Tierra sin olvido

DESEO

Puso los pies en la tierra despacio, quitándose los zapatos en una ceremonia lenta, quería sentir ese mundo del que a veces parecía perderse sin saber bien dónde ir, dio unos pasos lentamente, apoyando el pie casi de un modo ritual, el parque estaba lleno aquel domingo soleado, pero ella estaba aislada del mundo, había cerrado sus sentidos, no quería nada que no viniese más allá de la tierra a la que quería regresar.

Había llegado al parque dando un largo paseo, le encantaba cruzar la ciudad perdida en sus pensamientos, a veces la miraba y conversaba con ella, con sus sombras, las de los edificios que la elevaban sobre aquella tierra que recibió a sus primeros habitantes muchos siglos atrás, con las de los seres que la habitaban, que a veces la cruzaban rápido, sin mirarla, sin enfrentarse a su rostro, y sin embargo se escondían en ella con sus penas y alegrías, sus amores, sus llantos, sus desamores, y ella les protegía en medio de aquellos muros que se alzaban con más o menos belleza para protegerlos de las miradas, de otros, de los otros y demasiadas veces, de las de ellos mismos.

-¿Qué vas a hacer hoy?

-No tengo plan, no planeo, surgirá.

-La reina de la improvisación.

Una sonrisa al otro lado del teléfono

-Siempre que planeo fallo, aprendí la lección, pero estoy vestida.

-¿Me estas sugiriendo algo?

La sonrisa se tornó carcajada.

-No Alberto no, eso significa que voy a salir.

-¿A?

-No sé, sin rumbo fijo, donde me lleve.

-¿Sola o en compañía?

-Depende

Algunos de los que paseaban cerca la miraban, o eso le pareció cuando por breves instante abría los ojos, los zapatos en la mano, los calcetines dentro, la pedicura perfecta, el paso lento, en tierra, adentrándose al núcleo de la madre, a la esencia de ella misma, en su mente sus días pasaban como una película mezclando géneros, con actores que salían y entraban, algunos se marchaban para no volver, otros se quedaban y la miraban desde la distancia con una sonrisa, otros no querían sonreír, y la mirada de alguno hizo que se parara, que abriera los ojos para borrarlo abriendo paso a algunas lágrimas.

-Nunca voy sola.

-Es verdad, los llevas a ellos.

-Y a ellas.

-Nadie dijo que fuera fácil.

-Nadie te dijo que lo quisieras.

-Cierto, lo quise yo solo Sara.

-¿Y?

Llevaba un rato mirándola, de pie, apoyado en un árbol a unos cien metros, conocía su secreto, ese y muchos otros, irradiaba fuerza, esa pasión con la que le gustaba vivir y esa falsa dureza de la que muchos se asustaban al quedarse en la superficie, él había decidido profundizarla, sumergirse, a veces se arrepentía, pero no es ese momento en que la miraba, bella en el amplio sentido de la palabra, más allá del escaparate, más allá de la imagen que cambia, fuego quemando su propia tierra, como en aquel  instante, en el que como en muchos otros momentos temió perderla, y no quiso darlo todo, y al fin, lo hizo.

De pronto vio cómo se agachaba, de cuclillas, como si un dolor repentino la hubiera derribado, un primer impulso le pidió acercarse, pero no, la conocía, ese dolor era…

-Nada, lo quise y lo quiero, con todo.

-¿Estás seguro?

-¿Y tú?

-Sabes que odio que me respondas con preguntas.

-Sabes que odio que me preguntes si estoy seguro.

-No quiero discutir.

-Yo tampoco.

-¿Te dejo?

-Sí, mejor, un rato a solas con ellos me vendrá bien, lo necesito, luego…

-¿Tú avisas?

-¿Me buscas?

-Siempre.

-Nunca es siempre.

Llevaba unos minutos en esa posición, un par de paseantes se habían acercado a ella, pero con una sonrisa fingida les había alejado, creía que era el momento de ir a buscarla, sin embargo algo le mantenía fijado a aquel árbol, era difícil verla a solas con sus debilidades como en ese momento, cuando le invitó a buscarla no sabía que conocía su secreto, pero era un pequeño error, un extraño paso en falso, porque en Sara casi todo era improvisado, menos los pasos que protegían su esencia.

Pese al momento de debilidad seguía siendo ella, sus ojos brillaban, sus labios pronunciaban en silencio lo que él llamaba sus oraciones, siempre la encontraba maravillosa, en cualquier situación, en cualquier momento, incluso en aquel que parecía no ser…

-Entonces me marcho.

-Te sigo.

-Búscame.

Se levantó llevando en sus manos un poco de tierra, de esa tierra que fue a buscar, la acercó a su rostro para olerla, dio unos pasos más y recogió los zapatos, era hora de regresar, había encontrado lo que buscaba, y abandonado algo más, se puso los zapatos, elevó el rostro buscando y entonces le vio, la miraba sereno, apoyado en un árbol, parecía llevar allí el tiempo suficiente, con media sonrisa, no lo pensó, y en una improvisación más le besó, primero suavemente, instantes más tarde como si tras aquel beso todo terminara, buscó sus labios para morderlos, su lengua para saborearla, y dejó que el tiempo pasara ajena al otro, aferrada a su cuerpo, acercándolo al suyo, y le contó en silencio dibujando en su espalda lo que ella había sentido, lo que él había observado.

-Me encontraste.

-No fue fácil.

-No quiero verte.

-Yo a ti sí.

-Me marché por algo, lo dejé claro.

-No, no dijiste nada.

-Dejé el vacío, ¿te parece poco?

-El vacío, tú lo has dicho, no es nada.

-La nada puede ser atronadora.

-Dime porqué.

-Tú lo dijiste todo.

-¡Sara!

-No levantes la voz, ya no me afecta, no, ya no. Vete.

-No grito, te nombro, llevo meses buscando, buscándote, por favor.

-Por favor que, ¿otra oportunidad?, ¿otra vez más palabras?

-Estoy aquí, eso no son palabras.

Tres días antes, setenta y dos horas y el mundo se tambaleó bajo sus pies unos instantes que no terminaban, una conversación en el umbral de la puerta, demasiado tiempo temida, demasiado tiempo esperada, el recuerdo de una mañana en blanco, en la inmaculadas paredes de aquella casa, de aquella jaula que terminó por poseerla, un amor entregado sin respuesta, una espera interminable de lo que nunca llegaba, cuantas tardes esperándole, cuantas noches de soledad buscando sus palabras, cuantas caricias perdidas en el aire y ahora allí estaba, él , el rey, el rey de la nada.

-Vete.

-No vas a cambiar.

-¿A caso tu cambiaste?

-¿Me lo pediste?

-¿Pedírtelo? Te lo rogaba, en cada palabra, en cada gesto para ti invisible, en cada detalle, en cada grito ahogado, pero tú no estabas.

-No lo recuerdo.

-Porque no estabas, o no, peor, estabas, pero no me mirabas, siempre pendiente del resto, de lo que pensaban, de lo que imaginaban, mudo a mis palabras.

-Yo no lo vi así, yo no…

-Tu no, porque más allá de ti no ves nada.

-Dime que quieres y…

Sin hablar y sin abandonar su boca le arrastró por el parque, a la salida, le subió a un taxi, alejo los labios el tiempo de dar la dirección, y volvió a ellos, como si una sed insaciable se hubiera apoderado de ella, como si al abocarse a él aquella mañana hubiera encontrado el oasis donde encontrar el manantial perdido, una fuente de sensaciones olvidadas, se habían besado antes, pero no así, se habían sentido antes pero no de aquel modo, él le devolvía el beso que no acababa, porque ahora era el quien se aferraba para no soltarla, abriendo la puerta, buscando aquellos muros protectores de la otra mirada.

Tras un tiempo en que el amor y las caricias se mezclaron con un sexo salvaje nacido de la más profunda desesperación del alma se miraron a los ojos, habían estado mirándose sin verse la ultimas horas, pero seguían sin decir nada, Sara estaba atrapada entre sus piernas que la sostenían fuerte, y no quería escapar de aquella fortaleza en la que se cobijaba, él sentía cada milímetro de su piel pegado a su cuerpo, cada poro que exhalaba el deseo que aún podía sentir en aquella mirada que le retrataba sin decir nada, intentó acercarla más, pero el espacio era ya casi imposible, sentía su respiración aún entrecortada, era un momento de suspense donde la vida se separa por un instante del cuerpo para mirarlo desde arriba, desde ese lugar desde donde se observa lo que amamos.

-Nada, no quiero nada.

-Quiéreme a mí.

-Demasiado tarde.

-Nunca es tarde.

-Para ti sí. Vete y no vuelvas.

-¿Estas segura?

-Sí.

Un parco si cerró una puerta que desplomó todo su peso sobre una cerradura en la que la llave de su vida estuvo demasiado atrapada, el golpe al encajarse fue tan seco como aquel sí, vacío como aquel tiempo, pero aún con calor en su alma.

-Quiero más.

-Más de que.

-De todo.

-¿Lo mío o lo tuyo?

-Lo nuestro.

Suena el timbre de la puerta, una vez, breve, dos veces, intenso, tres veces violento.

-No te muevas.

-Por qué, quizá pasa algo.

-No pasa nada, es el.

-El.

-Shhhhhhhhhhhh No digas nada. No te muevas.

-No voy a esconderme.

-Por una vez, calla.

Se levanta en un gesto brusco, la magia se desvanece al mismo tiempo que ella se viste rápido y va hacia la puerta, descalza.

Al otro lado de la puerta nadie. Se queda turbada, casi tenia las primeras palabras escapando de su boca, pero no puede decir nada, se asoma a la escalera, mira hacia abajo, nadie, hacia arriba, vacío, no ha tardado tanto, no… Entonces lo ve, a su pies, son flores, no se atreve a tocarlas, ve una nota, se sienta en la escalera, está fría, el invierno no se ha despedido del todo, se queda quieta, las mira fijamente, Isis sale a la puerta, maúlla llamándola, no le ha dado de comer, al fin se decide, coge la tarjeta, la abre despacio, la lee: “Soy Alberto, no puedo ir a buscarte, problema familiar, hablamos mañana”. Entra en casa, va a la cocina, llena el cuenco de Isis que se lo agradece acariciándola con el rabo, abre la nevera, bebe un vaso de agua, regresa a la habitación y allí está él, no debería ser él, pero le había amado demasiado.

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