El camino de Chejov

Unos meses atrás, alguien le pregunto si se había trasladado a vivir a un pueblo de un cuento de Chejov y en ese momento con la nieve cayendo, mientras la miraba a través de su ventana, sintió que realmente estaba muy lejos.

El blanco gritando su presencia en la oscuridad la llamaba, sintió deseos de abrigarse y salir, pero un dolor de cabeza inmenso la retenía tras los cristales, casi podía sentir el vodka de los campesinos rusos resbalando por su garganta, pero no era más que una idea provocada por aquel dolor de cabeza que la embargaba desde primera hora de la tarde, sentía la resaca del vodka sin haberlo probado.

Se fue a la cocina y se sirvió una copa de vino, y de nuevo empezó a mirar tras la ventana como la nieve extendía su manto, podía ver su imagen ahora más clara, como le gustaría que en aquel momento estuviera allí, pero aquello era solo parte de sus sueños, quizá algún día lo estuviera, pero no en ese instante y sin embargo no podía dejar de sentir una calma inmensa extendiéndose desde su mente a todo su cuerpo, y casi podía sentirlo a su lado.

Estaba hechizada, la nieve dejándose caer hasta postrarse indefensa en el suelo la mantenía allí, de pie, se acercó la copa a los labios, el vino sabía mejor, quizá era el sabor del recuerdo el que estaba embriagando todos sus sentimientos aquella noche o era el vino invadiendo su paladar el que viajaba en el tiempo, pero de repente todo se veía más claro, a lo mejor era el blanco níveo que se reflejaba en su rostro, o pudiera ser el sosiego que por primera vez en mucho tiempo la estaba abrazando.

Y lentamente todo el dolor empezó a fluir, por fin pudo llorar, las lágrimas se sintieron libres y asomando por sus ojos se deslizaban por su rostro, aquel nudo que la atenazó todo el día quería deshacerse y entregarle unos segundos de paz. Y lloró, un tiempo infinito, con la nieve de testigo de aquellas lágrimas, y con cada lágrima la angustia la iba abandonando y el camino se hacía más claro, se dibujaba y esbozando una tímida sonrisa casi podía ponerle nombre.

Había transcurrido un mes desde aquella nevada que le mostró el camino y Marta y sus amigas por fin estaban reunidas para tomar ese café del que venían hablando desde hacía demasiado tiempo, en ese instante todo eran sonrisas, por fin el encuentro deseado, había tanto de que hablar y tanto que contar, casi sintieron que era necesario establecer un turno de palabra, Marta casi lloraba, estaban allí, podía tocarlas, podía mirarlas, sentía que todo lo que había deseado y casi todo lo que amaba estaba al alcance de su mano, sonrió a la vez que un tímido suspiro se escapaba a abrazarse con aquel sol mortecino de una tarde más de invierno.

Después del primer café y con la conversación subiendo de tono y las carcajadas asaltando las mesas próximas decidieron pasar a la copa, estaban cerca de casa, no había que conducir y sí mucho que celebrar.

Tras un primer brindis por la felicidad, Marta decidió contarle a sus amigas el último y sorprendente acontecimiento en su vida. Había sucedido dos días antes, porque solo habían transcurrido dos tardes desde que se vieron, se encontraron por casualidad en una calle céntrica, pese a la sorpresa se sonrieron, se saludaron y sin querer evitarlo se sentaron a charlar en un bar cercano, mientras hablaban se miraban pareciendo querer descubrir las huellas del artista en el otro, las pinceladas cortas, los claroscuros, en aquellos días en que los restauradores andaban peleando por la restauración un cuadro de da Vinci, ellos parecían observarse para hacer que la suya fuera perfecta, ubicando el paso del tiempo en tonos suaves, haciendo un retrato delicado de sus rostros, esa imagen tantas veces evocada y por fin ahora presente. Aquel encuentro fortuito que de un café llevó a una cena y a una despedida casi eterna les había citado para el fin de semana.

Rosa y Martina escuchaban a su amiga, sonreían por contagio y porque hacía mucho que no la veían sonreír así, y habían echado mucho de menos esas inmensas ganas de vivir que durante unos años habían permanecido aletargadas, escondidas tras un llanto invisible. Marta les contaba que aquel día, el de la nieve, pese a todos los sentimientos encontrados pudo ver con claridad el camino, no sabía de cierto que se lo había mostrado, pero sí que de repente las lágrimas y la sonrisa se habían mezclado y sintió que empezaba a encontrar un pequeño halo de luz y ahora estaba allí, sonriendo de nuevo y las tres podían compartir juntas de nuevo aquel tránsito de días que se sucedían para unirlas más.

Rosa le había robado el papel a su conciencia, siempre dispuesta a hacerla bajar al contacto con la tierra, porque Marta corría siempre a tal velocidad que a menudo parecía dejar de sentirla bajo sus pies y Rosa era la sensatez incapaz de renunciar a sujetarla, con cariño, con respeto, intentando evitar más averías… Martina se divertía escuchándolas, solo aconsejaba si se lo pedían y aun así le costaba hacerlo, pero lo que más adoraban sus amigas era su sarcasmo, inteligente, siempre en el momento oportuno, ávido para que las tres soltaran unas carcajadas, y aquella fidelidad silenciosa, capaz de escuchar y guardar todos sus secretos, y por eso Marta siempre ansiaba un rato de charla con ellas porque pasara lo que pasara siempre acabarían riendo, eran tremendamente distintas, pero a pesar de todo allí estaban, reunidas un día más.

El fin de semana les prestó un paseo por el barrio gótico, Marta adoraba perderse por sus calles y terminar observando y acariciando los muros de Sta. María del Mar, su catedral particular, y cuando posaba sus manos en aquellas frías piedras que tenían cientos de inviernos amagados en su silencio parecía sentir como habían sido talladas y colocadas y no podía dejar de maravillarse mirando hacia la bóveda, entregándose a su luz y ese día, además, podía sentir la calidez de su mano, sus dedos entrelazados como aquellas columnas, los ojos de ambos contemplando la misma belleza y encontrándose de vez en cuando para compartir un sonrisa y un beso.

Salieron y mientras paseaban no podían para de mirarse reteniendo cada instante del otro, charlaban y sus manos buscaban cualquier momento para acariciarse, cenaron y aquella noche no hubo despedida, tenían dos días y no podían dejar que se escaparan sin amanecerlos juntos.

El tiempo decidió avanzar atropellando las semanas desde aquel día en su catedral, el invierno había regresado, Marta estaba de nuevo tras una ventana viendo nevar, pero esta vez no estaba sola, el dolor de cabeza había desaparecido, no había vodka pero si unas vistas maravillosas, aquel viaje no había sido fortuito, no había nada de aventura en aquella estancia, los mismos dedos de aquel día en la catedral entrelazaban los suyos y decidió salir, bajo a la calle, se acercó a la plaza que había justo frente al hotel, cogió la nieve entre sus manos y le dio las gracias, luego hizo una bola, la apretó con una sonrisa maliciosa, se giró sigilosamente, apunto a su objetivo y empezó la guerra, y después de un rato tirando y esquivando bolas se sentó en el suelo y pidió la paz, la que un año antes le pidió a la nieve, la que ahora vivía en su alma.

Había regresado, la estancia no era la misma, ni la nieve, pero esta vez cuando subió y volvió a mirarla tras la ventana con una copa de vino, él estaba allí, rodeando su cintura y susurrando las mismas palabras que un año atrás le habían mostrado el camino.

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