Labios esquivos

sexo_pareja

-¿Por que lo dices así?

-Porque lo siento así.

-No te entiendo.

-Yo a ti tampoco.

-Y vas a seguir con monosílabos y poco más.

-Me cansé de hablar, no, me cansé de dar, y eso incluye las palabras.

-Me voy.

-Eso se te da de lujo.

-Todo se me da de lujo.

-Permíteme que me ría.

-Lo vas a hacer de todos modos.

-Pues mira, sí.

Una puerta, un portazo, una risa desconsolada, algo se estrella en el suelo, una puerta, un portal, otro portazo, una nevera, una botella, un armario, una copa, maridaje perfecto copa y vino, un claxon, un dedo se levanta, una puerta, un coche, un portazo más.

Los sonidos dándole voz a una historia que se queda muda, los objetos decorando un punto que nunca se sabe qué clase de punto es, porque los humanos dejamos el punto para el lenguaje escrito, no para el humano, en el escrito lo ponemos y seguimos, en el humano nunca sabemos dónde estará el significado de esa puerta cerrándose.

-No voy a cogerlo.

-¿Por qué?

-No quiero.

-Te arrepentirás.

-No, me arrepentiré de haberlo cogido, quizá no hoy o mañana, pero dentro de una semana, dos a lo sumo… se acabó.

-Tú decides.

-Tú lo has dicho.

Las sábanas les cubren insinuando sus cuerpos en reposo, ella esconde la cabeza bajo la almohada, como siempre, como siempre que duerme con él, le molesta la luz, él duerme con la persiana abierta,tiene un brazo que quiere acariciarla a ella, pero acaricia la almohada, ella está pero no quiere estar del todo, él está del todo pero no siempre.

Intenta apartar el brazo, necesita levantarse, salir de allí, necesita arrepentirse sola, necesita hacerlo después de haber dormido y pese a la almohada no ha pegado ojo, no puede, no quiere despertarlo, lo intenta de nuevo, se desliza por debajo, aparta la sabana lentamente, casi lo ha conseguido, solo queda vestirse sin hacer ruido, los zapatos en la mano, gira el pomo de la puerta despacio, sale, respira profundo, cree que por fin es libre, pero va con ella, y se da cuenta al verse reflejada en el espejo del portal, se leen unas letras que nadie ha escrito, culpable, reincidente, condenada por ella misma.

-¿Por que has tardado tanto?

-No lo suficiente.

-Te he echado de menos.

-No hemos venido a hablar, ese era el trato.

-Solo quieres sexo.

-Solo quiero lo que eres capaz de darme.

-¿Te beso?

-¿Sabes?

Se acerca, le mira a los ojos y se pierde en ellos, siempre supo bucearlos mejor que nadie hasta su alma, pero esta vez no quiere, cierra los suyos y empieza a desabrocharle la camisa, conoce ese cuerpo perfectamente, sabe dónde están cada uno de sus secretos, no se deja besar, aparta los labios una y otra vez, él va buscando rincones donde apoderarse de ella, también ha deambulado por sus deseos muchas veces, quizá demasiadas, quizá debieron ser muchas más, en ese instante quiere esos labios esquivos más que nunca, pero no están cerca, han mordido un botón de la parte baja de su camisa, cerca, muy cerca de donde reposan sus pantalones y siguen descendiendo, el mientras le acaricia el pelo imaginando el recorrido de esa boca que se le escapa, anhelando que llegue a su destino y sintiendo que lo que anhela más aún se le escapa, ella mantiene el equilibrio que le dan esos ojos que cierra a lo que ama y su testarudez innata, no la quería así, pero la quiere aunque sea de esa forma, huidiza, salvaje y voraz en su piel que ya está imaginando el contacto de esos labios entregados a otro rincón de su cuerpo, diez días en el olvido han sido demasiados, empieza a sentirlos, ya no están por encima de la ropa, casi está a punto de dejarse llevar pero de repente la toma por los hombros y la eleva como ella ha hecho con él, y la acerca a su rostro y sabe a lo que su boca sabe y quiere adentrarse en ella, pero a pesar de tenerla suya entre sus brazos no puede verla, no como el quiere.

-Abre los ojos.

-No.

-Por favor.

-No.

-Voy a besarte.

-Hazlo, yo a ti no.

La siente como se aferra y se acomoda sobre sus caderas como si fueran a un largo viaje infinito que no va más allá de dos puertas mal cerradas.

-Voy a besarte.

-Yo a ti no.

La tumba en la cama, ella salta sobre él, sigue con los ojos cerrados pero esa posición dura un segundo, su mente quiere esos labios, su cuerpo quiere esos labios que se le resisten y los aborda, pero solo él besa, una y otra vez, y sus labios una y otra vez quedan huérfanos en el beso, porque los que quiere, inertes a los suyos luchan y abordan su cuello y allí besan, muerden, juegan a perderse en ese callejón de cuerpo donde saben que él se abandona y pierde la partida, y ella gana y él pierde o quizá ganan y pierden los dos, porque dejan de ser mente para ser cuerpo, y vencen las pieles que se superponen en ríos de sudor y deseo descontrolado, desbordando cada milímetro de ellos mismos en el otro, ciegos de placer, dejándose llevar en un viaje que es un vaivén de caderas y una estación de piernas que agota su billete en todos y cada uno de sus sentidos.

La luz entra por la ventana, alarga más el brazo, pero el tacto es frío, abre los ojos, no está.

La habitación está oscura, no quiere luz ni para dormir ni para vivir ese momento, no se quiere ver, no quiere ver las esposas de rea, esa cadena que de nuevo ha forjado, no quiere recordar la imagen del espejo, culpable, culpable, la palabra se repite en su mente taladrando sus sentidos, su cuerpo se ha olvidado de las largas horas de placer sin besos de la noche anterior, sus preguntas son porque y como, porque y como, sabe dónde, sabe cuándo, sabe que, sabe un cómo, pero le falta el porqué del como necesario para poder borrar las letras del espejo.

Mira su silueta vacía en la cama, pudo huir de ese brazo estratégicamente colocado para no perderla, pero el sueño ganó la batalla y ahora solo estaba su forma tendida boca abajo en la cama, una sombra fría de lo que podría ser, de lo que fue, de lo que pudo haber sido, la mira, se mira a él, no puede verse reflejado en ninguna parte porque en ese instante se siente nadie.

-Sí, culpable, culpable, de nuevo culpable de mi misma.

-No, basta ya de fustigarte, no eres culpable, amas.

-No ya no.

-Si ya si, y mañana también, porque el amor no se borra cuando tú quieres, porque no puedes arrinconarlo como el resto de cosas que controlas, no, y tú lo sabes.

-Esta vez sí.

-Una vez más no. Tardo diez minutos.

-No quiero que me veas.

-Yo no soy él, y quiero y voy a verte, aunque tenga que echar la puerta abajo.

Por fin se levanta, en su mente solo una imagen, ella mordiendo botones, ella arrancando la ropa con rabia, ella y sus no besos, sus no besos, sus no besos, se va a la cocina, hace café, va al baño, se mira al espejo, tiene cara de infeliz derroche, no quiere mirar más, la barba es de tres días, la que a ella le gusta, con sus canas incipientes, pero con la sonrisa oculta de los no besos, se lava los dientes, se peina con los dedos, el café le llama y a él acerca sus labios y no se resiste, le besa absorbiendo su necesidad y deseo de él que no se ahuyenta, que no gira para ocultarse detrás de sí mismo, en ese momento se da cuenta de su total desnudez, deja la taza en la cocina, aún aguantará caliente unos minutos, va a vestirse, busca otra ropa, la del día anterior es inservible, regresa a la cocina, termina el café, mira las sabanas, gira el pomo de la puerta y la cierra con suavidad.

-Ya voy pesada, no hace falta que eches la puerta abajo.

-Qué haces aquí

-Me falta algo

-No me llevé nada.

-No te lo llevaste, te fuiste.

-Duermo en mi casa.

-Aquella es tu casa.

-No me gusta la luz.

-No me gustan las sombras.

Se han adentrado en el salón, la puerta no ha hecho ningún ruido, él sabe a café, no lo ha probado, pero lo ha tenido muy cerca y adora su café, lo está saboreando en una boca que no quiere probar.

-Tuviste lo que te gusta.

-Sabes que no.

-No, ya no sé nada.

-Dame lo que vine a buscar y me voy.

-Eso no lo vas a volver a tener nunca.

No oyen el ruido a sus espaldas porque no pueden escuchar más allá de los gritos que sus mentes se arrojan, en la habitación hay silencio, hablan sus ojos y sus miradas pero ellos están sordos a nada que vaya más allá de ellos mismos, él la mira como lo que siempre quiso y se le está escapando por no decir a tiempo, ella le mira como lo que amo demasiado para perdonar y perdonarse y sin embargo casi está de nuevo ganando el deseo, no puede olvidar esas horas perdida en él, ella ya no sabe si le desea más que le ama, si, le ama tanto que el deseo de ser en su cuerpo asfixia el poco aire que hay entre ellos, él sabe que la desea muchísimo pero que la ama más aunque no sabe cómo hacerlo, los segundos se suceden eternos mientras se van acercando para escuchar mejor ese dialogo silencioso de mentes y de cuerpos, están a punto de tocarse, la distancia se está convirtiendo en un espacio sólido, la puerta se cierra a sus espaldas, no la oyen pese al portazo inmenso, una mujer rubia les mira, les aúlla, pero siguen sin verla, se acerca a ella casi tanto como él y en ese instante un beso se apodera de unos labios robados y el aullido de rabia se aleja, un portazo, un silencio, un beso largo, una sinfonía de bocas dibujando notas en cada universo del cuerpo ajeno,  y después del aullido se rompe otro silencio, y las mentes sordas estallan en un estribillo de gemidos que solo se ahogan para adentrarse en una piel que los reclama en un silencio húmedo.

Una persiana cerrada a medias deja pasar la luz y contiene algo de sombra, un nuevo día empieza, unas sábanas maltrechas de la noche anterior, dos cuerpos, labios reposando cerca de otros labios, un silencio esquivo a otros que querían ser y no fueron.

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