¿Atrapada?

mascara

-Eres sublime.

-¿En cuál de todas mis facetas?

-Podría decir en todas, como un caballero, pero no lo soy, y eso es lo que te gusta de mí, ya sabes a qué me refiero…

-Mi dominio de la lengua siempre ha sido una de mis grandes virtudes.

-Si lo quieres llamar así…

-¿Así como?, ¿Virtud?

-Bueno a algunos no les gustaría esa acepción para ese dominio.

-Algunos no saben dónde reside la vida.

-¿En el placer?

-¿En el dar?

Era tarde, o demasiado temprano, las primeras luces del día se estaban desperezando, en invierno les costaba más levantarse, demasiadas horas de sueño, demasiado frío. Casi sin cruzar el umbral, lanzó los zapatos a ninguna parte, ya no necesitaba sentirse poderosa, las agujas de veinte centímetros que la habían elevado en aquel poder que la hacía sentir por encima del resto de mortales, se acababan de clavar en la alfombra del salón, le encantaba pisar descalza en casa, se tumbó en la cama y se quitó las medias, olían a su cuerpo, no se las había quitado para disfrutarle, pisó el suelo de madera, necesitaba una ducha, se había vestido rápido después de aquella conversación sin sentido, dejó la ropa en el suelo, quería agua cálida, pero antes enamorando a aquellas paredes que eran su guarida exhibió su belleza camino a la cocina, se sirvió un café y se lo llevo a los labios, necesitaba calor, sentía el abrazo helado que siempre la cubría después del sexo con él, dejo la taza en el mueble del baño y abrió el grifo, dejó el agua correr, saboreó el café, se puso bajo el chorro y presionó los botones del hidromasaje.

Salió, dejo al aceite de bebé masajear su cuerpo, le gustaba acariciarse, soltó la toalla que le cubría su melena cobriza y la dejó caer, le encantaba dejar caer las cosas al suelo, adoraba la ley de la gravedad para los objetos, la odiaba para su cuerpo, la obsesión en aquel punto acaparaba hasta su tiempo, las horas de gimnasio y de masaje luchaban para evitar que una realidad inexorable que marcaba la piel casi rozara la suya, entró en su habitación, se vistió para dormir, para abrazar el sueño con el día presente, dejó su rostro en la almohada, cerró los ojos, no quería pensar, y se dejó poseer de nuevo, esta vez por el sueño.

Cuando despertó casi anochecía, se desperezó despacio, no tenía prisa, era otro domingo dedicado a la nada, además era temprano, solo el invierno seguía empeñado en acortar los días, su mente le reclamaba un café, su cuerpo otro cuerpo, su razón un instante de paz, su pasión otra noche más, y mientras seguía desperezándose mantenía una cruda discusión con todos, se incorporó, saltó de la cama, se estremeció en aquella habitación helada, se puso un viejo jersey por encima y fue al salón, cogió un par de troncos del cesto y encendió la chimenea, fue de nuevo a la cocina a por su café, sentía el estómago vacío y se llevó unas cuantas galletas, se sentó en el salón mirando el fuego y volvió a hacer de árbitro en su propia batalla.

-¿Vienes o voy?

-Ven tú, hoy no tengo ganas de moverme.

-¿Entonces a que voy?

-No seas idiota… me has entendido perfectamente.

-Tienes uno de tus días…

-¿Te callas y vienes o tengo que colgar?

El teléfono se quedó mudo, cerró los ojos con el último trago de café, hacia un mes le había dado las llaves, no tenía que levantarse a abrir, si se quedaba dormida, de algo estaba segura, él la iba a despertar.

Entreabrió los ojos mientras su boca adivinaba el sabor de Pablo, tenía las manos jugando entre sus piernas, cuando sintió sus dedos jugueteando bajo su ropa interior de repente sintió el calor que desprendía la chimenea y le mordió el labio, como le gustaba morderle, se agarró a su nuca y en un movimiento ágil se ató a él mirándole a los ojos, una vez más le estaba retando, aquel movimiento había dejado sus dedos huérfanos, también a su propio placer, pero quería alargar el juego, se quitó el jersey que una vez más se desplomó en el suelo sin ruido, solo perdió su mirada entre aquellos puntos de lana por una décima de segundo, pero no quería apartarla, él conocía sus reglas, ella las suyas, las cartas estaban repartidas, la más alta empezaba el juego.

-Yo gano

-Juega

-¿Hace falta que vaya a la cómoda?

-¿Cómo lo has adivinado?

-Voy conociendo tus distintas maneras de morderme, hoy eres boca.

-Entonces no vayas

-¿Podrás?

-Están atadas a este juego, empieza tienes la carta más alta.

Se dejó caer, ya no podía utilizarlas, ni siquiera para aferrarse al objeto de su deseo, le volvió a mirar, pero ya no era una mirada retadora, era suplicante, él tenía que empezar y lo estaba retardando, la miraba arquearse nerviosa, ávida de ser en él y sonreía como amo de aquel momento, seguían sosteniendo aquel instante en silencio, sin tocarlo, sin tocarse, solo imaginando, ella sabía que tenía que resistir para volver a ganar el control, él sabía que solo resistiría un tiempo, pero verla allí, casi derrotada aún sin empezar hacía que la deseara aún más, y empezó el embate despacio, se acercó a su boca y dejo que ella le rozara con los labios, luego fue el quien empezó a descender despacio, primero con la mirada, luego con las yemas de sus dedos casi levitando en cada caricia, dándole un breve instante para luego quitárselo, bajo los labios, los regaló en sus pechos y quiso que sus dientes se entretuvieran el tiempo justo para hacerla flaquear, pero no lo había conseguido.

-Entonces, ¿Qué vas a tomar?

-Una ensalada de colores y vino blanco

-Siempre cuidándote

-Bueno, sabes como soy

-¿Cómo va todo?

-Bien…

-No pareces convencida.

-Bueno, el trabajo, ya sabes, siempre viajando, pero me gusta, aunque últimamente a veces me cuesta.

-¿Y?

-¿Y qué?

-No te hagas la remolona my friend.

Daniela sonríe, y mira a su amigo divertida.

-Eres un cotilla

-Cariño me preocupo por ti… y sí, soy un cotilla tremendo, adoro tu otra vida.

-Hay alguien.

-Y… ¿tiene nombre ese alguien?

Pablo la miraba fijamente, sabía que estaba a punto de ceder y quería recrearse cuando llegara el momento, ahora eran sus manos las que se deleitaban, tecleaban aquella piel con el manejo experto de quien conoce cada rincón del cuerpo que ha sido suyo mucho tiempo, y sin embargo lo suyo había empezado hacía solo un par de meses, un encuentro fortuito, un amigo común, un par de copas, una noche que ambos creyeron que sólo sería una y tenían las llaves de sus casas, era parte de sus juegos, colarse sin permiso, despertar al otro, sorprenderlo en sus sueños para hacerlos realidad, solo se habían puesto una norma, durara lo que durara en ese tiempo solo serían ellos.

Y ahora era suya, en aquel instante aún más, se adentró en su cuerpo buscando la victoria definitiva y cuando creía que la tenía, ella se movió y sin saber cómo estaba sobre él, y no le había rozado, un juego con sus piernas y estaba perdido, era boca, y empezó a serlo, cerró los ojos, no había sabido jugar su mano y se dispuso a saborear el placer de la derrota… y empezó a sentir sus dientes muy despacio, suavemente primero, marcando su territorio donde sabía que aquel instante de dolor iba a ser placentero, y llegó al momento en que sabía que iba a dejar sus cartas sobre la mesa, sintió su lengua entreteniéndose y supo que había perdido y se entregó en silencio.

-¿Has superado el mes?

-Ha superado los dos meses.

-¿Y si no te invito a comer no me dices nada?

-Tengo menos tiempo.

-Eres una perra.

-La verdad es que sí.

-Te odio.

-¿Por qué soy una perra o por no habértelo contado?

Juanjo despertó al comedor con una sonora carcajada

-Te amo, te amo profundamente.

-Y yo a ti, y ya sabes me gusta estirar el tiempo para luego recrearme en momentos como este.

Y en ese instante se estaba recreando, Pablo sabía que contener su derrota le daba un placer indescriptible pero no sabía por cuánto tiempo más podría hacerlo… ahora era ella la que sabía cómo y casi podía decidir cuándo y con un gesto rápido en su boca entre su lengua y sus labios sacó el as y venció la partida.

-¡Te estás enamorando!

-¡No!, ¿estás loco?

-¿Yo?, No cariño no, ese hombre te gusta… no, es más que gustarte, ¿ya no lo haces?

-¿Hacer qué?

-Tu truco, el que me enseñaste

-Mirarte al espejo cuando lo piensas, y si los ojos brillan…

-No brillan

-Tienes razón, no brillan, centellean

-¡¡Calla Juanjo!!

-¿Estas asustada?

-¡No! No estoy asustada, no estoy enamorada, es solo sexo.

-Daniela estas a la defensiva, soy yo, no levantes la voz, nos están mirando.

-No me acorrales.

-No te estoy acorralando, has sido tu sola. Tienes cara de pánico.

-Tú me asustas yo no…

Daniela huye al baño sin mirar a nadie, cruza entre las mesas como una exhalación, las lágrimas le dan pánico y están bajando por su rostro, se encierra, no hay nadie, da un puñetazo a la puerta, no puede gritar, da otro puñetazo, respira hondo varias veces, deja correr el agua helada sobre sus muñecas, respira de nuevo, se recompone y regresa a la mesa, pero esta vez lo hace sin prisas, deslizándose, con una sonrisa ensayada en su rostro, llega, mira a Juanjo, le sonríe, él le devuelve la sonrisa, sigue el silencio, Daniela coge el móvil y no dice nada, escribe durante un par de minutos, mira a a su amigo y sonríe de nuevo.

-Regresa al momento cotilla de la conversación

-¿Y qué?

-Y nada

-¿Qué quieres decir?

-No volverán a atraparme.

No muy lejos, a unas cuantas manzanas un teléfono notifica la llegada de un mensaje, Pablo lo mira y sonríe, pero pronto esa sonrisa queda congelada en una mueca, el mensaje es breve: “No lo intentes, no regreses, he cambiado la cerradura, lo siento, no puedo quedarme atrapada”.

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