Tatuarte… como Pissarro

La música sonaba  acariciando suavemente todos los rincones de la habitación, tumbada o casi dejada caer en una de sus extrañas posturas contemplaba fotogramas dispersos de su vida, estaba buscando el momento, solo uno, aquel en que todo se dejó perder durante demasiado tiempo.

Entre sus manos el último certificado, lo miraba, un papel reciclado cerrando con una llave más el odio que acumulan algunas personas, le costaba entender cómo se podía querer dañar aún más al dolor, ya no le afectaban aquellas dosis de oscuridad que llegaban con un toque amarillo y repletas de ganas de destruir lo que tanto había costado volver a resucitar. Otros instantes como aquel habían tejido una cota de malla casi infranqueable, porque solo era débil o vulnerable al amor, nunca al dolor.

-¡¡¡Gracias!!!

Las lágrimas resbalaban por aquel rostro que casi no podía llorar más

-¿Por?

-Tú sabes

-Yo solo sé que nos reímos mucho juntas, pero eso es lo fácil, lo difícil es esto…

-Igualmente gracias, sin ti ahora mismo no sabría…

-Pasará, siempre pasa, si realmente quieres

-Quiero

Llegaron y abrieron esa botella de vino que siempre tenían para todos los momentos, los de risas que eran la mayoría, pero también los de lágrimas, y ahora era ese momento de dejar escapar el dolor acumulado en todas sus formas, abandono, traición, miedo… esa angustia que la tenía acorralada sin saber muy bien donde… miraba y no podía ver más allá que ese instante en el que se quería quedar acurrucada, sin calor, sin frío, sin mantas, sin sol y casi sin luna, sin brillos más allá de los que brotaban de unos ojos agotados de tanto llorar y que sin embargo no podían parar de hacerlo…

-Sabes que solo te dejo hoy

-Lo se

-Suéltalo todo, échalo de tu vida, pero sabes que no te puedes permitir más momentos así…

-Hay tanto que no me puedo permitir

-Puedes permitírtelo todo, menos dejar de ser tú, eso ya quedó atrás… por favor

-Prometido

Quería encontrar ese día, esa brevedad de tiempo que la alejó de su alma, quería saber, quería poder perdonarse, quería ser capaz de mirar al futuro, y miraba aquel mundo que jugaba en azules guiñándole de vez en cuando al verde y sintió aquel abrazo de nuevo que la protegía de lo que era más difícil, de ella misma.

-Me encanta este calor

-¿Cuál?

Sonrió con una dulzura picante que iluminó incluso a los que no estaban.

-¿Lo dibujo?

-¿Puedes?

-Ese calor siempre soy capaz de dibujarlo y moldearlo e incluso me amoldo a él tomando su forma, mimetizada, recostada en ese abrigo que necesito.

-¡Hazlo!, ¡Amóldate!

-¿Así?

-Así…

Y se recostó sobre él, le miró a los ojos y volvió a sonreír.

-Voy a tatuarte de puntos de colores… como Pissarro, a vestirte de manchas como Monet, a desdibujarte como Lautrec y a volverte a construir elevándote a ese cielo que compartiremos en nuestros cuerpos

-Eres…

-Soy

-¿Tierra?

-¿Fuego? Nací de la tierra, de la madre a la que siento que pertenezco, coqueteo con el mar, mi amor eterno, pero de mi nace siempre el fuego…

Amaneció el día triste, el cielo no quería sonreír, la miraba y dejaba escapar algunas lágrimas, cogió lo imprescindible y cubrió los ojos de la tristeza, no le gustaba que él la viera triste, aunque sabía que podía sentirla, los dos respiraban ese aire que les permitía balancearse en la tierra a la que entregaban sus desvelos, sus palabras perdidas, sus tristezas, esos momentos que compartían entre susurros, cuando se contaban lo que fue y lo que no pudo ser, cuando la nostalgia no tenía música, cuando el pasear la vida eran unas huellas que se arrastraban llevadas por la necesidad de ser sin poder casi seguir siendo.

-Que tal tú día

-Tal y día

-Puedo verlo

-Yo no… casi no puedo ni abrirlos

-Dijimos que ayer era el último

-Pero me hacen falta tantos últimos

-Lo sé, pero me da miedo

-¿Miedo?, ¿de qué?

-De que te quedes ahí instalada

-Me conoces, sabes que no

-Los sé, pero nunca antes

-Nunca antes me atreví a sacar el dolor guardado durante tanto tiempo, durante tantos años. Tenía que llorar mi vida muerta, tenía que velar el cadáver de lo que no fue, tenía que enterrar el espíritu que mordió al mío y lo dejo sin vida, tenía que acariciar aquel cuerpo muerto con las lágrimas de la esperanza perdida, tenia…

-Ya lo has hecho, ahora deja que se vaya, no lo pienses más, mira hacia delante, tienes…

-Sé lo que tengo Mariana, se lo que viene, pero tenía que cerrar esa puerta y no podía hacerlo sin vaciarme.

Y el cielo lloró toda la noche, las luces de su rabia iluminaron aquellos momentos de oscuridad que se iban abandonando en un para siempre oculto, sepultado bajo llaves y capas de dolor, llorado…

-Siento que has empezado a tatuarme

-Ummm, si, despacio, tu piel es un secreto lleno de dulces jeroglíficos y cada poro es un símbolo donde perderme.

-Y cuando construiremos

-Cuando sepa, cuando sepas, cuando el misterio sea algo que cada día tengamos que imaginar porque el traje que visten nuestros cuerpos sea ese laberinto del que ya sabemos escapar.

-Quiero ese cielo

-El cielo no se construye con prisas

-Se construye con deseo y yo lo tengo

-Pero el deseo desbordado en un instante es un cielo pequeño y contigo quiero todo el cielo

En uno de los barrios periféricos de Acra amanecía, pero los que lo habitaban habían adelantado al día y hacía tiempo que deambulaban por sus calles, y es que cuando la vida no te viene a buscar y tienes que salir a su paso día a día, las noches son muy cortas y la lucha por la supervivencia se impone a las horas de luz, el agua potable a veces está demasiado lejos y los libros a kilómetros de un techo de latas recicladas que asfixian la existencia cuando el sol aprieta. Y con los primeros cantos de aquellas gentes que inexplicablemente vivían tras una sonrisa abrió sus ojos, y aquella sonrisa se había contagiado, y pese al cansancio, la incertidumbre y el no saber, estaba allí, sonriendo ante un trozo de espejo, lavándose y deseando abrazar aquel día como al amante desconocido cuyo cuerpo puedes imaginar bajo la ropa pero que estas deseando poseer con todos los sentidos.

-¡Buenos días!

-Preciosa sonrisa

Y la sonrisa se transformó en risa

-Cada mañana el mismo diálogo

-Cada mañana tu precioso buenos días

-Te has acostumbrado… al principio dudabas

-Al principio creí que se habían vuelto locos

-¿Quién?

-Los que te dejaron venir…

-No lo había notado…

-Ahora te ríes… pero me odiabas

-Me lo pusiste muy difícil

-Tenía que probarte

-¿Y?

-Preciosa sonrisa…

-Sí, es verdad, para diez minutos has hablado lo que normalmente te lleva casi un día entero… me voy a la escuela… no hables más, es agotador

-Te odio

-Y yo a ti

Y se marchó soplando un beso que quedó recogido en una sonrisa.

Tras aquellos días de llanto asomó la fuerza, lo hizo de forma lenta, dando pasos que se desperezaban, asentándose poco a poco, en la cabeza de Dunia las ideas y los pensamientos se acomodaban despacio, casi sin hacer ruido, sin querer imponerse, y ella escuchaba a cada uno, lo miraba de frente, lo analizaba… pero sin prisas, tomó notas, y solo tomó una decisión, dejar pasar los días necesarios para no equivocarse, y una mañana de Abril amaneció lejos, muy lejos.

-¿Cansada?

-Un poco, ¿tú que tal?

-Cansado

-¿Un mucho?

-Un demasiado, ¿cuándo regresas?

-¿Dónde?

-A casa

-Llevo cinco meses, ya sabes a los seis nos obligan a un descanso… así que en un mes

-Me iré contigo

-¿Lo dejas?

-No, necesito un descanso

-¿Cuánto tiempo sin ir a casa?

-Casi dos años

-¿Por?

-¿Por qué no?

-Tienes razón… porque, siempre porque y sin embargo a veces no es necesario un porque, solo un cómo o un cuándo o un donde

-Te has puesto trascendental

-No, a veces me dan rabia mis porqués

-No te preocupes, creo que siempre hay un porqué, aunque lo disfracemos de cómo, cuándo o dónde…

-Quizá si… pero igualmente no es de mi incumbencia.

-Sencillo, aquí estaba mi motivo, allí se habían terminado

-Entonces regresemos juntos, pero sólo para un rato

-Para un rato

Los días en Acra pasaban rápido, las condiciones eran duras, el calor al principio se hacía insoportable, el camino a la escuela era largo y demasiado difícil a veces, demasiada vida en sus calles para el neófito, a veces, demasiada muerte. Al amanecer salía de su dormitorio, tras un desayuno ligero andaba hacia la escuela antes de que las temperaturas subieran demasiado, y una vez en la escuela siempre había mucho por hacer, desde intentar terminarla, atender a los niños en todas sus necesidades, coordinarse con el hospital, preparar comidas, luchar con la logística siempre perdida en una lógica que escapaba a la de los cooperantes, y después de un día repleto de transito por las emociones y de un desgaste físico importante había que regresar, pero entonces lo hacían todos juntos, en un convoy, la seguridad y la noche no eran demasiado amigas en la capital de Ghana.

-Tienes la mochila preparada

-La tengo

-¿Dejaste un jersey fuera?

-Si papa…

-No seas tonta, es final de octubre, el contraste va a ser duro, tendremos frío

-Lo se… me río porque no puedes dejar de ejercer ni cuando te vas

-Tienes razón, anda vamos

Se despidieron del resto de compañeros con un hasta pronto y una sonrisa con un punto de melancolía que aún se apoderó más de ellos al despegar al avión, antes de ir se lo habían dicho, con África no hay término medio o regresas mucho antes de lo previsto o se mete en tu alma y se queda en ti para siempre. Dunia se había enamorado y estaba perdida sin remedio, descansaría los dos meses obligatorios, pero lo primero que haría sería reservar el billete de vuelta. Miró a Manuel, el director del proyecto, el hombre que quiso hacerla desistir a su llegada, sus ojos estaban tristes y sin darse cuenta se abrazó a él reposando la cabeza en su hombro, él se giró, no dijo nada, solo dejó reposar sus labios en los de Dunia hablando en un solo gesto.

-Me encanta este calor

-Te dije que haría frío

-Shhhhhhhhhh no lo estropees… voy a tatuarte

-¿A qué?

-Como Pissarro

-¿De qué hablas?

-Querías un cielo, ¿no? Pues quédate en silencio… voy a dártelo.

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