Una noche para siempre

mujer

Bajaba la escalera con paso de estrella, rozando levemente el pasamanos, mirando al frente y adivinando los escalones, quería ver sus ojos mirándola al aparecer, no iban a salir, pero aquella noche le apetecía estar bella, cada escalón que descendía le daba más calor, el de la chimenea donde la leña ponía música a la noche, el de la mirada acariciándola al descender, era una escena muda, sin palabras, la cámara tenía el ángulo adecuado para captarlos a los dos en ese acto de sus vidas que habían planeado y que ahora estaba sucediendo, de repente, un flashback, una de las maniobras preferidas del director de aquella película

-Dame un momento.

-Los que quieras.

-Solo uno y lo haces pasar, estoy terminando.

Miraba en la pantalla del ordenador las últimas transacciones, el balance era más que positivo, los cambios en el sistema de marketing realizados cinco años atrás habían sido arriesgados, pero habían funcionado perfectamente, diez años muy duros, ¿pero tenía lo que quería?, pero… ¿era realmente eso lo que quería en ese momento?, miraba la ciudad a sus pies, pequeña, respiró hondo, Alicia, su asistente, su amiga sabía que cuando le pedía un momento eran diez minutos, le quedaban seis, siempre había estado enamorada de aquella ciudad, siempre la había soñado sin conocerla, tenía música, como decía una película, sus altos rascacielos, sus contrastes, sus capuccinos en vaso de cartón, sus prisas y sus calmas, su parque eterno donde perderse cada fin de semana, sus luces que jamás se apagaban, su góspel y su jazz… quedaban dos minutos, al espejo que le devolvía la ventana se retoco su traje chaqueta impecable, falda tubo años cincuenta, su adorada Audrey, camisa con el cuello levantado, mínimo toque de joyería, labios marcados atrayendo al oponente a su boca, piernas casi imposibles de terminar, las cruzo y se sentó detrás de su mesa, en cinco se levantaría…

-Buenas tardes George.

-Buenas tardes Isabel, si me permites, bellísima como siempre.

-George, no me lances flores, la dura negociadora no se amilana ante unas palabras bonitas.

-Lo sé, por eso te las digo, los negocios son negocios. Te veo menos segura que meses atrás.

-¿Menos segura?, ¿en qué?, ¿de qué?

-Es tu único hijo.

-Eso es algo que tú no sabes.

-Yo también investigo.

-Yo también se borrar pasado.

-Te echaré de menos como oponente.

-Aún no me he ido.

-Lo harás.

-Dime que me ofreces.

-Todo, te lo daría todo.

-Eso ya lo hemos hablado durante años y sabes que no, sentémonos en la mesa de juntas, quiero estudiar el dosier con detenimiento y lo punteamos.

-¿No se lo vas a dar a tu gente?

-Cuando yo lo haya diseccionado.

-La cirujana de los negocios.

-La cirujana de la vida.

Llegó al final de la escalera, el vestido negro forrando su piel, abrazado a ella para darle un toque de raso hasta llegar justo debajo de la rodilla, el escote generoso, los hombros rectos, el cuello enmarcado por el pelo sugiriendo un beso de los que no terminan, le dio la mano para llegar al último escalón, los inmensos ventanales que había hecho abrir en el salón le devolvían una noche poblada de estrellas, fría, pero sin nubes que ocultaran la iluminación que había planeado para ellos, no eligió el día al azar, había pedido los informes meteorológicos más fiables tirando de sus hilos, ella no dejaba nunca nada al azar, lo aprendió tarde pero cuando lo hizo, ya nunca dejo que nada pudiera escapar de su férreo control, ni siquiera ella misma.

-¿Qué te parece?

-La oferta es buena, no generosa, pero si buena, pero sabes que en este caso el dinero no es lo único importante.

-Lo sé, pero no puedes pretender dirigir una compañía después de venderla.

-No, no pretendo dirigirla, pero no quiero que sea un juguete, ni ella ni los que trabajan en ella y que han llegado conmigo a este momento.

-Alicia.

-No, Alicia no, se viene conmigo, todos son Alicia, desde Eduardo que te abre la puerta y te saluda hasta Jonas, el cerebro financiero, todos son mi gente y quiero que sigan como hasta ahora.

-Entonces…

-La oferta ya te he dicho que es buena, me lo llevo el fin de semana, lo diseccionaré en casa, y luego lo hará mi gente. ¿No vemos el viernes que viene?

-No te estarás arrepintiendo.

-No, no te negaré que me cuesta, pero este viaje tenía un propósito y un fin y el momento ha llegado, ahora toca regresar y dedicarme a lo que siempre quise.

-¿Y lo sigues queriendo?

-¿Por qué no habría de quererlo?

-Tu vida ha cambiado mucho, sé que te gusta esta empresa.

-Sí, no está mal, para la chica que le servía café y donuts a muchos aspirantes a ser como tú.

-No, no está nada mal, eres inteligente, tuviste visión y sé que te apasionan esta ciudad y este mundo.

-Sí, por eso voy a conservar mi apartamento aquí y mi puesto de consejera, que ya te dije que es innegociable.

-Lo sé, y habrás visto que está.

-Sí, solo quiero asegurarme de que tiene los poderes que te pedí.

-Opera, cirujana, opera, quiero tu compañía y a ti, llegaremos a un acuerdo.

-Alicia, el Sr. Graham se marcha, por favor que alguien le acompañe al parking, tiene un día muy curioso.

-No te fías de mí.

-Si me hubiera fiado de tipos como tú no sería la cirujana.

Los dos sonrieron, años de trabajo hacía que se conocieran muy bien, a veces demasiado, la puerta se cerró con Alicia y Graham al otro lado, ella y su ciudad se miraban separadas por un cristal que en poco más de un mes sería un océano.

-Imposible más belleza.

-Es lo que he intentado.

-No era necesario.

-Quizá para ti no, pero para mí sí.

-Siempre tú.

-No, hoy soy yo, ya no tengo que luchar en una jungla de asfalto, estoy en el punto donde quería estar cuando me marché.

-¿Siempre quisiste esta casa?

-Siempre

-¿Por qué?

-Porque imaginé esas estrellas.

-Dime que eres feliz.

-Tengo las estrellas.

-Esa no es respuesta.

-Esa no es pregunta.

El lunes, diez minutos antes de las seis de la mañana, como cada día desde hacía siete años, recogió su café, solo, doble, sin azúcar, sin edulcorante, saludó a Eduardo y le guiñó un ojo, él le devolvió el guiño y la sonrisa, la echaría mucho de menos, todos, lo sabía, todos tenían miedo, pero todos la querían, y sabían.

Se acercó a la ventana y como cada mañana se tomó el café viendo despertar a su ciudad, perezosa, caía una ligera lluvia, y pensó que no terminaría allí aquel otoño, su estación favorita, la de los colores anaranjados, liberó un leve suspiro y se sentó en una cuenta atrás diaria en la que en diez segundos Alicia abriría la puerta con su sonrisa de hoy también toca y diría…

-Hasta el último día.

-Hasta el último.

-¿Les has convocado?

-Sí, estarán todos aquí en media hora. ¿Has comido algo?

-Sabes que no.

-Deberías.

-¿Se me nota?

-No, pero va a durar horas y tú no eres de las de parar o descansar hasta…

-¿Me traes uno?

-Y más café por supuesto.

-Más café. Y que vayan preparando durante la mañana y pide bandejas para que el resto vayan picando, pensarán mejor.

Se tomó despacio el bocado que le había traído Alicia, saco de su bolso el blíster, lo miro con odio y desprecio, tragó agua, estaba preparada.

-¿Estamos todos? Chicos, lo de hoy es importante, el viernes quiero darle una respuesta a Graham, todos sabéis lo que quiero para vosotros y para mí, yo lo he diseccionado el fin de semana, he subrayado puntos y puesto notas, le damos un vistazo general todos y luego os lo lleváis, el jueves reunión a las seis y media, sin piedad. Empezamos.

No hubo pausas, pero no faltaron ni comida ni bebida, casi doce horas más tarde todos salieron de la sala de juntas con cara de cansados, todos, menos ella, sabía lo que quería y lo había encontrado.

-¿Te acompaño a casa?

-No Alicia, descansa. La semana va a ser dura. Mañana estás sin mí.

-La ultima…

-La última.

-¿Contenta?

-Sí, lo tengo todo, por la tarde veré las obras de la casa por videoconferencia.

-¿Ya no hay dudas?

-No puede haberlas.

-Hasta mañana.

La tomó de la cintura y la acerco a la mesa, donde una botella de vino reposaba a  temperatura óptima, le sirvió una copa, brindaron sin decir nada, lo gritaron sus miradas, dieron un trago saboreándolo, abrazo su cintura entregada a las estrellas, no decían nada, el silencio invadía una noche que habían hablado demasiadas veces, el fuego crepitaba en la chimenea, allí no había tonos naranja, ni siquiera de día, se lanzó a la oscuridad, cerró los ojos para ser solo tacto y se dejó caer en aquella noche.

-Esto es lo que hay Graham, tres años, luego regreso.

-No, así no son las cosas, si vendes, vendes.

-No vendo, cedo.

-No acepto.

-De acuerdo, no hay trato.

-Tú sabes que no puedes seguir.

-¿Cómo que no puedo seguir?

-Lo sé.

-¿Sabes qué?

-El viernes, cometiste uno de tus pocos errores, un blíster, en la papelera.

-¿Ahora también registras papeleras?

-No, estaba a la vista, es lógico, es duro, es normal que no puedas.

-Vete Graham.

-No sin ti.

-Conmigo no vas a ninguna parte.

-No vas a rendirte.

-Eso nunca, esa palabra no existe en mi vocabulario.

-Déjame que te acompañe, al menos hoy, esta noche.

-¿Por qué esta noche?

-Va a ser dura y lo sabes.

-Lo que me preocupa es como lo sabes tú.

-Hay demasiada gente que te quiere.

-No quiero saber más, de acuerdo, te cambio esta noche por tres años.

-Cerramos el trato, mañana firmo.

-Firmamos ahora.

Se acercaron para mirarse casi tocándose, en aquel momento, tres años antes, en una sala de juntas, acompañados de doce trajes impecables discutían unos contrato que horas más tarde firmaron a solas.

-Tres años.

-Sí, de silencio.

-Ese era el trato.

-Lo he cumplido, te traigo todos los informes.

-No, ahora no.

-¿Qué quieres ahora?

-Otra noche.

-¿Y cuál es el trato?

-Una vida, la que he recuperado.

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