La música estaba en la historia

Fotografía: Gritos de amor

-¿Tú que tal?

-A ratos, no sé cómo explicarlo, la mayor parte del tiempo creo que me sobran motivos para ser feliz, pero a ratos pienso, analizo, y entonces me doy cuenta de que me falta tanto…

-Que quieres decir, que te falta…

-¿Qué tengo?

-No se… amigos, familia, gente que te quiere…

-Sí, lo sé, pero estoy cansada, me falta la música…

-La música… que música

-La de la felicidad

Llevaba un tiempo encerrada en un nuevo proyecto que le ocupaba gran parte de sus días y sus noches, cuando se lo ofrecieron le pareció un auténtico regalo, significaba un poco más de todo, un bastante más de dinero y viajar a menudo, sin embargo llevaba ya un año viviendo una locura de horarios, momentos, hoteles, ciudades y había mañanas que no recordaba ni siquiera la ciudad en la que estaba abriendo los ojos.

-Necesito volver, quedarme, aunque sea unos meses

-Ahora no puede ser Sara, el proyecto está en un momento muy importante, sé que además es difícil, que agota, que desde hace un año casi no descansas, lo sé, pero tiene sus recompensas…

-Si te refieres al dinero, me conoces, teniendo lo básico no es primordial para mí y discúlpame si no veo más recompensas, los viajes se han triplicado, las reuniones son eternas, los pasos demasiado lentos, estoy, tengo la responsabilidad, pero demasiadas veces creo que no avanza más y los culpables sois vosotros. Me lanzáis a la arena, investigo, discuto, defiendo y cuando casi lo tengo, vuestro poder me traiciona…

-No, no es así Sara, a veces hay que ceder

-¿A veces? Carlos en vuestro caso es casi siempre, me paso más tiempo deshaciendo lo que he hecho para adaptarlo a vuestro espíritu teresiano que preparando la información, el material y todo lo que hace falta para llegar a esa meta ficticia que no me dejáis tocar…

-Eres demasiado agresiva, cuando hablas en las reuniones casi asustas a los presentes.

-No, no soy agresiva, defiendo el proyecto que me entregasteis, si soy vehemente, quizá demasiado apasionada pero me siento demasiado sola en la batalla, siempre sin refuerzos, solo obstáculos, hace seis meses se pudo haber cerrado y Santi y tú de nuevo os asustasteis.

-No, era arriesgado, demasiada ingeniería financiera.

-No, demasiado miedo… pero así eres tú para todo no…

-Quieres volver a empezar…

-No Carlos, no, no quiero, como te he dicho quiero terminar… con todo

-Y eso me incluye

-No, tú estás incluido hace tiempo, cual fue la última vez… Berlín o Estocolmo, da igual, hace más de dos meses, no sé tú, pero yo lo daba por concluido.

Una nueva ciudad, un nuevo despertar, amanecía y miró por la ventana de su habitación del hotel, los tonos rosas y casi púrpuras invadían la ciudad eterna, le encantaban sus calles, una discusión y un mes en Italia, había manejado bien sus hilos, estaba cansada de saltar de aeropuerto en aeropuerto, al menos ese mes no se movería más allá de la parte alta de la bota.

-Julia, suspende las reuniones, me duele la garganta y tengo fiebre, trabajaré desde el ordenador, si hay algo urgente que me llamen hoy no voy a la oficina.

-A las tres tiene la visita de Sarri.

-Llámale, posponla para mañana tú tienes mi agenda hoy no es un buen día quiero ver como se mueven los mercados.

-Como quieras Sara, pero Carlos dijo…

-Carlos está en España, si quiere hablar con Sarri que coja un avión.

-Es lo que ha hecho, y me ha pedido que reserve donde siempre para comer los dos.

-Pues llámale y dile que la reserva será para uno, para él.

-Aterriza en media hora, irá para el hotel.

-No hay miedo, gracias Julia.

Se dio una ducha y se vistió de turista, vaqueros, camiseta y gorra… no hacía sol, pero le daba lo mismo… Bajo a desayunar, dosis alta de café, se hizo de nuevo con un plano, conocía la ciudad y sus laberintos perfectamente, pero le encantaba repetir el ritual de descubrirla por primera vez, se había gastado una fortuna en su nueva cámara y quería estrenarla allí, sin más demora, nunca sabía que podría pasar en las siguientes horas.

-¿Dónde demonios estás?

-Ahora que escucho tu voz, en el infierno… hasta hace unos instantes estaba en el paraíso.

-Julia me ha dicho que no vienes.

-No me apetece comer contigo.

-A la oficina, a la reunión, dice que le has pedido que la anule.

-Exactamente, no es buen día, mañana será mejor.

-Te dije que no tomaras según que decisiones sin consultar.

-No creí que ahora debiera consultarte mi agenda, pero siendo así ¿Por qué no me contratas una niñera?

-Eres insoportable.

-En eso estamos de acuerdo hay días en que no me soporto, pero esos mismos días aún te soporto menos a ti.

-¡Sara!, ¡Sara!

La conversación había terminado al menos para uno de los dos, la cara de Carlos que a las cinco de la mañana estaba en El Prat era un poema y no precisamente de amor, la de Sara una sonrisa que cautivó al camarero.

-Un capuccino, prego

En ese instante se hubiera besado pero era una acción un poco difícil, así que sencillamente se celebró con un capuccino en una estupenda cafetería de la vía venetto, lo saboreo lentamente, igual que cada calada que le daba al cigarro, el camarero dueño de unos profundos ojos negros la miraba y sonreía y ella no dudaba en devolverle la sonrisa cada vez, eran las once de la mañana y estaba soñando despierta con una noche de lujuria abocada a aquella mirada, aquella sonrisa y aquel pelo negro que casi no se podía resistir a acariciar.

-¿A qué hora terminas?

-A las seis

-Creerás que estoy loca, pero ¿cenamos?

-Cenamos

-¿Dónde?

-¿Tu hotel?

-El Jumeirah, en esta misma calle imagino…

-Vives bien

-Habitación 547… esta noche viviré mejor, encargaré la cena para las siete

Una sonrisa de triunfo despidió la via Venetto y emprendió el camino para dirigirse andando al centro histórico, necesitaba las viejas calles romanas, el olor a trattoria de la “mama”, los adoquines, el bullicio sonoro y cantarín de los italianos, necesitaba un panini que vendían cerca de la Plaza España, en una callejuela perdida, la primera vez lo comió con Carlos, en aquel entonces se amaban entre ciudades y aeropuertos, en aquellos días aún creía en sus palabras, algunos instantes casi le santificaba, pero finalmente no llegó ni a beato… la santidad y la valentía iban dadas de la mano y a Carlos se le podía describir con muchos adjetivos, pero en ningún caso el de valiente.

Compró el panini, una coca cola light y se sentó en las escaleras de la plaza España a degustarlo mientras se dedicaba a una de sus pasiones, observar, le encantaba analizar a la gente a través del microscopio de su mirada, como se movían, que hacían, como hablaban, que decían… Primero una vista aérea, como un ave oteando el plano a sus pies, después elegía a sus presas y se detenía en ellas, y movía las ruedas del microscopio, aguzaba el oído y se quedaba con aquella parte de una historia, estaba convencida de que todos aquellos retales de vida de los otros la ayudaban a evolucionar en la suya, a saber a quién se enfrentaba, a tratar a cada uno como ser, a cada grupo como un alma, y sin embargo infinitas veces cuando se miraba a ella misma y analizaba sus éxitos y sus fracasos creía que no aprendía demasiado o lo suficiente por eso le faltaba la música.

De nuevo sonó el teléfono, de nuevo era él, de nuevo le contestó con rabia.

-Y ahora que.

-Le has dicho a Julia que estabas enferma y no estás en el hotel.

-¿Y?

-Como que y… con fiebre no se sale de paseo.

-He ido a la farmacia.

-Has salido hace más de dos horas.

-No encuentro lo que yo tomo.

-Otra de tus fugas romanas.

-Otra de tus investigaciones pagando a los porteros.

-No es necesario, te conocen.

-Sí, la verdad es que me llevas exiliando tanto tiempo que me conocen en un montón de hoteles de todo el mundo.

-Vas a venir.

-En un rato, tengo que arreglarme para una cita.

-¿No estas enferma?

-Exacto, por eso es una de esas citas que te lo curan todo

-No vas a parar, estás en pie de guerra y no te conformas con rehenes, ¿verdad?

-Te equivocas otra vez, estoy en pie de paz, pero conmigo.

-Entonces no vienes.

-Sí, dentro de un rato.

El teléfono se quedó mudo si un adiós, ambos se conocían muy bien, a veces demasiado, ambos sabían que habían cometido un error, ambos sabían que la solución era irremediable, ambos sabían que no podía ser en aquel momento, ambos sabían que los próximos meses no iban a ser fáciles.

-Bellísima

-Tengo una cita

-Con me

-Con te

-Mi piace

-Lo sé. ¿Te gusta lo que he pedido?

-Más tarde. Ahora tu

-Sí, creo que me apetece ser la copa antes de la cena

-Pues no esperemos más

Cuando terminaron de degustar el menú entero y tras unos arrumacos muy prometedores se agradeció a si misma haber pedido una cena fría y haber guardado el vino en la nevera. Una ducha compartida, algo encima para cubrir justo lo que pide el decoro y una cena sentada sobre aquel hombre que le acababa de regalar una tarde de lo más placentera, se dieron de comer y no pararon de reír chapurreando una mezcla de los dos idiomas, que más daba… sus pieles hablaban por ellos y el resto estaba más allá de lo que en aquel momento deseaban todos y cada uno de sus sentidos, cenaron degustándose y por la mañana, Sara, añadió un huésped a su habitación del hotel.

-Buenas tardes Sr. Sarri, un placer de nuevo

-Buenas tardes Sara, preciosa como siempre

-Adulador como siempre

-Italiano, pero en este caso además es verdad. Carlos…

-Buenas tardes Massimo, ¿preparado para enfrentarte a la preciosa pero más dura negociadora que conoces?

-Eso la hace aún más interesante

-Entonces empecemos, Julia traerá enseguida unos cafés

Sara no paraba de mirar el reloj, estaba totalmente fuera, la bella de acero como algunos la llamaban no estaba aquel día, en su lugar un silencio o algunas frases o palabras casi de compromiso, presento sus ideas y dejó que ellos discutieran, pero solo intervino una vez.

-Massimo, lo siento, tengo que marcharme, una cita importante, pero como sabes es Carlos quien tiene la última palabra, así que os dejo para que podáis cerrar el negocio y cenar tranquilos. Carlos, nos vemos.

-Ciao Sara, hoy ha sido casi totalmente un placer, pero si no vienes a la cena…

-Massimo eres incorregible, sin mi presencia estaréis mejor.

Cerró la puerta con una suavidad inusitada, Massimo Sarri, poseedor de una inmensa fortuna, una de las piezas vitales de aquel negocio miraba a Carlos Rodrigo, propietario de la idea negociada, entre atónito y divertido.

-Esta no es Sara, no la Sara que siempre he conocido

-No, tampoco es la que yo conozco, pero desde hace unos días es así, y no puedo decir nada, su trabajo, su exposición han sido magistrales como siempre.

Cuando Sara se despertó Piero le miraba mientras acariciaba su pelo, era una mirada dulce y golosa a la vez, no recordaba la última vez que había sentido una mirada así… Sus ojos le devolvieron aquel apetitoso contacto, apenas estaba amaneciendo cuando de sus labios brotó una pregunta.

-¿Tienes el pasaporte en regla?

Carlos bajo a la recepción del hotel pasado el mediodía, su sonrisa era victoriosa, no regresaba a España hasta última hora de la tarde y la firma sería en el despacho a las cuatro, le daba tiempo de comer con Sara y celebrarlo, la atraería de nuevo, se podría quedar en casa y quizá con suerte pudieran retomar su historia, se acercó para pagar la cuenta y antes siquiera de preguntar por ella le dieron un sobre, llevaba su nombre y era su letra, la de ella, la que tantas veces encontró en la recepción de un hotel, sonrió, volvía a ser ella, regresaban a sus juegos, pero aquella sonrisa se transformó en un gesto entre la sorpresa y la ira. Pagó la cuenta y se dio la vuelta sin saludar, se dirigió a la salida, encendió un cigarro y parado en un momento que no querría recordar jamás leyó una nota escueta: “¿Recuerdas las veces que hablamos de historia? Nos encantaba con una buena copa de vino, personajes que lo habían dado todo para cambiarla, hombres y mujeres únicos, arriesgados… Me voy con uno de ellos, seguramente no aparecerá en uno de esos libros, pero sin dudarlo ha decidido cambiar la mía. Se feliz”

No estaba firmada, en la despedida, ni siquiera le había dejado su nombre.

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