El invierno del sol

Empezaron a servir platos pequeños, era un menú degustación, algunos eran especiados, otros picantes, pero tenían también un aroma mediterráneo, la música de fondo era agradable y lo era más aún acompañada de sus risas, hacía mucho tiempo que no se reunían, la vida a veces te arrastra y sin darte cuenta te alejas de aquellos que un tiempo atrás eran la columna sobre la que te sostenías, el pañuelo de las lágrimas, el sonido de una carcajada.

-¿Y tú qué?

-¿Yo que de qué?

-De todo

-De todo un poco

-No me des demasiados detalles

Todos se reían a la vez, hasta Sara, que aquella noche estaba un poco hermética

-Bueno, ya os lo he dicho, vivo sola por elección, aprendí de los errores del pasado, me gano la vida en lo que me gusta y tengo mis momentos de felicidad.

-¿Hijos?

-No, una gata Isis

-¿Pareja?

-Parece un interrogatorio… somos amigos o al menos lo éramos, ahora somos conocidos que casi no sabemos nada del otro.

-Estas rara Sara, ¿te sientes bien?

-Perdonad, quizá me he dejado llevar por la nostalgia

-Que quieres decir

-Que os miro y erais tanto… y ahora no sois nada

-Gracias

-Me entiendes de sobras Pablo, entonces éramos… y ahora ni siquiera sabes si tengo pareja, yo sé que tienes hijos porque lo acabas de decir, yo…

Se levantó en dirección a los servicios, todos se quedaron mirándola, Lucía se iba a levantar pero Carlos la frenó

-Déjala, siempre fue así de sensible, luego hablo yo con ella

Siguieron conversando y riendo, se mezclaban las historias pasadas y las presentes y como siempre hicieron planes de futuro…

-Preciosa gata

-Preciosa sonrisa, no ha cambiado, es tal y como la recuerdo

-¿Por eso estoy aquí?, ¿por mi sonrisa?

-No, o si, o quizá… porque siempre quise besarla

-No lo hiciste

-No me dejaste

-No lo intentaste

-Estaba ocupada

-No podía estar siempre esperándote

-No quería besar lo que otra besaba

-¿Y ahora?

-Has dicho que…

-Solo probaba, aún no me has besado

-Espero a que lo hagas tú

Las risas en la mesa continuaban, la comida invitaba a beber y las botellas de vino se sucedían sin demasiado control, Ángela, que en aquellos años parecía haber abandonado su timidez en algún lugar donde no pudiera volver a encontrarla, no paraba de insinuarse a Carlos y él aunque disimulaba, reía y brindaba, no dejaba de mirar la puerta del baño.

Sara se sentó en la mesa con una amplia sonrisa que pedía disculpas, a veces el paso del tiempo se le atragantaba, como si nada hubiera pasado se unió a la charla y a las bromas, mientras la mano de Carlos jugueteaba bajo la mesa, debajo de su falda.

En el colegio jugaban a escribirse mensajes en la piel para que el otro los adivinara y eso es lo que hacía Carlos en ese instante, dibujar letras en el espacio que había donde terminaba su media y la pierna se inclinaba al lugar donde él quería perderse aquella noche.

-Pablo recuerdas aquel carnaval…

-¿Cuál?

-Solo hay uno imborrable

-El de Sara

Sara los miró y empezó a esbozar una sonrisa entre el recuerdo y el placer que brotaba de su piel caligrafiada.

-Lo reconozco, demasiada cerveza mientras os maquillaba

-¿Demasiada?

-Que exagerados sois

Miró a Carlos pidiendo ayuda, pero sus reacciones estaban bajo la mesa buscando otras que siempre quiso tener atrapadas, como en aquel instante.

-Otra botella

-Carlos, ¿No piensas moverte de aquí?

-Estamos bien no…

-Desde luego tú sí, tendrías que verte la cara

En aquel instante sus manos agarraban la botella para servir otra copa más, pidieron algo de postre y permanecieron un rato, añadiendo a aquel ambiente un poco más de temperatura mientras saboreaban pequeños dulces rebosantes de almendra, miel y canela.

Ahora era la mano de Sara la que intentaba grabar unas palabras, pero no eran de piel, eran de tela, aunque el mensaje era tan claro que la respuesta rápidamente se dibujó en la cara de Carlos, una inmensa sonrisa se apodero de su rostro, todos le miraban, no entendían el porqué de aquella sonrisa y eso aún le gustó mucho más a Sara.

-Me gusta verte así

-Así como

-Mirándome, feliz, anhelante, esperando…

-¿Y me vas hacer esperar mucho?

La agarró por la cintura como si no fuera a soltarla nunca más, acerco los labios despacio, al principio solo un roce, como un susurro silencioso que lo decía todo, luego empezó a morderlos suavemente, Sara intentaba saborear los suyos pero no la dejaban, abocado en su sueño eterno que acababa de acariciar por primera vez, Carlos quería tenerla atrapada, y la aferraba más, y la acercaba tanto a él, que por un instante pareció que podía fundir aquel cuerpo en el suyo, y a tientas, chocando y derribando todo lo que se cruzaba en aquel camino hacia aquel deseo que ya tenía entre sus manos, llegó al lugar donde siempre la quiso, la dejó  suavemente sobre la cama y le susurro unas palabras:

-He esperado más de quince años, ahora silencio, eres solo mía

-Yo no…

-Shhhh he dicho silencio

Y Sara al contacto de su cuerpo olvidó la primera de sus normas, no ser de nadie, y se dejó invadir entre la locura y la cordura, la dulzura y el deseo más salvaje, la ternura y el misterio y se rindió al asedio sin oponer resistencia y sin pensar en otro mañana que no fuera el siguiente beso, que aquellos labios ávidos de ella, dejaban húmedos sobre su cuerpo.

-Venga vayamos a tomar una copa

-¿Dónde?

-No sé, da lo mismo, Sara, ¿tú sabes algún sitio?

-¿Por qué yo?

-Porque los demás tenemos hijos, estamos más oxidados

-Pablo, tú no cambias, siempre juzgando por los estereotipos

-¿Y entonces?

-Pues entonces que yo salgo poco de noche y voy a sitios concretos donde tú, seguro, no te sentirías a gusto

-Y tú no cambias tampoco, la original, la diferente

-No creo que hayamos venido a discutir

La voz de Carlos se alzó en medio de aquel diálogo que llevaba un camino a un final de la noche que no era el previsto.

-Siempre defendiéndola, eso no ha cambiado

-Siempre atacándola, tu tampoco

-Iros los dos a la mierda, no soy vuestro juguete, no soy una muñeca, yo decido. Me marcho.

-Sara, no seas idiota, no te pongas así

-Ángela cariño, tu y yo nunca tuvimos mucho que decirnos, solo ellos nos unían y estarás encantada si me marcho, deja la actuación, somos adultos.

-Sara no seas tan dura.

-Lucía, cariño, tú y yo nos vemos siempre que queremos, no necesitamos esta noche.

-Eres imposible

-No, no te confundas, soy yo

Sara levantó la mano y llamó a un taxi, se subió levantando la mano y con una sonrisa sarcástica añadió:

-Dense ustedes por besados

El resto se miraba sin saber que decir, Carlos anotaba algo, Pablo miraba a Ángela como preguntando.

-¿Y ahora qué?

-¿Ahora qué? Pues cada uno a su casa Pablo, tú has sabido como terminar la noche a tú estilo.

-¿Por qué a casa?

-Bueno ir donde queráis, yo me marcho.

-Hay cosas que no cambian con los años

-Desde luego, Ángela, tú no has cambiado.

Carlos se dio la vuelta y se fue hacia su coche, siempre había evitado el transporte público o andar más de dos pasos, en eso Sara y él eran completamente distintos, ella ni siquiera se había planteado comprar un coche, en eso pensaba mientras se ponía el cinturón, arrancó, pero antes de moverse hizo una llamada.

-Por motivos de seguridad no se facilita

-Pero puedo demostrarle

-Si lo que dice es cierto no le hacemos falta, buenas noches gracias.

El teléfono se quedó mudo, como él, su cabeza daba vueltas, necesitaba, tenia, quería… solo le faltaba el cómo.

Vio a Pablo y a Ángela subirse juntos a un taxi, paró el coche y dejó reposar su cabeza, necesitaba pensar, la imagen de aquellos dos, pese a todo, le esbozó una sonrisa cínica en el rostro, no, había cosas que no cambiaban, el amor y el odio se iban a dar un revolcón aquella noche, como siempre había sido, desde los inicios de la historia, los celos y la envidia siempre hicieron extraños compañeros de cama. Borró la sonrisa y se concentró en ella, tenía que pensarla, sentía la necesidad de poseerla en su pensamiento como lo había hecho aquella noche durante un tiempo efímero que la había agarrado de nuevo a su alma, podía sentir el tacto de su piel aún sin tenerla, cerró los ojos, echo hacia atrás el respaldo, no podía volver a casa.

Suena un móvil, le cuesta pero se da cuenta que es el suyo

-Disculpe, dejo un mensaje, yo no lo entiendo, ¿es usted no? El que llamó antes…

-Sí, que dice

-Si llama dígale que lo conozco, Plaza del Sol nueve, ático. ¿Le sirve?

-Le adoro buenas noches.

Arrancó sin ni siquiera hacerse un mapa mental de donde iba, su corazón conducía y él le dejaba, o quizá no era el corazón, era la piel, el deseo…

Lucía caminaba sin rumbo fijo, se había quedado sola, le pasaba a  menudo cuando Sara se iba, era tímida y le costaba relacionarse, solo su amiga era capaz de romper el hielo por las dos, bueno, su amiga era capaz de derretir los polos si alguien que amaba se lo pedía, la llamó.

-Sara

-¿Qué pasa preciosa?, ¿dónde estás?

-Dando un paseo, la noche terminó al irte tú.

-¿Y los otros?

-Pablo y Ángela…

-Como siempre imagino…

-Y Carlos, calculo que tal y como arrancó el coche estará en tu casa en diez minutos, no te quites ese vestido tan sexy que llevabas

-Qué mala eres

-Sabes que no

-Lo sé cariño… voy a retocarme, llevo mucho esperando

-Mañana hablamos

-Un beso

-Se buena

-No pidas milagros mi niña

-No esos los pido por mí y no surten efecto

-Te quiero

-Y yo a ti

La envidia y el odio tenían su propia fiesta en un motel de carretera, ninguno podía ni quería mezclar aquel rato de angustia, rabia y deseo borracho de ausencia en otro lugar que fuera menos sórdido.

El timbre, tres veces, su contraseña de adolescentes. Espero unos minutos, le gustaba jugar con él, después de tantos años, que más daban unos minutos. Tres veces más. Esta vez abrió.

El silencio se apoderó de la noche, solo un par de susurros y más de un gemido rompieron aquel instante congelado desde el pasado en un tiempo presente que iba a tambalear el futuro.

-No dices nada

-Me dejaste en silencio

-Antes, ahora no

-Ahora soy yo la que lo quiero

-¿Me voy?

-¿Quieres?

-No

-Pues no te vayas

-Entonces

-Shhhhhhhhhhhhhh

La mañana les encontró en silencio. Esta vez dormían abrazados.

En la habitación del motel solo quedaba un rastro, unas sábanas arrugadas que la mujer de la limpieza estaba quitando.

Lucía se tomaba un café, la mirada triste, clavada en una ventana por la que no se podía ver nada.

Llovía.

Un taxi paró delante de una mujer rubia.

-¿Dónde la llevo?

-A la primavera

-Eso va a ser difícil

-Pues déjeme en el invierno, en la plaza del sol número nueve, creo que ahí se me ha extraviado algo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s