Gaia, hija de la tierra

La llamaron Gaia porque nació la noche en que aquellos que partieron para siempre acercan sus almas de nuevo a la tierra y dejan que sus espíritus acaricien a los que amaron y aún los aman. Y nació tierra porque su madre así lo quiso, asustada por el momento en que ella quiso llegar se ocultó en el bosque y allí parió aquella criatura que decidió brotar en fecha maldita y desde ese instante juro protegerla y desde ese instante en que la sangre de la vida dio más vida a la madre, desde ese momento de oscuridad, la luz llegó a su alma y Gaia acaparo en sus manos y su mirada toda la vida y las vidas que paseaban para bendecirla.

-¿Por qué Gaia madre? Es raro, los niños en el colegio no sabían pronunciarlo

-Yo me llamo así

-Y la abuela, pero ¿Por qué?

-Todas las mujeres de nuestra familia reciben el nombre si son las primeras

-También lo sé pero…

-Sé que lo sabes, ¿y que más sabes y no has querido decir hasta ahora?

-Mama yo

-Tu que

-Yo soy distinta

-Todos somos distintos hija

-Pero yo

-Si tu…

Nadie supo, nadie pensó, nadie busco en sus primeros años de vida, ni siquiera cuando puso por primera vez sus pies sobre la madre, su madre, y se deslizó sobre ella mostrando a cada paso que de ella había nacido una fría noche de otoño, cuando el resto se escondía, y ella decidió asomar para dar más vida a la vida.

-Y que nos hace distintas

-¿Tu qué crees?

-La vida

-La vida solo nos envuelve, es solo lo que nosotros le dejamos ser

-¿Entonces?

-¿Qué es distinto en ti hija?

-Lo que veo

-O quizá como miras

-¿Y cuando toco?

-Cuando tocas también

Pero el tiempo avanza, y pronto Gaia dejo ver que era distinta, podía estar horas en silencio, quieta, mirando al infinito mientras acariciaba la tierra, jugaba a los juegos de los demás niños casi haciendo un esfuerzo, y se sentaba con unos ojos inmensos a escuchar los relatos de su anciana abuela, los que contaban como llegaron a aquella tierra, el largo camino y la dura construcción de una vida que con su llegada empezaba a tambalearse.

-Deja que te bese

-No puedo

-¿Por qué?

-Porque entonces se romperá el equilibrio

-Es un beso

-Es el miedo

-¿Qué miedo Gaia?

-El que yo siento

-¿Has besado antes?

-He besado

-¿Y entonces?

-No quería besar como quiero besarte a ti

-Acércate

-No puedo

La belleza de Gaia se manifestó temprana, a la par que el poder de su mirada, su madre había dejado pasar los años de habladurías y comentarios sobre su hija sin escándalos, su silencio era la forma de proteger su secreto, que ni siquiera aquella niña a la que todos miraban apuntando con su boca conocía.  Cuando cumplió los once años era ya una mujer a los que unos miraban con deseo, otros con codicia y casi todas entre la envidia y la hipocresía que tienen algunas sonrisas.

-Que vamos a hacer

-Habrá que casarla pronto, sino vendrán problemas

-Es una niña

-Mírala, donde está la niña, ¿ha estado alguna vez?

-Es distinta, pero es una niña, no  quiero que se case

-El herrero me ha dicho

-El herrero no te ha dicho nada

-Tienen posibles y su hijo

-Su hijo es un borracho patán

-Se hará lo que yo digo

-Solo si yo muero primero

Y a pesar que quedaban pocos días de verano, tres mujeres, con unas hogazas de pan y unas monedas guardadas esperando el momento, se alejaron del lugar por el que habían luchado en permanecer, le había salvado una vez la vida y la salvaría las que fueran necesarias. Anduvieron sin descanso toda la noche y gran parte del día para alejarse, cambiando caminos, alejándose de los pasos más frecuentados, le habían cortado la melena y vestido como un chico, no sabían dónde iban, solo a dónde no podían regresar.

-No entiendo tus no besos

-No entiendo tu insistencia

-Fácil, te amo, te deseo

-Difícil, te amo, te deseo, no puedo tocarte

Un mes más tarde, una semana después de que las provisiones más que escasear casi faltaran, llegaron a una pequeña ciudad portuaria, habían reservado unas monedas para dormir al menos un par de noches a cubierto, el frío se dejaba notar y necesitaban asearse. Hablaron con el posadero, buscaban trabajo en la cocina o en lo que saliera y tuvieron suerte, la última se había marchado el día anterior. Comida, cama y unas monedas, cocinando y limpiando y el chico con los animales. Cuando oyeron la palabra chico casi olvidaron el resto, lo tomaron y no pensaron más y después de lavarse y sin descanso se iniciaron a la tarea.

-Mama… ¿porque cuando toco pierden la cordura?

-Porque tocas con amor

-Todos tocamos con amor

-No como el suyo, como el nuestro

-No lo entiendo, tengo miedo

-Eres hija de la tierra, de la madre y de ella llevas la energía de la vida que renace de ti

-Sigo teniendo miedo

-No lo tengas, llegara la piel que podrás amar sin miedo

-Y como lo se

-No mires, cierra los ojos y siéntela

Y se quedaron, pero el chico crecía y ocultar su belleza cada vez era más difícil, ni largas jornadas de trabajo sucio, ni un olor repugnante que casi no le quitaban a propósito, ni ese no comer dejándola casi en los huesos, ni ese sufrir de las tres, podían ocultar la belleza que gritaba desde las entrañas mismas del cuerpo que la vio nacer, de esa sangre que regreso al nacimiento mismo de la vida, de ella era hija más que de su propia madre y ella la estaba llevando a su destino.

-¿Dónde vamos?

-Querías que te besara

-Quiero que me beses… y algo más

-Sé lo que quieres, vamos.

Y una tarde, tras la cocina se escuchó un grito, casi un aullido, que llenó aquella vieja posada de miedo y la hundió en un silencio aún mayor. La madre y la abuela salieron hacia los corrales, pero llegaron tarde, la encontraron tirada en el barro, sollozando, sin harapos ya que cubrirse, y con aquel olor repugnante apoderándose de su alma. La lavaron, la vistieron y dejaron de ocultarla, con el sol tomaron el dinero que se les debía y se marcharon en silencio.

-Mama, cuéntame de nuevo la historia

-De verdad, ¿quieres?

-Siento haberlo rechazado tanto

-No pasa nada hija, no es fácil, eres joven

-No quiero tener más miedo, necesito saber

-Sabrás hija

Gaia dejó de hablar, no sonreía, dormía de día y al atardecer salía y se perdía de la cueva en la que habían decidido refugiarse, y agradecieron a la madre que no hubiera sido fértil, primero se quedaron para asegurarse, luego a esperar que se curara, luego no sabían cómo sacarla de allí. Se alimentaban de los frutos, y de lo que podían cazar con alguna que otra trampa y buscaban el pan en una aldea no demasiado lejana, el día de mercado, para que nadie las extrañara. Pero seguía el silencio, había regresado a los inicios de la vida cuando sentada en el suelo acariciaba la tierra, sin lágrimas, sin sonrisas, casi sin existencia.

-¿Nos vamos?

La abuela y la madre se miraron aturdidas

-Ya es hora, ¿no?

-Donde vamos

-Ella nos guiará, siempre lo ha hecho, ¿no madre? O acaso no te guió a ti en la oscuridad…

Y las tres mujeres emprendieron el camino, ese camino que se toma sin saber dónde te llevará y dieron los primeros pasos en un amanecer que empezaba a ser cálido.

-Acércate, voy a cerrar los ojos, no te muevas, no te asustes

-No tengo miedo, solo el de no poder besarte nunca

-Shhhhhhhhhhhhh

Estaban en un lugar especial, lo había elegido con cuidado, una pequeña casa, subiendo una ladera, a sus pies la tierra, al fondo el mar, entraron y dejaron las maletas, el miró sorprendido, una pequeña cocina en el salón, un baño y una sola habitación, una sola cama, le pidió que se tumbara y cerro lo ojos y empezó a sentir sus manos recorrer su cuerpo rozándole, casi sin tocarlo, como si siguiera el contorno de su cuerpo para asegurarse de que estaba allí, los dos seguían en silencio, de repente sintió las manos más cerca, abrió los ojos que había cerrado para sentirla más y ella sin abrir los suyos empezaba a desabrochar los botones de su camisa, y cerró los ojos de nuevo, quería mirarla como ella lo miraba a él, desde el alma.

Gaia empezó a acercarse a aquel cuerpo que deseaba que fuera suyo, lo acariciaba despacio, pero sin miedo, no sentía el rechazo de otros cuerpos, y empezó a bajar por el despacio, asegurándose de aprenderlo para poder aprenderse, dejando la huella de su esencia en cada caricia que sus dedos dejaban en una piel que empezaba a estar demasiado aturdida por el deseo, pero seguía sin darse, tenía que saber, llegar al final de él antes del primer beso, y seguía avanzando y reconocía la lucha de aquel que ahora era un oponente para él mismo más que para ella, y lo miró con los ojos llenos de pasado y de futuro para poder saborear su presente, pero lo miró sin verlo, solo intuyendo por aquellos latidos acelerados del que quiere tener y no tiene, del que ansía ese cuerpo amado que se le escapa cada día entre las manos que nunca llegaron a tocarlo, él no había vuelto a abrir los ojos, ella lo sabía sin abrir los suyos, el descansaba agitado ya sin ropa y la hija de la tierra podía sentir como pronto se le daría la magia por la que se llega a ese instante del que brotamos, y acerco sus labios para besarlo, y susurro…

-Ahora

Y en ese instante el miedo se partió en dos y se dio a él y dejo que fuera el elegido quien la cubriera para alejar el espíritu de dolor que habían arrastrado demasiado tiempo, bebió su esencia y le entregó la suya y después de horas se rindieron.

-Hemos llegado

-Aquí no hay nadie

-Estamos nosotras

-De que vamos a vivir

-De lo que vivíamos

-¿Que vamos a hacer?

-Empezar de nuevo

Las tres mujeres se miraron, y Gaia las miró de nuevo y acarició su vientre.

-Me has besado

-¿Solo besado?

Los dos sonrieron, llevaban dos días casi sin abandonar aquella cama, el sol entraba por la ventana, y volvieron a besarse.

-¿Gaia?

-¿Si mami?

La niña jugaba en el suelo con una muñeca, giró su rostro y abrió los ojos, mirándola fijamente, no dijo nada más, solo dejo una respuesta, un par de inmensos ojos verdes mirando al océano.

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