Pasado en tiempo presente

ERES 2

Se recogió en su silencio, era una soledad buscada, necesitaba escuchar lo que su alma trataba de contarle desde hacía mucho tiempo, demasiado. Cuatro paredes blancas, un camastro de madera con un colchón diseñado para que las noches no fueran demasiado largas, una cruz de madera sin adornos, pese a su falta de fe, la sencillez de aquel ornamento no le molestaba, una pequeña mesa, con cajón, austera, ahí guardaba sus reflexiones, un armario, no muy grande, justo para guardar lo que llevaba, que no era demasiado.

Miró a su alrededor, una vez más se preguntó si aquello era lo que estaba buscando, una vez más se respondió que debía serlo, que los últimos días, los últimos meses, los últimos años habían sido un torbellino de acontecimientos demasiado a menudo difícil de controlar, todo la había conducido a aquel momento, cayó y cuando se levantó casi no se reconocía en el espejo, allí no había espejo, mejor, no quería verse, le gustaba el pecado del orgullo, no tendría devaneos con ella misma, no quería tenerlos, quizá estaba allí porque se había amado demasiado, o quizá ese demasiado era lo que amo a otros sin recordar que debía amarse a ella… Se acababa de levantar y se tumbó en aquel camastro de nuevo, y volvía a pecar, esta vez no era el orgullo, era la pereza, y sonrío, si alguien tenía que perdonar seguro que le perdonaba aquel instante, si quizá era su primer momento de pereza en mucho, demasiado tiempo.

-No puedo, tengo la agenda completa a dos meses vista.

-Es tu hermana, hazle un hueco.

-Mi agenda no entiende de hermanas, entiende de citas, no puede ser, dile que nos veremos, que le guardo un hueco en otro momento.

-Está al otro lado de tu puerta.

-¿Y?, ¿acaso la llamé?, ¿le dije que viniera?

-Por favor, recuerda

-Está bien, déjala pasar, pero mueve todas las citas media hora, odio llegar tarde, lo sabes.

Al otro lado del teléfono se hizo el silencio y un minuto más tarde se abrió la puerta, parecía mayor, estaba ojerosa, la curva de los labios mirando al suelo, un cuerpo arrastrando una pesada cadena invisible de años y dolores, no quería mirarla con pena, intento buscar su cara de indiferencia, la de no sé nada que usaba jugando al póker, al final pensó que le habría quedado una mueca desagradable.

-Pasaba cerca de aquí y…

-Demasiado tiempo.

-Tú no has querido cambiarlo.

-¿Has venido ahora a discutirlo?

-No, la verdad, he venido para ver si era cierto.

-¿El qué?

-Lo que se dice.

-Ah!! Se dice… eso es bueno, que hablen de uno aunque sea mal.

-Y parece además que en este caso es cierto.

-¿Cierto?

-Sí, dicen que eres cínica, exigente, arrolladora, implacable, que el corazón se te fue haciendo pequeño a la par que aumentaba tu fortuna.

-Cínica, me gusta, sí, siempre lo fui, ahora además puedo permitírmelo.

-¿No te importa nada verdad?

-Sí, claro que sí, me importan muchas cosas, pero probablemente sean distintas de las que te importan a ti.

-Será mejor que me marche.

-No es necesario, aún quedan veinte minutos después de retrasar mi agenda.

-Tienen razón, implacable.

-No, real, esta es la vida.

-No querrás que sienta pena.

-No hermana, no, no quiero infundir pena, este es mi camino, quizá no hubo otra opción, pero me gusta pensar que lo he elegido.

-Y a tu familia no.

-¿Qué familia? Creo recordar que hubo un momento en que no la tuve.

-No estábamos de acuerdo…

-¡Ahhh! ¡Claro! No estabais de acuerdo… y ahora que, yo debo estarlo.

-No, nosotros seguimos sin estarlo.

-Entonces, sí, será mejor que te vayas, quedan quince minutos, tomare este tiempo perdido como un quiebro más de la vida, no me gusta perder el tiempo, no me sobra.

-Te sobramos.

-No, yo a vosotros y a vuestras moralidades. Cierra la puerta al salir.

Aquella conversación, no quiso darle importancia, pero su ruido de quince minutos empezó a vagar por su mente muchos otros minutos más, la hizo remontarse al pasado, un pasado que creía lejano y encerrado y que sin embargo ahora aparecía de nuevo, no entendía aquella visita, solo podía pensar que era una de esas veces en que lo ojos necesitan más confirmación que las palabras de otros.

Empezó a escribir, se remontó al tiempo de aquel adiós forzado, ella no quería, no lo quería en aquel momento, acudió a las mujeres de la casa que la miraron horrorizada, estaba estudiando, no tenía dinero, pero ellas podían ayudarla, entre las dos, pero solo encontró los ojos del vacío, la mirada de la desaprobación, las frases del desaliento y se quedó sola, y tomó la única decisión que podía tomar en aquel momento.

Se tragó el orgullo unas pocas semanas, las justas, lloró y se lamentó, sabía que lo que había decidido era un camino sin retorno hacia la soledad de la sangre, aquellos que la vida le había dado sin elegir iban a quedar atrás, y en sus noches forjó una reja, casi una celosía, donde podía entreverlos pero ellos a ella no, quería saber que hacían sus sombras, y cuando se cercioraron que no crecía y la miraron con desprecio, abrió la puerta, miró un pasillo vacío de calor y palabras y se marchó.

-Tu visita ha llamado llega con retraso.

-Anúlala, no quiero perder más tiempo, me iré al gimnasio.

-Pero está en camino, sabes que tiene que cruzar la ciudad.

-Que hubiera salido antes.

-Patricia, ya basta.

-Pasa a mi despacho.

La puerta se abre y Pablo entra con cara de pocos amigos.

-¿Quién te has creído tu que eres?

-Tienes que parar Patricia, esto empeora.

-¿Empeora el que?

-Tú

-¿Yo?

-Mírate al espejo, quien eres, en que te has convertido, quienes son tus amigos, o peor, ¿tienes alguno?

-Pablo, no quiero más amigos, te tengo a ti, suficiente, no los tuve entonces, no los quiero ahora, y no, no empeoro, sencillamente cada día soy más real.

-Sí, yo soy tu amigo, te quiero, demasiadas veces últimamente me pregunto porque, pero te quiero, quizá las horas me hacen ver, no se…

-Si no sabes, si dudas, porque te quedas…

-Te lo he dicho, te quiero.

Suena el teléfono, es la asistente, responde.

-Diles que estoy reunida, que tendrán que esperar.

Se oye una voz con tono de excusa

-¿Cómo me quieres?

-De la única forma que se quiere.

-No creo que solo haya una.

-Solo hay una de verdad, la que da, la generosa, la que no espera, esa es la mía.

-Por eso sigues aquí.

-Por eso a pesar de todo, incluso de tus abandonos, sigo queriéndote.

-Mis abandonos.

-Sí, tus ausencias, esos momentos más o menos eternos en los que desapareces encerrada en la indiferencia y el silencio y me rodeas con ellos y me envuelves en un mundo del que no puedo salir hasta que tú misma tiendes de nuevo la mano para dejarme salir.

-Demasiadas palabras, me pierdo.

-Demasiado silencio, olvido.

-¿Cenamos?

-¿Por algún motivo?

-Quiero terminar esta conversación y ahora no puedo.

-¿Dónde siempre?

-No, en mi casa, no te preocupes, no cocino yo, la traerán ellos.

-A las nueve

-A la diez mejor.

La tarde pasó lenta y aburrida, al menos para ella, los que la visitaron salieron en un estado entre la felicidad y el consumo de alucinógenos, era ella la que veían, pero no era ella, la que escuchaba, la que mantenía un tono monótono y aburrido, la que asentía, la que había ocultado aquellas garras que la habían hecho famosa, aquella a la que todos respetaban, la que muchos temían, la que bastantes odiaban.

-Siempre puntual.

-Trabajo contigo.

-¿Solo trabajas?

-Cuál es tu juego.

-No juego.

-¿Cenamos ya o prefieres una copa?

-¿Me sirves una de las mías?

-Con mucho hielo

-Cuéntamelo todo.

-¿Qué todo?

-Desde el principio, llevas conmigo, ¿Cuántos años?

-Últimamente pienso que demasiados.

-No estoy para acertijos.

-Más de veinte Patricia, desde el principio. ¿Qué quieres que te cuente?

-Mi historia, tu historia.

-Son distintas.

-Empieza por la mía.

-¿No la recuerdas?

-A ratos.

-Que quieres decir.

-Tengo problemas, no voy tanto al gimnasio como creéis todos.

-Me estas preocupando.

-Empieza.

-¿Por qué?

-Está llegando el olvido.

-Que olvido Patricia, eres muy joven.

-Tengo lagunas.

-¿Qué lagunas?

-Olvido, amigo mío, olvido, olvido presente, olvido pasado, casi olvido futuro.

-La agenda.

-La agenda.

-Por eso la contrataste a ella para…

-Para que no te dieras cuenta, ella tiene un contrato con cláusulas especiales, entre ellas el silencio, el dinero lo compra casi todo amigo.

-No era necesario.

-Lo es, si alguien se da cuenta de que dudo…

-Tú no dudas

-Últimamente sí, tengo miedo, y el miedo trae la duda, el error, el no haber vivido.

-¿Que dice el medico? Es…

-No, no es Alzheimer, no lo tiene claro, de momento, hay sombras, me han hecho pruebas, pero, no saben, nuestro cerebro es un enigma.

-Pues tendrán que resolverlo.

Esa frase ha subido demasiados decibelios.

-¿Quieres ser yo ahora?

-No, yo solo…

-Lo sé, me quieres, por eso estás aquí esta noche. Tengo que parar.

-¿Parar?

-Solo se les ha ocurrido una cosa, descanso, silencio, escribir para recordar.

-Y…

-Ya está todo casi preparado, una celda, en un monasterio en el interior, lejos de aquí, me marcho, pero necesito que antes me cuentes.

-¿Y la empresa?, ¿Y yo?…

-Primero cuéntame, luego hablaremos del resto.

-Desde el principio.

-Desde que llegaste.

La noche fue larga, pero no había prisa, y sin embargo ella casi no le interrumpió, sonreía, reprimía las lágrimas, tomaba notas, bebía vino saboreándolo como si fuera la primera vez o la última…

-Y esta tarde llamó tu hermana a la puerta.

-Eso lo recuerdo, gracias.

-¿Y ahora?

-Ahora recuerdo a través de ti. Tengo lo que necesito. Te quedas al cargo. Lo sabes todo. No me necesitas. Estaré incomunicada, solo te podré llamar yo a ti una vez a la semana.

-¿Por qué?

-No quiero olvidar quien soy.

-No vas a hacerlo.

-A lo mejor ahora no, pero ¿Y mañana?

-Quiero estar contigo.

-Estás conmigo, cuidas mi reino, mi abogado tiene poderes firmados, tu eres yo ahora, puedes llevarlo a tu manera, eso sí, no se te ocurra perder un negocio…

-Tú siempre

-Yo, pero también te quiero, dejo mi vida en tus manos.

-Tu vida no, tus negocios.

-Ellos son mi vida, la única que he tenido.

-¿Regresaras?

-Es sólo un mes, te lo he dicho.

-Tengo miedo.

-¿A qué?

-A todo

-No puedes tenerlo, te necesito. ¿Te quedas conmigo?

-¿Me dejarás acompañarte?

-Mañana es sábado.

La luz se colaba por las contraventanas, era una luz tenue, pero tampoco podía tener antifaz, eran las seis, en unos minutos escucharía el coro, hacía frío, se levantó, se duchó, se vistió, abrió las ventanas dejando que el frío la azotara aún más, respiró hondo, se dio la vuelta despacio, todavía hacía el gesto de mirarse al espejo, pero no había nada, pensó en el desayuno, tenía hambre, fue a por su café.

-¿Cómo estás?

-¿Recuerdas?

-Recuerdo.

-¿Y?

-No tengo tiempo.

-No te entiendo.

-Como va todo.

-Aquí bien, dime lo del tiempo.

-Te di un mes, ¿lo has conseguido?

-¿Conseguir el que?

-Borrar tus huellas.

-Dime de una vez de que hablas.

-Te di una oportunidad, te dije cuéntame, no recuerdo, esta era la segunda.

-Lo sabes.

-Siempre lo supe

-¿Y entonces?

-Cuando llegó mi hermana lo vi en su cara, no venía por mí, venia por ti, me miró con rabia, no con pena, tú estabas allí.

-Siempre he estado contigo.

-No, siempre estuviste con ellos, pero da igual, no tengo tiempo.

-¿No tienes tiempo?

-Tus poderes han sido revocados, mis abogados tienen todo lo que hay que hacer.

-¿Qué tiempo?

-Me voy con él.

Las luces se apagaron lentamente, empezó a volver a ver las imágenes que buscaba, la inocencia de aquella melena larga, la cara que nunca pudo dibujar porque nunca pudo ser, y poco a poco aquellas manchas negras se fueron apoderando de todo y con el silencio llegó más silencio.

-Sabía que se terminaba.

-¿Por qué me mintió?

-Así es como ella lo quiso, solo deseaba una cosa, poder perdonarse a sí misma.

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