Una vida, una historia.

La_anciana[1]Hacía tiempo que andaba buscando algo así, quería que le diera amplios espacios, techos altos, la belleza de la antigüedad, pero quería tenerla cerca de todo lo que necesitaba, tiendas, paseos, bares de moda… Lo reunía todo, y ella había reunido lo necesario, supo lo que quería y que el camino no era fácil, tenía dos opciones, prostituirse a los gustos y otras intenciones de los marchantes, de aquellos que podían hacer de ella lo que ella quería ser sin ser ella o tomar el otro camino, el más largo, ser ella sin ser de nadie, recluir sus pinceles a tiempos buscados a horas intempestivas y ganar, ganar el dinero para ganar la partida, y hacía diez largos años que había optado por lo segundo.

Ahora era el momento, un recorrido por bares de moda, pequeñas galerías, noches sin dormir y un sueño la ponían de pie ante aquella puerta señorial, la crisis había puesto los valores inmobiliarios a niveles mínimos, no le gustaba aquel juego, pero ella era una ficha más y quería aquella casa, había quedado con su asesora en un bar cercano, pero llegó temprano, quería disfrutar en soledad del que iba a ser su refugio, ese lugar soñado muchos días y muchas noches, casi no podía esperar más, hacía frío, decidió ir al bar y tomar algo caliente.

-Buenos días Carla

-Buenos días Raquel

-La sigues queriendo

-La sigo queriendo

-Bueno, por fin vas a verla. Es curioso como puedes quererla tanto sin haber cruzado el umbral.

-Todos tenemos una casa, esta es la mía.

Recorrió todas las estancias acompañada del propietario y Raquel, pero luego ambos parecieron irse a deliberar discretamente mientras ella iba colocando cada pieza de aquel puzle en su sitio, la decoraría ella misma, sabía que quería para cada rincón porque sentía que había estado allí antes y que cada rincón le pertenecía.

-Si señora, yo la ayudo.

-¿Te cuesta mucho?

-Un poco señora, no demasiado.

-No debería haberlo tenido, estoy gorda.

-Señora, perdóneme, pero…

-Pero que Mariona, que.

-Que está usted muy bien y solo han sido tres meses, en nada usted está como antes.

-¿Cómo antes? Eso nunca. ¿Ha llegado el ama de cría?

-Si señora.

-Cuando termine que me lo traiga, le daré un beso.

-¿Algo más la señora?

-Sé que no es tu tarea, pero asegúrate que disponen todo abajo.

-Como ordene la señora.

-Vete ya.

Aquella noche los Fontàs, propietarios de algunas de las fábricas construidas cerca del rio daban una de sus cenas de etiqueta, todo el mundo quería ser invitado, pero no todos lo eran, y aún menos desde que el señor Fontàs se había casado con aquella mujer, no era de los suyos, decían que era de buena familia pero nadie sabía nada de ella, modales tenía  pero como decía Ramona, el ama de llaves, los perdía mucho más de lo que lo hace una señora, y desde la llegada del niño…

-¿Ya sabes lo que vas a hacer?

-Siempre lo supe Raquel. Eso significa que ha aceptado la oferta.

-Sí, toda tuya. ¿Sabes a quien vas a contratar?

-Lo sé.

-A él.

-A él y a su gran capacidad de trabajo, de saber lo que quiero, a esas manos que convierten una escalera en una nueva forma de arte.

-No volverás.

-Raquel, cariño, eres mi asesor inmobiliario, mi amiga, pero cuando necesite un terapeuta de pareja, si me permites, acudiré a un profesional.

-Me encanta tu refinadísima forma de enviarme a… Creo que la esencia de la casa ya está en ti.

Carla no pudo reprimir la carcajada, quería a su amiga y esos momentos de chispa que siempre compartían.

-Sí la verdad es que pesa demasiado, sino la llevaría puesta.

La señora Fontàs se miraba al espejo, las curvas de sus caderas eran un poco más pronunciadas, y su vientre plano se elevaba bastante más de lo que antes de él lo hacía, como odiaba a ese niño y su necesidad de tenerlo. Le gustaba su marido, le gustaba su vida, era mejor que la que tenía como hija rebelde de sus adinerados padres, pero no quería hijos, no quería más, había sido afortunada, el heredero a la primera, y parecía que todo estaba bien, pero ahora se veía gorda y ya no era como antes, tenía los ojos tristes, estaba cansada, y él quería más, y ella allí no sabía dónde

-La tengo, es mía. ¿Cuándo vienes?

-¿A qué?

-No empieces, a ver la casa, a ti que te parece, hay mucho que hacer y quiero estar allí a principios de primavera.

-Solo la casa.

-¿Vienes?

-Abre la puerta

-¿Por qué?

-Porque así no tengo que llamar al timbre.

Se lanzó a sus brazos como una niña, dos meses sin verlo, y ahora no sabía que quería ver antes si la casa o su cuerpo o quizá los dos a la vez, pero no hubo tiempo para mucho, él decidió por ella y cuando ponía fin a sus pensamientos ya estaban en la alfombra del salón, se habían terminado las palabras, solo había espacio para los besos, los labios y los dedos buscando el camino de nuevo, ese que se recorre cientos de veces y que cada vez se explora para que sea nuevo, y un tiempo que desaparece en manos del placer los dejo tumbados en aquel suelo, la espalda de Rafa sobre la alfombra, la de ella saludando al cielo a través del ventanal del techo, porque su cuerpo reposaba donde siempre quería hacerlo, en el del único hombre al que pese a todo, era capaz de amar.

-Está precioso señora.

-Sí, lo está. ¿Come bien?

-Muy bien señora.

-Lléveselo, tengo que terminar de vestirme y los invitados están al llegar. Dígale a Mariona que venga. Y mire si al señor le falta mucho.

-Sí señora. Buenas noches.

-Buenas noches Antonia. Cuídele bien.

-Lo hago Señora

-Lo sé.

Hacía frío, aparcaron en el garaje, era lo primero que quería enseñarle, dejaría un espacio para dos o tres coches, pero quería algo especial para la mayor parte de aquellos 250m.

-¿Qué te parece?

-Colosal

-Ya estás tramando algo, lo veo en tu cara.

-Lo quiero aquí.

-¿El qué?

-Mi taller.

-¿Tu taller?

-Siempre he querido un espacio así para tenerlo.

-Se te olvida algo Rafa

-¿Qué?

-Esta es mi casa.

-Tú me quieres a mí, ¿no? Si me quieres para el resto esta es mi factura, el taller aquí.

-Estarías en mi vida.

-En la parte baja de tu vida.

-De esa acabas de salir hace un rato.

-No te molestaré, lo prometo pero es que tiene algo.

-Tu nunca me molestas, pero sabes que a menudo..

-Si a menudo nos distanciamos, nos peleamos sin palabras, nos escondemos uno del otro, y sin embargo en esos momentos es cuando más te amo y te deseo, cuando mejor creo y así te tendré más cerca, por favor.

-Sabes que soy incapaz de negarte nada.

-Espera, te subiré en brazos.

-No estamos casados, no seas ridículo.

-Esto es lo más cerca que vamos a estar de estarlo.

La cargo en brazos, parecía un muñeca y eso se le hacía raro, nunca dio el tipo de muñeca, le beso, le dio las llaves y entraron.

-Tremenda

-¿A que si?

-La quiero toda nueva, excepto los espacios y la madera y el mármol que se pueda conservar. ¿Qué te parece la escalera?

-Casi te veo bajarla. La chimenea habrá que retocarla.

-Vamos ven, te enseño el estudio, el mío.

Recorrieron las estancias, Carla parecía una niña jugando con su primera casa de muñecas, él la miraba y solo tenía ganas de jugar con ella, recorría las estancias imaginadas que hacer para luego disfrutarlo en su cuerpo, aquella visita guiada a un sueño ajeno estaba dando pie a construir el suyo propio, y de momento tenía su taller.

La cena se sirvió con éxito, varios de los invitados pidieron felicitar a la cocinera, ella se felicitó a si misma por haber elegido a Mariona, su marido no paraba de mirarla, y ese era el mejor anticonceptivo que podía obtener en ese momento.

Tras los postres empezó el baile, su marido se acercó y en un gesto entre el protocolo y la reverencia la tomó de la mano para iniciar el baile, tras escasas vueltas por la pista no pudo resistir más…

-He elegido bien.

-De que hablas.

-A mí no Ignasi, he visto como la mirabas.

-Es bonita sí.

-Toda tuya, no quiero más hijos.

-¿De qué hablas?

-No me resigno, nuestro hijo ha destrozado mi cuerpo, tienes heredero, no quiero más.

-¿Pero?

-Cuando te canses de Mariona buscaremos otra, tranquilo, se cuáles son mis deberes de esposa.

-Pues no quieres cumplirlos.

-Una de las ventajas que tiene el dinero, querido mío, es que puedes hacer que otros hagan lo que sencillamente tu no quieres hacer.

La casa estuvo terminada a finales de marzo, él había cumplido todas sus expectativas, de día dio a su casa el calor que ella había imaginado, de noche se lo dio a su cuerpo, aquella casa les estaba uniendo mucho más de lo que habían planeado, pero en aquellos momentos dejándose llevar por el mármol, la piedra, la madera… parecía que estuvieran construyendo dos lugares donde vivir, una casa y una vida que sin preguntarse y sin saber cómo estaban construyendo.

-Te pedí que me dejaras solo los últimos días, y aún no sé porque, pero lo hiciste.

-Confío en ti

Llevaba los ojos vendados, una vez más la seda negra le iba dejar descubrir nuevas sensaciones, pudo oír la llave girando, ya no le costaba, había conservado solo lo necesario, ahora se deslizaba por la cerradura como él lo hacía por su cuerpo, suavemente, sabiendo abrir cada una de las puertas del placer. Subieron las escaleras, tres justas, y en ese instante le susurró al oído:

-¿Lista?

-Sí

El pañuelo se deslizo una vez más, esta vez cayó al suelo desde más altura, ella se apoyó sobre su cuerpo mirando, había escuchado sus palabras, había leído sus sueños, todos, los del cuerpo y los de su alma, aquella era la forma en que siempre soñó en llagar a casa, y así recorrieron todas y cada una de las estancias y cuando llegaron al salón, la chimenea encendida y dos copas, su vino favorito enfriando y aquella sonrisa enigmática, la que la había cautivado, y no hizo más preguntas, tenío todo los que quería en sus manos y cuando se dio cuenta el miedo se apoderó de ella, se dejó caer y esperó que el besara sus labios, pero no podía sentir nada.

-Váyase por favor,

-Es mi casa.

-Es su mujer.

-Ella te ha elegido.

-Para cuidar de ella y del niño.

-Omitió una parte.

Empujó la puerta y entró dueño de aquella estancia estratégicamente elegida, fuera del área de servicio, a medio camino de la parte noble, y aquella parte del trato, la omitida, que se siguió cumpliendo muchas noches.

Despertó un tiempo más tarde, estaba allí, entre sus brazos, junto a la chimenea, él le acariciaba el pelo y la miraba, ella no podía recordar nada, se estremeció y se acurrucó en él, no podía decir palabras, no podía hablar con gestos, se sentía atrapada en aquel momento en el que la felicidad y el miedo se confunden, la felicidad de ser en tener, el miedo a no ser teniendo la nada.

-Ha sido la emoción

-Ha sido el miedo

-¿Miedo? Estás conmigo.

-¿Estas?

-Puedes tocarme

-Pero no puedo verte

-Mírame

-Hoy sí, ¿pero mañana?

-¿Mañana? Nosotros no somos de mañana

-Tengo miedo

-Estoy

-Desaparecerás

-Como tú, cuando te escondes en tu alma.

Cuando empezaron a buscarlos era temprano, el ama de cría había acudido como cada mañana para amamantarlo y no lo encontró, como otras veces fue a la habitación de Mariona, muchas noches el niño se despertaba y ella si no podía dormirlo lo llevaba con ella, llamó y nadie contestó, abrió la puerta, no había nadie, las puertas de los armarios abiertas, las perchas vacías, una nota sobre la cama, el grito de la mujer que criaba al niño, la casa entera buscando, preguntando, y sin embargo ella se vistió, y bajo a desayunar como cada día sus tostadas, pidió a otra chica del servicio que la ayudara y cuando su marido la llamó interrogante, solo masculló:

-No puede estar muy lejos

Y siguió impertérrita con su desayuno, en el salón de la casa, cerca de la chimenea, donde un año más tarde otro grito la encontró por la mañana, tumbada, casi sin vestir, inmutable.

 

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