseos.

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One thought on “La dolce vita

  1. jajajaja molt bo, però ei bonita que la que se reia a acarcajadas y la única que estava en el coche de los carabinieri era la pobre Ester, que la dejasteis sola y abandonada a su suerte con las placas y las pistolas, jajajajajajaajaj

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