Voluntariamente… me voy

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-¿El estudio de mercado?

-No está.

-Como que no está…

-Sencillo no está.

-Ayer dijiste que lo tenías terminado.

-Eso era ayer.

-Te estás jugando el puesto.

-Tú y tu manía de no leer el correo a primera hora.

-Me has pasado el estudio por correo.

-No, te he pasada la baja voluntaria.

-¿La baja voluntaria?

-Si Fernando, si no sabes lo que significa es muy sencillo… voluntariamente me voy.

-Sara eres un ser realmente insoportable e impertinente cuando quieres, se lo que significa, lo que no entiendo es que carajo te ha pasado desde ayer por la tarde…

-Que me cansé, tan sencillo como eso, me canse de horas y más horas, de tus caretos agrios, de tus malos modos, de pocas sonrisas, de demasiados decibelios… me cansé.

-Y te has cansado de ayer a hoy, así de repente.

-Pero que simples sois algunos hombres, no Fernando, no, no te soporto desde hace mucho, demasiado, como jefe eres insoportable y como hombre… me lo reservo.

-¡Sara estás loca!

-No, Fernando, estaba cuerda por soportarte. Pero mira por donde ha llegado a mí la luz de la locura… No olvides ingresarme lo que me debes… esta mañana…

-¿Tanta prisa tienes?

-Toda.

-Puede saberse donde vas…

-Puede… pero no tú.

Salió luciendo una enorme sonrisa, ni la caja de sus pertenencias le pesaba, taconeaba altiva hacia la puerta, algunos compañeros la miraban ojipláticos, y ella llegó a la puerta casi carcajeándose del mundo y de ella misma, que fácil había sido, que momento, que placer, había conseguido un orgasmo sin que la tocaran y sin poner en su imaginación más imagen que la de su libertad.

Soltó la caja en el despacho, lanzó los zapatos a un extremo de la habitación, colgó el traje chaqueta y se puso unos vaqueros con una camiseta, le dio al play en su equipo de música y fue a la cocina a servirse una copa de verdejo, se miró al espejo, se tumbó en el sofá dejándose caer y se dispuso a saborear el vino, la música y ese instante de placer infinito que la iba a llevar al segundo orgasmo del día.

-Hola guapísima.

-Hola Paulo.

-¿Qué haces?, ¿Tenéis música ahora en la oficina?

-Cariño, no estoy en la oficina.

-¿Estas enferma?

-¿Por qué voy a estar enferma?

-Es jueves, tú nunca faltas, siempre estás ahí…

-Pues desde hoy voy a faltar todos los días.

-Voy a verte.

-Ven cariño ven… que me apetece el tercero.

-¿El tercer qué? Estás rarísima.

-Ven y te lo digo.

Cuando Paulo llamó al timbre estaba casi dormida, le abrió y le miro entre risueña y picarona, lo miro fijamente unos segundos y se arrojó a sus labios sin decir nada. Y Paulo le devolvió el beso.

Estaban a punto de cruzar el “Ponte Vechio”, apretó su mano, le miro y volvió a besarle sin rozarlo, solo con una sonrisa, quería detener su tiempo unos instantes para almacenar aquella fotografía en su alma, su ciudad, un día claro de principios de primavera, el calor y el color de la piel de Paulo a su lado, un sueño repetido que se realizaba…

-¿Tienes algún compromiso esta semana?

-Uno no, varios…

-¿Ineludibles?

-Qué quieres decir…

-Que si puedes saltártelos, aplazarlos…

-Hoy quieres volverme loco Sara…

-Tienes razón, lo siento, llegas, te beso, no te digo nada, te pongo una copa de vino, y ahora quiero secuestrarte una semana. ¿Pero puedes?

-Un vino buenísimo, aunque no tanto como tus labios, y no hago más preguntas, me dejo secuestrar, hago unas llamadas y una maleta… la ropa para que temperatura.

-Tienes tiempo, quítame la que llevo puesta y luego hablamos.

Aquella mujer no dejaba de mirarlos, tenía alrededor de 60 años, iba vestida toda de negro, le daba un trago al café sin apartar su mirada de ellos que estaban saboreando su propio café, Sara la retaba con su mirada, invitándola a acercarse.

-No regreséis

-¿Disculpe?

-¿Puedo sentarme?

-Lleva aquí sentada un rato, aunque fuera con la mirada

-Perdón, pero lo he sentido y no podía…

-¿Ha sentido que?

-Estáis de paso

-Si

-No regreséis de momento

-¿Por qué?, ¿Qué quiere de nosotros?

-No quiero nada, pero puedo ver, tú corres peligro, espera un tiempo, quédate aquí o si vuelves no vayas a tu casa, te está esperando.

-¿Quién me espera?

-La muerte.

-Me está asustando.

-Sara, no te lo estarás creyendo…

-Paulo, me da miedo, no tiene motivos.

-No, no tengo motivos, entrasteis, os vi felices pero luego vi la sombra.

-¿Qué sombra?

-La que te acecha.

-Vámonos Sara, esto es de locos.

-No, Paulo, déjala hablar, necesito saber.

-No puedo decirte mucho más… tu sabes quién es, guárdate, no vayas, no lo necesitas, si no podéis quedaros… refúgiate en su casa.

Paulo casi la arrastró fuera del bar, el rostro de Sara había pasado de la felicidad al pánico, podía oír una y otra vez la advertencia y la sentía claramente en su piel, en su alma. La abrazó fuerte y la llevo al hotel, de repente era como si se hubiera quedado aislada, conocía sus momentos de retiro, ella los llamaba de búsqueda de alma, pero en aquel momento no iba a encontrarla y al llegar a su habitación la tumbo en la cama, se acostó a su lado y sin palabras la abrazó de nuevo.

-¿Qué quieres?

-¿Qué que quiero?, ¿Crees que puedes irte de aquí así?, ¿dando el espectáculo? Y… ¿Qué me voy a quedar quieto?

-Déjame Fernando, ya está me he marchado.

-¡Pero no de mi vida!, ¡a mí nadie me deja así!

-Pues yo lo he hecho.

-Esto no quedará así, eres mía, eres…

El teléfono sonaba una y otra vez, no contestaba, lo iba a silenciar cuando vio un número que le gustaba más.

Se dio la vuelta y le besó dulcemente, buscando el calor que necesitaba sentir en ese instante, el frío que conlleva el miedo la estaba poseyendo en un acto de odio que podía sentir en cada poro por el que su piel lloraba, respiro despacio y le miró a los ojos.

-El lunes te oculté algo.

-Lo sé, siempre lo he sabido.

-Yo no sabía cómo, estaba asustada, como ahora y…

-No te preocupes, tú y yo nunca nos hemos prometido nada, sencillamente nos amamos día a día, porque no lo has dicho, pero sé que me amas.

-No hace falta decirlo cuando puedes mirarte… Es él, no acepta las derrotas, no tolera el abandono, tengo miedo, me ha estado llamando sin parar, por eso tengo el móvil en silencio.

-Podemos quedarnos más, pero lo mejor es regresar, vente a casa como dijo esa mujer.

-Regresaremos, no quiero tener miedo, pero sí, de momento iré a tu casa.

-Sabía que lo ibas a enfrentar.

-Sabía que estarías conmigo, quiero quedarme Paulo… para siempre…

Llegaron a casa, dejaron las maletas en un rincón de la habitación, no hablaban, se habían aprendido mirándose casi desde el primer instante en que se conocieron, y con sus pieles sellando el acuerdo, empezaron su nueva vida.

-¿Cuántas?

-¿Desde que me fui?

-Sí, desde la primera.

-Unas doscientas.

-¿Te ha pagado?

-Sí.

-Se acabó, vamos a tu casa a por tus cosas, porque quiero que estés aquí, porque queremos estar, pero luego vamos a comisaria.

-Tengo miedo.

-No hay miedo, vamos.

Cuando llegaron la casa estaba en silencio, primero entró Paulo, levantó las persianas, todo parecía en orden, excepto…

-¿Esas rosas estaban cuando nos fuimos?

-No, yo no, mira la tarjeta.

-No, no la toques, llama a la policía ahora mismo, tenía llaves pero no le da derecho a entrar en tu casa. Yo llamo a un amigo, te cambiará el paño. ¿Tienes algo suyo?, ¿algo que le tengas que devolver?

-No, nunca le deje dejar nada.

Llamaron a la puerta, Paulo les abrió y señaló las flores, les informó de que no las habían tocado, le pidió a Sara que les enseñara el móvil, la policía les recomendó salir, que no tocaran nada más, uno de ellos les acompañaría, llegaron al bar, pidieron unos cafés, Sara se aferraba a Paulo con la desesperación del náufrago, con la mirada de una niña asustada.

-Déjeme su DNI para comprobar sus datos.

-No está renovado… me tocaba hace un mes pero…

-¿Es usted Sara Casas?

-Claro, lo está leyendo.

-¿Cómo dice que se llama su acosador?

-Fernando, Fernando García Rojas.

-Me temo que tendrá que acompañarnos.

-¿Yo?, ¿Por qué?

Le hemos encontrado muerto esta mañana en su despacho, en el ordenador encendido solo estaba su nombre, infinitas veces repetido, pero solo su nombre.

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