Sueños de Eros

Lo encontró en la esquina de un bar, bebía cerveza, Sara lo observó largamente desde otro rincón protegida por la semioscuridad de esos locales donde los clientes se mueven entre las sombras, amagando sus deseos mientras deciden o no cobrarse una presa determinada, ella estaba sola, esperaba a una amiga que siempre llegaba con retraso, él era atractivo, y estaba mirando en su dirección, le dio un trago a su copa y miro hacia la puerta, esa noche, como todas la últimas, solo le apetecía conversar y bailar, meses atrás herida por una elección equivocada había decidido abandonar la caza, pero Carla parecía tener otros planes para ella y no llegaba nunca….

Llevaba allí sentada apenas quince minutos, pero en aquel momento se le antojaban una eternidad, sentía una mirada clavada en su cuerpo de manera continua y sabía de donde procedía, pero no se atrevía a mirar, su ojos viajaban de la pista a la puerta y demasiadas veces a su copa, y después del último trago dirigió su mirada hacia él, y esta vez su observador a su mirada, le añadió una sonrisa, era una sonrisa más que bella, tentadora, y cayó en la tentación y le devolvió la sonrisa y el hombre de la esquina decidió abandonarla y emprendió el camino hacia el cuerpo que había estado observando.

Lo siguiente que sintió fueron unos labios sobre los suyos y su mente le gritaba que los apartara y el resto de su ser que los saboreara y venció el deseo y la mente le echaba la culpa a Carla por retrasarse, pero ella permanecía inmóvil devolviendo ese beso interminable.

Cuando dejo de sentir el sabor de sus labios empezó a sentir como sus ojos la escrutaban de nuevo, pero esta vez desde muy cerca, sin palabras, era una escena que recordaba los albores del cine, los protagonistas mudos, los ruidos de fondo y sin necesidad de subtítulos, solo con una canción de moda acompañándolos… y volvió a besarla, sin decir nada y ella de nuevo le devolvió el beso, su cuerpo se acercaba cada vez más al de Sara y ella casi temblaba sintiéndolo acercarse.

No se sentía capaz de salvarse de esa situación, llevaba demasiado tiempo negando  sus pasiones y Carla no aparecía para poder rescatarla, era como un náufrago perdido en una isla durante años que ya no sabe si quiere volver al lugar de donde provenía y en ese momento no sabía si quería que aquel cuerpo se alejara del suyo o se acercara más y solo llevaban unos minutos perdidos en su propia isla.

Pero el cuerpo del hombre sin nombre cada vez estaba más cerca del suyo y el suyo luchaba entre la huida tantas veces repetida y un acercamiento que cada vez ansiaba más; por unos instantes dejo de besarla y la miro de nuevo y ella sentía que cada vez zozobraba más en su sonrisa y en sus mirada y que deseaba sumergirse en el mar de sensaciones que le provocaba aquel desconocido aunque solo fuera unos instantes y su mente se rindió a los instintos y lentamente le fue abriendo paso, los metros desde el rincón donde bebía cerveza se habían convertido ahora en un espacio donde no era siquiera posible que transitara el aire y esos besos infinitos que la tenían aturdida le daban el oxígeno suficiente para seguir respirando.

Las manos de aquel desconocido casi asentado en sus caderas empezaron a explorar para conocerla, le acariciaban el pelo, estrechaban su cintura hacia el en un espacio que ya no podía existir, e intentaban buscar lugares donde los claroscuros de la noche que inundaba el local los dejaran ocultos a los otros seres que poblaban la isla donde su naufraga se había abandonado.

Sin mediar palabra abandonaron el lugar cogidos de la mano y  subieron a un taxi, Sara no sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que se acercó, si Carla había llegado, ni tan siquiera recordaba si había pagado su copa, había olvidado cualquier pensamiento que estuviera fuera del delirio que la envolvía dentro de aquel taxi. Pararon en un barrio no muy lejano del centro de la ciudad, bajaron, el abrió la puerta del portal con una mano mientras la otra se perdía en la batalla del deseo , llamaron al ascensor y una vez dentro perdieron cualquier tipo de recato, se buscaron descontroladamente y cuando cerraron la puerta del piso detrás de ellos seguían sin pronunciar una palabra y sin embargo sus cuerpos habían entablado una profunda conversación guiados por la enajenación, el exceso y unas bocas que parecían no querer separarse si no era para recorrer cada milímetro de piel del otro.

La noche se convirtió en un juego de amor improvisado, sin nombres, sin palabras, sin pasado, con un presente que se fundía con el placer que se otorgaban aquellos desconocidos a cada segundo y sin más futuro que el de seguir deseándose.

Eros, tumbado a la sombra de un olivo sonrió al ver la cara de Sara al despertar aquella mañana, la cazadora cazada miró al otro lado de la cama y estaba vacía, acarició las sábanas buscando una pista pero no halló nada, estaba en su habitación, intentó recordar cómo había regresado a casa, pero no podía y mientras tanto, el Dios, juguetón, desde su cómodo asiento en primera fila contemplaba la escena divertido.

Eros se incorporó, lo estaba pasando muy bien, jugar con el alma mortal o mejor con los sueños de aquellos infelices se había convertido en el más hilarante de sus entretenimientos, aquellos pobres seres querían creer en el amor y sin embargo de lo que más disfrutaban era de sus juegos.

Cuando se cansó de observar a Sara, que buscaba a su desconocido fuera de su mente y no podía hallarlo, de verla dudar, pensar, recordar todavía con anhelo, volvió a soplar sobre su cabeza y entonces ella se tumbó de nuevo en la cama, y sonrió.

Y es que a nuestro adorado Eros, cuando se aburre, le gusta jugar con los mortales y elige a uno al azar y hace que sus juegos de amor y deseo más profundos les dejen sin aliento durante una noche, para al despertarse finalmente darse cuenta, una vez más, que aquello que siempre desearon y creían por fin haber poseído, de nuevo, solo había sido un sueño.

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