Una inmensa nada

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CUADRO: La naturaleza de Venus

AUTOR: Ricardo Muñoz

La boca suspendida en un gancho de silencio que gritaba su mirada, la rabia contenida de no querer decir nada, o quizá querer gritarlo todo y dejarlo en silencio, para ella, para su mente caída en pedazos desde aquel instante en que las palabras pronunciadas quebraron su alma.

-Demasiado silencio

Mas silencio, a cada pregunta una respuesta muda, a cada gesto la ausencia de gesto, a cada palabra, vacío, a cada algo la nada como respuesta.

Pensó que era fácil quedarse en aquel hueco de vida, mudar su residencia a aquel tiempo que podía quedar suspendido en ninguna parte, un presente a retales de pasado maltrecho, un futuro sin ningún guiño, y se dejó caer en ese breve espacio sin contenido.

-¿Nada?

-No, nadie ni nada, que más.

-Te dejo, sabes…

-Se

Al otro lado del teléfono se hizo el silencio.

Se movió a su hueco, con pasos deslizantes, resbalando por aquella habitación como en aquel momento se deslizaba por la vida, sin ser más que por el espacio que ocupaba.

-¿De qué te ríes?

-De ti, de mí, de nosotros…

-¿Somos cómicos?

-Somos

-¿Qué somos?

-No lo sé… ¿Te acuerdas? Cuando empezamos

-No hace tanto

-Unos meses

-¿Qué quieres que recuerde?

-Era sexo, solo sexo.

-¿Y ahora?

-Parecemos una aburrida pareja, como el resto.

-Y por eso te ríes… de nosotros…

Querían que contara lo que no había hecho, querían que fuera quien no había sido, sus ropas desgastadas por los días de encierro, su alma arrastrada por lo que no había visto. Una y otra vez  las mismas preguntas, una y otra vez la ausencia de respuestas.

Caminaba de regreso a casa, a su casa, un pequeño apartamento de un solo ambiente, el refugio en el que se escondió al terminar los estudios que ellos no deseaban, al huir de la vida que ella no deseaba, al huir de los trajes de su convencionalismo, al huir de los sueños que le amagaban.

Estaba flaca, demasiado, no llegaba para todo, pero prefería techo a carne, pared a todas las cenas, y cuando creía que llegaba una noche más aquel triste plato de pasta sin aliñar llegaron ellos.

-No me río de nosotros, me río de la situación, de lo cínico que es el tiempo.

-¿El tiempo?

-Sí, el gran maestro del cinismo, te atrapa en todo lo que haces y te controla y controla tu vida, tus acciones y tus pensamientos y cuando te das cuenta, estás tan cansado que estás cenando aburrida en el restaurante de moda.

-¿Te aburres?

-Me aburro

-¿Prefieres hacer otra cosa?

-Sí, pero no contigo.

-No te entiendo.

-Yo tampoco, será el tiempo.

No le dieron oportunidad para reaccionar, confirmaron su nombre, le pusieron las esposas y sin cargos en forma de palabras, a trompicones, la introdujeron en el vehículo que la había transportado a aquel hueco que era un eterno tiempo en la nada.

La fotografiaron, la sobaron, se alegró de estar flaca, no les gustó demasiado, le preguntaron varias veces lo mismo, ella callaba y su silencio solo se rompía con el dorso de aquella mano que estalló tres veces sobre su rostro, sangrando la lanzaron a aquel rincón y en el permanecía.

Un restaurante de moda, un mujer vestida para ser deseada, se acerca una copa de vino a sus labios, mira al hombre que tiene enfrente, una mirada que dice nada diciendo todo,  sencillamente porque todo está dicho, mira al camarero y a su plato vacío.

-¿Será lo de siempre?

-No, perdí al apetito. Por favor que acerquen mi coche a la salida, me marcho.

-¿Te marchas?

-Esto es absurdo

-Que es absurdo Patricia

-Nosotros, seguir, ya no… y cuando está vacío es mejor dejarlo.

-¿Qué está vacío?

-Lo que hace un tiempo estuvo lleno de pasión, deseo, momentos donde queríamos… Perdóname, solo te deseo felicidad.

Un teléfono suena, una mujer lo responde, su rostro aún es más agrio, desde lejos parece que grite a su interlocutor, en su expresión se mezclan el odio y le desprecio. Cuelga. Se gira, abre los ojos con una inmensa sonrisa, hay un hombre, pero es otro, le hace un gesto, se sube con ella al coche que espera.

No entra luz en aquel trozo de cemento escondido del mundo, cerrado con el hierro que forjaban en aquel imperio del que creyó haber huido. No sabía cuánto tiempo había transcurrido, siempre era oscuro entre aquellas cuatro paredes, no entraba el sol, ella solo salía para ser un poco más de nada, un poco más de sangre, un poco menos de alma.

-¿Vas a seguir sin decir nada?

-No sé qué pasa, no puedo decir nada.

-Sabes porque estás aquí.

-Disculpe, pero no.

-Todos los comunistas de mierda sois iguales.

-No soy política, pinto.

-¿Qué pintas?

-Cuadros, murales, paredes…

De nuevo el estallido en su mejilla la dejó turbada, cada vez sentía menos, el cansancio de vivir la hacía inmune a sentir nada.

-¿Pero  tú quieres morirte desgraciada?

De nuevo se armó con el silencio y esperó, aquel que la miraba y la humillaba, aquel que quería convertirla en nada iba empequeñeciendo como ella, y ella le veía menguar ante sus ojos vacíos de mirada, y esperaba un nuevo golpe y no quería nada.

-Lleva casi una semana, sois unos inútiles

-No es ella, no sabe nada, nadie aguantaría eso.

-Tiene que ser ella, quiero que sea ella.

-Está más allá que acá, no hay tiempo.

-Haz que esté acá.

-No podemos.

-Habrá que poder.

-¿Cómo?

-¿Cómo? Ese es tu trabajo.

-Pues no se hacerlo mejor o no puedo.

La conversación oculta en la noche tras unos cristales tintados se había terminado sin ser vista, sin ser resuelta, otra conversación perdida en la nada.

Lanzó el teléfono al suelo del coche, el chofer la conducía a casa, pero esa noche no iba a estar sola, iba a estar con él, por fin rendido, el castigo de ella había surtido efecto, le dejó escuchar la conversación, ese era el truco. Le encantaba mover los hilos, jugar con las vidas de los otros, muchos sacrificios para llegar a aquel momento, a aquel punto donde tenía en sus manos… Sonó el teléfono, lo recogió del suelo, escuchaba…

-No, no hace falta.

Seguían las palabras.

-No es cosa tuya

-Es por eso, verdad, ¿Lo has hecho?

-Tenía que hacerlo.

-No, no tenía, querías… y por esa obsesión lo destrozarías todo…

-No, fue ella, ella la que…

-¿La qué?

-Ella me lo quitó todo.

-Ella se fue sin nada.

La llevaron de nuevo a aquel espacio al que estaba condenada sin saber muy bien porque, allí se dejó caer de nuevo, el suelo estaba frío, pero los días la habían acostumbrado, solo quedaba esperar el final, quizá lo imagino de otra manera, quizá alguna vez incluso creyó que sería bonito, y fue tras su sueño, y ahora su sueño olía mal y era ella la que mal olía y vomito de nuevo, la bilis de la rabia, la desesperación y la fugacidad del tiempo que se le escapaba en aquel agujero.

Y se sucedieron unos días más, la única diferencia es que no hubo más estallidos en su rostro ni visitas, y una tarde, la subieron de nuevo en un vehículo sin marcas y la dejaron donde la habían encontrado, se sostuvo lo necesario para llegar a casa, abrió la puerta, la llave era lo único que le había devuelto de sus pertenencias, todo estaba oscuro, las persianas cerradas mostraban que allí había estado alguien, ella nunca… quiso recordar donde estaba el sofá y se dejó caer.

-Ya

-¿Ha hecho preguntas?

-Nada

-Vigiladla

Cuando creyó que iba a dormir un poco, a ganar un poco de aquel sueño perdido en el terror se abrió la luz, salto en el sofá protegiéndose el rostro.

-Esto es lo que quieres

-Qué haces aquí

-Ver la ruina en que te has convertido

-Vete

-Esto es mío, ¿Recuerdas?

-No, es mío, dijiste quieres vivir en un agujero… toma te lo regalo. Tengo los papeles, tiene mi nombre. Es mi agujero.

-Estas hecha un despojo.

-Díselo a tu gente, a esa gentuza tuya y de los tuyos que van a por los que no opinan como ellos, ellos me han dejado así, pregúntales.

-¿Qué quieres decir?

-¿Qué que quiero decir? Hijo de puta!!! Llevo días, muchos perdí la cuenta encerrada, tirada en unos de tus agujeros, casi sin comida, golpeada, maltratada, humillada… querían que confesara algo que no hice… pero en algo me parezco a ti…

-Yo no sé nada…

-¿No? Pregúntale a tu niña… a lo mejor sigue obsesionada…

-Deja ya a tu hermana, tú si que estas obsesionada.

-¡Vete! Fuera de mi agujero… Voy a ducharme… cuando salga te quiero fuera de aquí, no quiero verte más, a nadie, pensad que se les fue la mano, para vosotros he muerto.

Al salir a la calle dos coches de los suyos, nada discretos para su ojo están en la puerta, se acerca a ellos:

-Soy Arguelles, que hacen ustedes aquí

Los hombres en un gesto entre el pánico y el respeto se miran y responden, la voz casi temblona.

-Una vigilancia señor.

-¿A quien vigilan?

-A una joven, la acaban de soltar del infierno, Delia, se llama.

-¿A mi hija Delia?

-Nosotros… señor no sabemos…

-¿Quién da la orden?

Tumbada entre sábanas de seda, resaca de alcohol y vida, suena el timbre, la cabeza le da vueltas, que abra Maria, unos minutos después se abre la puerta de la habitación bruscamente, va a gritarle a su criada, busca su cuerpo, por suerte se ha ido a tiempo, pero entonces ve la figura de su padre, se incorpora, es la única persona a la que le tiene miedo y aún así le reta:

-¿Por qué entras así en mi habitación?

-¡Eres una zorra amargada y cruel!

-¿Qué quieres?

-¿Por qué le has hecho es a tu hermana?, ¿Quien te has creído que eres?

-¿Se ha humillado y ha ido a verte? Mis informadores…

-No, no ha hecho falta… la hago seguir desde siempre y de repente desapareció, estaba en su casa, meditando intentando saber…

-Siempre la preferiste a ella.

-Ella era débil, tu no.

-Ella…

-¡Cállate! Estas fuera, fuera de mi casa, de mi familia, de mi vida, te han ingresado lo suficiente para un año en un banco americano, mañana te quiero fuera del país.

Ya no hay respuesta, se hace el silencio, el hueco del dolor se transporta a un apartamento de lujo, y allí se hace el silencio, y allí llega el dolor y el llanto, y allí de nuevo vence la fugacidad del tiempo.

Suena un teléfono, nadie le da respuesta, no hay fuerzas, no hay ganas de más vida, de más seres, de más…

Delia, se que estás ahí, responde, ya no está la ha echado, soy yo, ya no hay barreras, ya no tiene porque… déjame ir…

Descuelga el teléfono

-¿Carlos?

-Sí, has oído mi mensaje, yo…

-Déjalo Carlos, soy su hija, mis informadores vieron como te subías en su coche a la salida de un restaurante de lujo.

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6 thoughts on “Una inmensa nada

  1. CUADRO: La naturaleza de Venus

    AUTOR: Ricardo Muñoz

    La boca suspendida en un gancho de silencio que gritaba su mirada, la rabia contenida de no querer decir nada, o quizá querer gritarlo todo y dejarlo en silencio, para ella, para su mente caída en pedazos desde aquel instante en que las palabras pronunciadas quebraron su alma.
    Es perfecta la descripción , desde mi punto de vista .
    Felicidades.
    TPONS.

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  2. Hola, me gusta mucho el relato, me siento muy contento y agradecido de que una obra pictórica mía haya influido para crear algo tan hermoso. Mis felicitaciones Nuria Navarro 🙂

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