Renacimiento

-Adiós papa

-Adiós muñequita, ¡feliz día en el cole!

Se tomaba el café mirando a su alrededor, en una decisión que a veces le parecía muy meditada y otras no tanto, dos meses atrás había decidido cambiar de vida, y ahora ese cambio estaba en el punto de partida, cerró la funda con el último Armani dentro y miró a sus pies donde estaba la que él creía que sería su amiga y confidente en su futuro más próximo, una mochila.

Alberto tenía un trabajo que muchos envidiaban, llevaba quince años dirigiendo una agencia de inversiones, desde muy joven había aprendido a jugar con el dinero de los demás, le encantaba vivir al límite, era un yonqui de la adrenalina, del vértigo que produce estar siempre al borde del precipicio, lanzarse una y otra vez y siempre sin saber cómo llegaría al suelo… era propietario de una lujosa vivienda en un barrio exclusivo, su ex mujer no existía a cambio de su dinero, su familia le adoraba a él y a su éxito que tantas veces les había sacado de problemas, siempre estaba rodeado de gente, de mujeres y de un par de amigos, sin embargo, en muchos de ellos al mirarle veía reflejado el miedo, la envidia o incluso por unos instantes en que no creían ser vistos el desprecio.

La mañana de su treinta y nueve cumpleaños alargó el brazo para tocar a su compañera de cama, pero solo sintió el tacto de unas sábanas, se dio la vuelta y no encontró a nadie, ella se había marchado sin decir nada y casi sintió el abandono, y le pareció oír una voz, pero estaba solo, era mediodía y no había recibido una sola llamada. Y esa voz empezó a repetirse, no había nadie junto a él, pero alguien le hablaba.

La primera clase estaba muy lejos de su asiento, iría hasta Port Bou, y al día siguiente amanecería en Pisa, su primera parada. De su morada pisana tres de las cinco estrellas se habían fugado y ahora su alojamiento solo tenía dos, una cama decente y baño propio. Se ducho, salió, y tomó otro café en un bar frente al hotel y empezó a recorrer las calles de Pisa. Había decidido empezar aquel viaje en la cuna de Galileo, en la ciudad que no había sabido asentarse bien sobre sí misma, en la primera gran derrotada de una Italia inexistente, acosada por mar por los genoveses, alejada de él por su propia tierra y vencida y conquistada por la esplendorosa Florencia. En ese momento se sentía un poco como aquella ciudad, la tierra bajo sus pies un día empezó a moverse y ahora estaba dejando un pasado que siempre creyó brillante para volcarse en un futuro incierto conquistado por un poderoso sentimiento al que había sido incapaz de vencer y derrotado por una voz sin nombre, por una extraña sombra que se reflejaba a su lado en el espejo cada mañana.

Se dirigió a la Piazza di Miracoli, como un turista más se quedó observando la torre inclinada y entró en la catedral, al salir decidió tumbarse entre aquella belleza con el sol de la primavera acomodándose en su piel y cerró los ojos. De repente sintió una presencia a su lado, y de nuevo escuchó la voz, frente a él una figura de otro tiempo, pero con su rostro, lo miraba y sonreía, intentó abrir los ojos, pero no podía, estaban abiertos, los frotó y miró a su alrededor y la vida continuaba como si nada, solo él parecía verse a sí mismo en ese personaje que el resto ignoraba, se tocó la cabeza convencido de que había sido un exceso de sol.

-Hermosa mañana de Marzo – ¿será capaz de disfrutarla?

-Sí, un sol radiante – Dios, estoy hablando solo, pero que estoy haciendo, estoy seguro que la mujer de los shorts horribles me ha mirado.

Se levantó, necesitaba descansar, se fue al hotel, al llegar se tiró en la cama mientras lanzaba la gorra al suelo, cerró los ojos y se convenció de que después de unas horas de sueño se sentiría mejor.

Aún no se había atrevido a abrir los ojos pero presentía que había anochecido, no quería abrirlos, ¿y si se estaba volviendo loco y el ladrón de su rostro estaba allí?, finalmente pensó que la locura era no abrirlos, no se iba a quedar allí tirado en aquella cama para siempre y con un nuevo sentimiento, el de vergüenza hizo como los niños cuando le tienen miedo a la oscuridad y creen que hay alguien al otro lado, contó un, dos, tres y los abrió…

-Puede dormir todo lo que quiera, pero no quiero ni puedo irme y a mí no podrá echarme, no estoy en su nómina…

Se giró lentamente, las palabras provenían del otro lado de la cama.

-El sueño ha sido profundo, reparador diría, pero tiene tantas averías… ¿Cuánto tiempo hacía que no dormía así?

Solo oía una voz, pero no podía ver a nadie, esa era la voz que le había echado de su casa, de su vida.

Se levantó con un salto enérgico de la cama y de repente se vio dirigiéndose al espejo con el mismo gesto que solía hacer en su oficina cuando citaba a un empleado que había cometido un error, pero esta vez en el espejo solo estaba él y aquel rostro que le recordaba al suyo pero era nauseabundo.

Aquello no podía estar sucediendo, estaba gritándole a alguien que parecía ser él mismo. Cerró los ojos infinidad de veces e infinidad de veces los abrió e infinidad de veces él seguía allí, por primera vez en su vida experimentaba un sentimiento de angustia, algo estaba fuera de su control absoluto, se le escapaba de las manos, estaba sudando.

El vino le sentaba bien, volvía a sentir el control, lo saboreó como le gustaba saborear el triunfo, todos y cada uno de ellos, en sus negocios, en su vida, sobre aquellos que le rodeaban, sobre las mujeres que lo amaban, dominador de todos aquellos que no habían sabido conquistar su propia vida.

-Se equivoca en quién domina a quién, quien está aquí, quién se ha perdido, quién quiere ahora confirmar su poder que había decidido abandonar, aquí no es nadie, un turista al que algunos considerarán demasiado mayor para andar con mochila.

La voz estaba frente a él, había venido acompañada de aquella horrible imagen, que ahora se balanceaba en la luz de la luna, sonreía, lo miraba con el mismo desprecio  con el que él solía mirar a los que tenía por debajo, a todos los que le habían rodeado,  siempre les consideró inferiores, solo se le ocurrió dar otro trago al vino, apartó la mirada, un escalofrío lo recorría cada vez que veía su rostro, los ojos lo lanzaban a un vacío lleno de soledad, de amargura, era como si no pudieran mirar nada, excepto a él mismo y pensó que todo aquello había sido un error.

-El error es que se asuste de usted mismo, no me mire así, lo que mira casi horrorizado son sus ojos, su mirada, su rictus, así es como le ven los otros. No debería permanecer mucho más aquí, a lo sumo mañana, compre un billete de tren a Venecia, lo único que tenía que hacer aquí ya lo ha hecho, darse cuenta de quién es realmente, de que el suelo que pisa no es tan firme como se creía, ha perdido el control, está bien, sígalo perdiendo.

Llegó y vestido se tumbó en la cama, y se atrevió a pensar en él, en quién era, en quién había sido, en quién quería ser. Y de repente se descubrió hablando solo.

-Mañana saldremos hacía Venecia pero porque soy yo quien lo decido.

-Lo puede creer así, pero no se puede cambiar lo que está escrito, siga creyéndose el centro del planeta, pero hasta él también se llega aunque sea perforándolo.

Que ya estaba escrito, ¿por quién? ¿Shakespeare?, o mejor Capote…el destino no existía, el destino se lo ganaba uno mismo con sus aciertos con sus errores, en su vida no había más estrellas que las que había metido en su cama.

-Estrellas, qué estrellas, cuatro aspirantes a modelo o quizá la que le dejó tirado en la cama el día de su cumpleaños, sí, ésa, la de los anuncios de yogures…

¿Cuál era su vida en ese momento?, ¿por qué Venecia y no Siena?, estaba más cerca…De nuevo la voz le hablaba, pero no podía verla, no había espejo ni ninguna luz donde posarse…

-Irá a Siena; más tarde, primero tiene que soltar lastre en Venecia, es una ciudad de sentimientos, ¿sabe qué es eso? o mejor ¿lo recuerda? Usted déjese llevar, fue usted el que decidió emprender este viaje, y no olvide que deberá abandonar allí su máscara.

-Iremos a Venecia, pero ¿abandonar mi máscara? ¿qué máscara?, me considero sincero, siempre digo lo que pienso, miro a los ojos, y no me importa mostrar mi genio, para eso lo tengo. Sí, es verdad, siempre me ha gustado mandar, lo reconozco, soy el mayor de mis hermanos y era el delegado en el colegio y tenía un montón de empleados bajo mi responsabilidad ¿y qué?, eso nada tiene que ver con máscaras…

-¿Quién dijo que la máscara fuera para los demás? ¿Y si fuera para usted? ¿Y si se mirase a usted mismo a través de una máscara? A lo mejor su rostro real es el que le da tanto miedo, el que le asusta, ¿está usted seguro de cuál es su verdadera imagen de las dos que ve reflejadas en el espejo?

Llegó a Venecia al amanecer, y se dirigió al hotel, era viejo, pero se podía sobrevivir en él, de nuevo tomó una ducha y un café antes de salir a soltar lastre. No le sorprendió lo primero que pensó, ese era su auténtico yo, estaba en la ciudad de Casanova, era libre, podría darse todos los caprichos…pero rápidamente tuvo que desterrar la idea, no, no podía en el hotelucho en que estaba instalado y que parecía una pensión de mala muerte…

-¿Lo ve? Ya está ahí la máscara, libre usted lo ha dicho, libre y sin embargo no se lo cree, sigue atado a lo que fue y no quiere ser, qué ocurre, ¿qué solo se puede amar en hoteles de lujo?

Cada vez que escuchaba aquella voz le visitaba el miedo, un sentimiento que desterró de su vida de niño, cuando acabaron las pesadillas de la infancia, intentó de nuevo ignorar la voz y proseguir su visita, andar por los canales y perderse en callejuelas le sentaría bien.

Llegó a su destino, la Basílica de San Marcos y se emocionó, siempre sentía algo especial delante de aquellas construcciones, eran la máxima expresión de la perfección, de la capacidad de crear del ser humano, sin esperarlo sintió un escalofrío, no sabía muy bien porqué, de repente parecía que sentimientos que no podía entender de donde brotaban le estaban invadiendo, casi no podía sostenerse, la cabeza le daba vueltas, le faltaba el aire. Se sentó.

-¿Qué  le pasa? ¿Tiene de repente sentimientos humanos? ¿O quizá para variar dejó entrar algo de aire fresco en su vida? ¿Una bolsa? Lo he visto en las películas americanas…

La verdad es que aquella voz que exhibía un horrible yo era la que le había impulsado a la ruptura pero verse así mismo con aquella cara deformada… quizá tuviera que empezar a tomar las decisiones y a llevar a cabo las acciones por las que había llegado hasta allí, entró en la basílica, se entretuvo en cada detalle y una hora más tarde se sentó, no pretendía rezar, no era creyente, pero le pareció un buen sitio para tener una conversación con el mismo que llevaba muchos años evitando.

Cuando salió lo hizo con una sonrisa, había decidido no dejar escapar nada a su mirada, qué más daba si el gótico se mezclaba con el renacimiento, estaban allí juntos en las calles de Venecia y lo mismo iba a hacer con lo que sentía, dejarlo brotar, quizá si se pudiera amar lejos de los hoteles de lujo…

Se alejó de la plaza de San Marcos y se dirigió al puente de los  suspiros, lo había elegido para soltar un poco de ese lastre, en la iglesia había escrito varias cosas que tenía que soltar en un papel y decidió tirarlo al agua, no sin remordimiento, para que lo transportara lejos, y antes  de que la tinta se diluyera cualquiera  hubiera podido leer: despotismo, autoritarismo, desprecio, frialdad, sobre todo frialdad… en aquellas aguas dejaba un poco de la prisión en que vivía y él mismo había construido, una torre de hielo en la que nadie había podido penetrar.

Emprendió ruta al Palacio Ducal, el que a él le parecía el más Casanova de todos, con su interior de mármol, su gótico lanzándose al cielo, las pinturas de Tintoretto y Veronese, de repente le apetecía sentirse tan apetecible de conocer como aquel palacio y exploró todos sus rincones, lo fotografió entero e incluso se atrevió a pedir que le hicieran a él un par de fotos, si su vida tenía que empezar a ser un mundo de sensaciones qué mejor sitio que aquel donde se podía respirar belleza y vida en cualquier lugar donde era capaz de mirar.

De repente se dio cuenta de que no había vuelto a escuchar aquella voz desde que salió de la basílica, ¿sería por los cambios?

Se sentía mejor, acababa de llegar a una terraza, se acercó a la barra, pidió un gin tonic y encendió un cigarro, dio un trago a su copa y decidió cambiar la actitud, y empezó a observar con calma a las mujeres que le rodeaban, esa vez tenía que buscar algo distinto para encontrar algo distinto.

-Buenas noches, me llamo Alberto, ¿puedo sentarme?

-Por favor, mi nombre es Lucía.

-¿Esperas a alguien?

-No, me apetecía salir del hotel.

-Entonces, con tu permiso, te acompaño. Pediré lo mismo. ¿Qué haces por aquí?

-Soy de Florencia, vine por trabajo, estaré unos días, y no me gusta volver al hotel y quedarme sola, pero tampoco me gusta salir con la gente de las galerías, ya me agotan suficiente durante el día.

-¿Eres marchante?

-No, soy pintora, trabajo y vivo en Florencia, allí tengo mi estudio que es donde me gusta estar, pero de vez en cuando viajes como este son inevitables.

-Pintora, interesante, me encanta el arte, ¿Cómo es tu obra?

-Si me permites, diría que muy personal, si quieres mañana me acompañas a la galería donde expongo, me encantaría, odio esa parte de mi trabajo, si puedo mostrar mi obra a un extraño antes de exponer será reconfortante.

-Será un placer, pero acabamos de conocernos ¿de verdad crees que puede resultarte interesante?

Ni él se reconoció haciendo esa pregunta, ¿había sido modesto?

-Al contrario de lo que pudiera parecer o de la fama que tenemos los artistas, los bohemios, no acostumbro a entablar conversaciones con desconocidos pero le habrás agradado a mi instinto. Realmente me parece que estás un poco… no sé cómo expresarlo ¿perdido?

-Bueno, la verdad es que no vas muy desencaminada, me sorprendes, estoy en un momento muy especial de mi vida, siempre he sido muy seguro sin embargo ahora estoy revisando los errores y eso siempre nos hace frágiles.

Pronunciaba las palabras y casi no reconocía al hombre que estaba hablando, era su voz, era su cuerpo, eran sus gestos, pero ¿era él?, ¿realmente se estaba transformando?, ¿estaba siendo capaz de hacer el viaje más difícil?, ¿sería de verdad capaz de encontrar el lugar donde se escondían los sentimientos?

-¿Cenamos? A dos calles de aquí hay una vieja trattoria, estoy casi segura de que te encantará.

El camino a la cena fue un paseo lento, se estaban conociendo, no tenían prisa

-Te recomiendo los torttelini de la casa, son espectaculares.

-Ok, tu pides, elige el vino por favor

-Cuando salí del hotel esta tarde estaba rendida, los días  como hoy me agotan, y sin embargo ahora me siento como si hubiera dormido toda la tarde, eres mágico.

-¿Mágico?, no mágico no, un loco perdido en Venecia, con muchos sentimientos revoloteando y muchas ganas de gritarlos, quizá tú seas la mágica, me has traído hasta aquí, me has sentado en esta mesa y estoy diciéndote cosas que no me había dicho ni a mí mismo.

-Entonces quizá la mágica es Venecia que ha acercado nuestros caminos, casi puedo sentir hasta una presencia.

Alberto casi se atraganta con el vino, su sombra estaba allí, con ellos, no había podido obviarla, parecía un apuntador, no solo le daba el pie, se atrevía incluso hasta a matizarle las frases.

-Será el espíritu de Casanova…

-Eres un escéptico, ¿no crees en nadie?

-Básicamente no, pero estoy en ello, es uno de los motivos del viaje, salir de mi mismo, ser capaz de dejar que se acerquen y tú me estás haciendo dar el primer paso, he abierto la puerta, solo un poco, pero es un comienzo.

Cuando llegó, Lucía le esperaba, estaba muy atractiva, elegante y bohemia a la vez. Se dieron dos besos, tomaron café y fueron a la galería. Su obra le dejo impactado, si hubiera tenido que clasificarla lo hubiera hecho en el expresionismo, el paisaje parecía querer salir huyendo y los rostros y los gestos gritaban todo el dolor, toda la felicidad, todo el desamparo, todo el miedo…

Pasaron la mañana allí, comentando los cuadros, ella notó lo que él había sentido, pero prefirió no decir nada.

-Mañana hay que irse a Siena, no puede quedarse aquí, su presencia le distrae, no ha venido a buscarla a ella, ha venido a buscarse a usted mismo y a pesar de que me desagrada decirlo, incluso alguien como usted puede que lo consiga.

-Sin que sirva de precedente te doy la razón, sí, hay que salir de aquí.

-Iremos a Siena, allí las guerras más cruentas se libraron por el poder y finalmente llegó la derrota, le vendrá bien ver que el poder no lo es todo y que tarde o temprano llega la derrota, quizá no la caída desde la cima profesional, pero si la más amarga de las derrotas, la de uno mismo, cuando nuestra alma ya no es capaz de sentir nada.

Cenó con Lucía, le dijo que al día siguiente se marchaba, tenía que ir a Siena, no sabía cuánto tiempo o si  habría más paradas, lo único que sabía era que terminaría el viaje en Florencia, le pidió la dirección del taller.

Cuando llegó al hotel su sombra le esperaba y sin embargo cuando entró no dijo nada, se quedó reflejada en silencio fundiéndose con una triste luz de luna que entraba por la ventana. Se desnudó y se tumbó y lentamente las lágrimas se abrieron paso, era un llanto sereno, abandonado a un sinfín de sentimientos que necesitaban brotar, y lloró, lo hizo durante horas, por su propio abandono, por el de los suyos, por la esposa abandonada siempre a su suerte, por los hijos no nacidos, por el tiempo perdido, por el vacío que no supo llenar, por el miedo a él mismo que lo había encarcelado, por todo lo que había perdido o había alejado y ya no tenia remedio…

-Me moría de ganas de llegar al hotel, no he podido hablar contigo en todo el viaje, ya era bastante raro el tipejo como para que me oyera hablar solo. Me siento mejor, ¿lo notas?

-Estimado amigo, si es una estrategia que usted ha maquinado en el viaje, olvídela, sí, está mejor, pero todavía no puede ir a Florencia y además ella no está allí, dese su tiempo, todo llegará.

-Es verdad, no sé lo que quiero, solo sé que quiero conocerla.

-Por eso estamos aquí, primero conozca la ciudad, acérquese a la obra de Pisano, a la del Giotto, le encantarán, mire al infinito como el Gótico y luego de nuevo a la tierra como el Renacimiento, visite los talleres y los estudios de los artistas, lea, descanse, tome muchos cafés solo, hable con desconocidos, charle con los tenderos y toque, sienta a través de sus manos y de su piel todo lo que está experimentando, y así llegará un momento en que sabrá lo que quiere y estará preparado para renacer y entonces nos iremos a Florencia.

Pasó una semana en un hotel, pero empezó a seguir los consejos de aquel yo que cada vez se parecía más a él y cuando ambos se reflejaban en el espejo ya eran capaces de sonreír y pronto se dio cuenta de que residiría en Siena una temporada, alquiló una pequeña casa en la parte antigua, cerca de la Piazza del Campo, en un callejón menos transitado por turistas y decidió sumergirse en la convulsa historia de aquella ciudad acogedora de luchas de poder, batallas, guerras y traiciones, cuna y casa de numerosos artistas, sobria y exuberante a la vez.

La imagen en el espejo cada vez aparecía menos, pero se sentía cómodo en aquella soledad a medias, había hecho algunos amigos ya solo tomaba cafés solo si le apetecía, y sabía lo que quería, vivir, disfrutar cada segundo, seguir incursionándose en la historia y el arte, volvería a la universidad, pero sobre todo quería ver a Lucia, quizá por primera vez en su vida podía estar experimentando el amor.

-Está usted preparado, nos vamos a Florencia, vacíe la nevera, prepare sus maletas, despídase de los amigos, no deje de pagar el alquiler, le gustará volver de visita, el sábado amanecerá en su casa.

Llegaron a Florencia temprano, repitieron el ritual del café, hotel, café y aquel que un día fue él le llevó a renacer, le situó frente a Santa María del Fiore, justo al lado donde terminaba la sombra de su cúpula y le dijo:

-Alberto, ha llegado a su casa, descanse hoy si quiere, pero en sus ojos se refleja la luz del arte, la ilusión del amor, la chispa del deseo, su rostro se ha liberado, su cuerpo exhala libertad por todos sus poros, tiene la dirección de un estudio, no pierda el tiempo, vaya.

-Ciao Giovanna, ¿qué tal la escuela?, ¿te gustó el primer día?

-Ciao babbo, sí, me gusta, he pintado mucho, te he hecho un cuadro, como los de mama.

Alberto sonrió, su hija adoraba los colores como su madre, la cogió en brazos, la beso hasta que la niña quiso escaparse y se fueron al estudio.

-Ciao mama

-Ciao Gianna, ¿qué tal el colegio?

-He pintado un cuadro, como tú.

Lucía sonrió, miró a Alberto y le lanzó un beso, pero Alberto había cambiado, ahora  le gustaba sentir la piel, se acercó a su mujer y la besó en los labios.

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