Duerme anhelo duerme

Duerme anhelo duerme, porque aunque yo no habré dormido, de nuevo te habré amado y por la noche te tendré solo para mí.

Se habían conocido por casualidad, ella asistía a unas conferencias y el daba una de arte, se miraron varias veces durante la charla y en el coctel posterior les presentaron. Rápidamente conectaron y a pesar de las interrupciones seguían conversando y después de esa noche, seguirían muchas otras, con dos copas de vino y el sol despidiéndose.

No podía verle, pero presentía que estaba dormido, él creía ser su amigo, ella lo había convertido, casi sin darse cuenta, en el objeto de su deseo. Vivian en un mundo bohemio,  frecuentaban exposiciones y bares copados de artistas o aspirantes a serlo, pero los mejores momentos se producían al anochecer, cuando en casa de Jon su charla se convertía en silencio contemplando unas puestas de sol que incluso ahogaban las palabras.

Claudia estaba anclada a una equivocación con papeles de matrimonio firmados y sin matrimonio, Jon era lo más cercano a un play boy que había conocido, las mujeres le adoraban y caían o se arrojaban a sus pies, al principio ese detalle no le importaba, al contrario, solían bromear sobre el asunto, pero a la vez que avanzaba el verano ella se dio cuenta de que cada vez odiaba más a aquellas mujeres.

Se convirtieron en cómplices casi antes que en amigos, sus miradas decían más que sus palabras, podían comentar lo que sucedía en cualquier escenario y ni siquiera los gestos entre ellos eran necesarios.

Por la mañana, Claudia, llegó al estudio temprano, las horas entre el barro se sucedían sin control, ni siquiera las altas temperaturas del mediodía, a menudo elevadas por el calor de los hornos, la empujaban a salir de aquellas cuatro paredes que se habían convertido en su refugio, y aislada de los que la rodeaban el tiempo se hubiera detenido en cada gesto que sus manos realizaban para dar forma o color y se hubiera quedado allí eternamente, solo las visitas de Jon para preparar sus puestas de sol y la insistencia de sus compañeras la alejaban de acariciar  lo que sus manos creaban siguiendo las órdenes de su alma.

Siempre amó el arte en todas sus expresiones, se inició en los pinceles, pero cuando por casualidad sus manos y el barro se mezclaron entre los dos nació una relación de mutuo deseo, sus manos ansiaban tocarlo, amasarlo, modelarlo, darle forma y podía sentir como él no podía resistirse al tacto de sus caricias y como un amante mudo se entregaba a cada uno de sus caprichos en silencio, y ella lo observaba, trabajaba su cuerpo y hacia crecer en cada uno de sus movimientos una nueva vida, inerte, pero con alma, la que ella había dejado con cada impronta y cada sentimiento proyectado por las yemas de sus dedos.

Y aquella existencia vacía, que estuvo suspendida dos años en un tránsito a ninguna parte, se encontraba ahora atrapada entre dos amantes, ninguno podía ofrecerle el calor que ella necesitaba, pero le daban la calidez que cubría con su manto los días y las noches, haciéndole olvidar las sombras en las que aún se encontraba atrapada y susurrándole a cada momento que diera una paso adelante, que abrazara su vida como al barro y fuera únicamente ella quien le diera forma.

Un anochecer mirando el infinito a través de su copa, se dio cuenta de que aquellos momentos de verano, a los que se entregaba con demasiada devoción podían hacerle mucho daño, las riendas de sus sentimientos se estaban escapando, pero aún estaba a tiempo de controlarlas, de momento el deseo ganaba al corazón, pero solo porque aquel corazón se encontraba ahíto de vacío; Jon estaba en pausa, pero no tardaría demasiado en salir a cazar, y aunque ella supiera que lo suyo con aquellas mujeres no era más que sexo, les estaba dando lo único que ella no obtenía de él y por eso era lo que más anhelaba. Esa noche se quedó a dormir, descansaron juntos pero en mundos distintos, ella soñó con él pese a tenerlo a su lado, él durmió plácidamente en el lugar donde habitaron sus sueños y Claudia, cansada de amarlo, por la mañana, recordando el sabor del vino, lo dejo abandonado en su paraíso y regresó a su amante mudo, aquel en el que volcaba todo el deseo acumulado y recibía agradecido el calor que le daban sus manos, el barro.

Sus vidas se separaron a finales de septiembre, ella cambió de estado civil, de residencia, incluso de deseo y se entregó a una nueva existencia sin espacio para él, él se desvaneció justo al final del verano.

Con los años, Claudia, no podía recordar siquiera el momento del adiós, en su recuerdo no podía sentir dolor ni abandono porque nunca se pertenecieron, su memoria solo guardaba aquellas puestas de sol con sabor a vino blanco, y conservaba una de las dos pasiones, la de crear y sentir el tacto del barro entre sus manos.

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