Donde quiera que estés

A mi abuela Roser

Donde quiera que estés cada día veo tu rostro, donde quiera que estés cada día me acompañas, donde quiera que estés te sigo echando tanto de menos que el dolor no duele tanto, no por la ausencia a la que uno no puede nunca acostumbrarse, sino porque el mismo se instala en algún hueco de nuestro universo y reposa, hasta que traicioneramente a veces decide aparecer en nuestro día y entonces volvemos a ser conscientes del dolor y de la ausencia.

El “Poble Nou” es un barrio de Barcelona que antes de ser villa olímpica fue un barrio obrero donde la necesidad se mezclaba a menudo con el humo de las fábricas, y entre aquellos humos que no cesaban con el sonido de las sirenas de los cambios de turno y el olor a duro trabajo creció una niña, un ser maravilloso lleno de curiosidad por la vida que aprendió a leer y escribir cuando hasta eso a las mujeres les estaba negado, aprendió a escondidas, escapando a casa de una vecina donde sabía que podía atesorar una luz inmensa, la que dan las palabras. Esa niña siempre guardó en su alma una rebeldía hacia lo impuesto que años más tarde la convertiría en una de mis mejores amigas.

Creció bajo el yugo de un padre severo, y sin embargo eso dio alas a su imaginación, a su personalidad, a sus sueños, se escapaba al cine y allí establecía su pequeño reino, en el lugar donde más podía escapar de la vida a la que estaban condenadas las mujeres de su época,  y se arriesgaba y repetía la doble sesión, aunque le costara más de un castigo.

Era una mujer guapa, tuvo muchos pretendientes y uno en especial al que dejo escapar, nosotras siempre bromeábamos y le preguntábamos porque se casó con su marido y ni tan siquiera ella lo sabía, sin embargo, siempre supo dirigir las riendas de su vida y mantener marcado su espacio, tuvo que trabajar interminables jornadas en fábricas, sacar adelante a tres hijos, enfrentarse a la perdida de dos en el camino y llevar una casa cuando la ropa se lavaba a mano, en la galería, con agua fría y a pesar de todo, todos mis recuerdos con ella son sonriendo.

Cuantas tardes en la vieja cocina sentadas una a cada lado de la mesa de madera compartíamos tardes de radio, para mí todo era perfecto si estaba con ella, eran los momentos de “Lucecita” y de la señorita Francis, entonces era muy niña, me es imposible recordar cómo era yo, sin embargo recuerdo todos esos momentos con ella, y aquel serial de la radio incluso me asustaba un poco, al pasar de los años aún recuerdo que al empezar la novela se oía una voz que gritaba Lucecitaaaaaaaa y esa a, sigue en mi imaginario de escalofríos infantiles.

Desde niña la adoré, prefería estar con ella antes que en cualquier otro sitio, juntas hacíamos pociones,  ella pelaba los guisantes y yo me los comía, jugábamos a las cartas, al parchís, íbamos a la compra, al zoo… y además había un momento en el año que esperaba con ansiedad, el día de mi santo, porque ese día, juntas íbamos a comprar el material para el nuevo curso.

Por aquel entonces yo no lo sabía, pero aquella niña que soñaba entre películas y letras tenía un don, uno que significaría un lazo más, uno muy especial, la magia, de ella recibí ese don que es uno de mis tesoros, ese misterio de luz que me regala la sensación de estar  permanentemente juntas.

Era un día festivo, el coche circulaba por la A2, delante el hijo y el marido, detrás ella y yo con unos catorce años, aún oigo sus palabras: “Nena, tu si no estás segura no te cases nunca, que los hombres siempre van a la suya, son unos egoístas, mejor soltera que harás lo que te dé la gana que aguantar a uno de estos”, yo por supuesto le daba la razón, mientras veía la mirada de mi padre en el retrovisor, y ella seguía y yo los miraba a los dos, era uno de esos momentos en que eres consciente de que del cielo caerá un estruendoso trueno y no sabes debajo de que soportal guarecerte, y llego el estruendo: ”Porque una es mi madre y la otra mi hija sino os quedáis aquí tiradas las dos en medio de la autopista”…ella me miro y sonrió, yo disimule y de nuevo la complicidad se sentó con nosotras.

Ella me enseñó que la magia son las luces que nos guían y ella es una de las mías, siempre está presente, se marchó pero siempre está conmigo, a menudo bromeo y digo que le doy mucho trabajo, pero solo pensar en ella no puedo evitar sentir una paz inmensa, y en los momentos en que las sombras quieren apoderarse de mi, de nuevo su magia me cubre y la siento sentada a mi lado, y conversamos y casi siempre su luz y la del sol se mezclan mientras camino, pero si se va a desatar la tormenta como aquel día en el coche, ella ilumina la autopista de la vida, y esta pese a los peajes que cobra, cubierta por su luz me invita a seguir adelante.

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