Sí, si me miras

si si me miras

La mañana se desperezaba a través de un pequeño guiño de la persiana mal cerrada, era un luz tenue y traviesa que jugó a acomodarse en aquel rostro, que con los ojos cerrados a la vida, se encontraba sumido en esa otra en que los paseos a menudo olvidan la ruta y lo que fueron.

Primero rozó su mejilla, estaba pálida, luego y casi acariciándolo se paseó por aquel pelo revuelto tras una noche de infinitos viajes en aquella cama inmensamente vacía de ciento ochenta centímetros, pero las caricias no movían aquel cuerpo que parecía inerte.

-¿Qué vas a hacer hoy?

-Seguir viviendo

-Una de tus respuestas.

-Una de tus preguntas.

-La mía es de lo más normal.

-La mía es.

Poco a poco aquel guiño se fue haciendo más intenso y la luz aún más, pero aquel cuerpo seguía quieto, no se movía, parecía sin vida, pero una tenue respiración daba pistas de que seguía allí, casi como si no quisiera estar, como si cada vez que su cerebro ordenaba aquel movimiento que la hacía respirar y la mantenía viva estuviera haciendo un esfuerzo o la vida misma le empujara porque no era momento de rendirse.

-Otro día de encierro.

-Otro día.

-¿No vas a salir?

-Tengo todo lo que necesito.

-Las persianas bajadas, sin luz.

-No reiteres lo obvio.

-Eso no va a cambiar nada…

-Justo es eso, no quiero cambiar nada.

-Voy a tener que ir.

-No voy a abrir.

-Aún la conservo.

-Inútil, preferí cambiar la cerradura a pedírtela.

-No me lo creo.

-Ven y prueba, solo es un paseo de dos horas.

-Estoy saliendo.

Era aquel cuerpo, tumbado en la cama, los ojos cerrados a la luz, hablaba y se había movido lo justo para acercarse el teléfono, sabía quién era antes de contestar, por eso lo hizo, cada domingo se repetía la conversación, pero nunca llegaba tras aquellas dos horas, y hacía mucho que había dejado de esperarle.  Luchaba entre levantarse y expulsar aquel guiño de luz o quedarse en la cama y cubrirse para no verla, hizo lo primero, tenía calor a pesar de que era invierno, miro el termostato, la temperatura era la de siempre, estaba sudando, se acarició el rostro, ardía.

Se acercó a la cocina arrastrando aquel cuerpo febril y cansado, cogió un vaso, una botella de agua, bebió un trago y se acercó a la cama, un blíster, dos pastillas blancas, y el cuerpo de nuevo como saludó ese día que había sido expulsado de su reino.

-Regresa.

-No voy a hacerlo.

-No te lo voy a pedir más.

-Gracias.

Un mano acariciaba un hombro, suavemente, como asustado de que pudiera romperse solo con su tacto, una lágrima en un rostro que mira, el rastro de una lágrima en un cuerpo que respira, solo mira, solo duerme, solo esta, apenas es, solo silencio, solo.

-Gracias

-Lo has vuelto a hacer.

-Seguiré haciéndolo.

-¿Por qué?

-¿Por qué no?

-Se acabó ese tiempo.

-Quizá para ti.

-Quizá para todos.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Que no se si quiero estar.

-Tienes que estar.

-¿Por?

-Siempre una pregunta.

-Siempre una sentencia.

-¿Me amas?

-Te amé

-¿Y ahora?

-Ahora nada es nada.

-¿Por qué lo haces?

-Porque…

Seguía mirándola con una tristeza infinita, la que se contagia cuando el peso de la vida se concentra entre cuatro paredes que ya no quieren avanzar, que no quieren seguir más allá del propio existir que supone respirar cada día.

-Dime algo.

Silencio.

-Dime algo.

Silencio.

-No te vayas.

Silencio

La respiración pausada, lenta, entretenida en algún lugar sin saber dónde ir, los sueños encerrados en la pesadez de la inmovilidad, de ese ya no querer soñar y amordazarlos en blanco para que no sean, la mirada fija en un rostro, en un ser que ya casi no es.

-Dime algo.

Silencio

-Por favor, sigue respirando.

El aire saliendo despacio, entretenido en no querer salir.

Unos labios se acercan, con miedo, rozan levemente otros labios, parecen querer cercionarse de que hay vida en ellos, los humedece lentamente pero nadie les responde, y esa mano acaricia más allá del hombro, baja desde el cuello donde se ha entretenido unos instante en el pelo mientras la boca jugaba con los labios y ahora sigue el camino de la espalda, lento como si contara cada espacio de piel, como si recorrer aquel amor que fue la vida misma y que ahora se había abandonado pudiera traer el pasado a un presente de oscuro silencio.

-No quería, despierta, di algo.

Silencio.

-No te rindas.

Vacío

-Estoy aquí.

Tacto

-Ya llegan

Nada

Unos golpes bruscos en la puerta, dos hombres, se acercan a aquel cuerpo, pero no lo acarician, lo mueven sin contemplaciones, lo tocan, lo recorren, lo hacen suyo, pare devolvérselo, lo cargan a peso muerto, le miran, hacen ese signo internacional, esa mueca silenciosa para que sigamos a alguien y el asiente, por inercia recoge un par de cosa y sale tras ellos, sube, se sienta a su lado, le da la mano, pero esta vez el gesto no es suave, la agarra fuerte arrastrándola a la vida, la música del miedo cruza la ciudad.

El café, ese café amargo o aguado en un vaso de plástico que anuncia el pésimo sabor de la espera, el dolor de tragar lo intragable, la antesala para fumarse lo infumable, el paréntesis entre el ayer y el hoy, entre lo que fue y lo que será, esa estancia en el interrogante de la vida que te balancea en un columpio de amargura hasta que se cierra y caes en un nuevo presente.

-Es usted…

-Un amigo

-¿Familia?

-Una hermana, está en camino, vive lejos.

-En ese caso…

-Por favor dígame algo.

-Todo depende de ella.

-Hable con ella esta mañana.

-Esto no es de hoy… se ha abandonado.

-Lo sé, hace tiempo, demasiado.

-¿Por qué?

-Se sintió abandonada.

-Creo que le necesito.

-Estoy aquí.

-Gracias por esperar.

-Lo haría eternamente.

Unos ojos se abren a otros ojos lentamente, una mirada fija, viva, interrogando, otra mirada lejos, perdida, casi soñando… Se cruzan y se retienen casi abrazándose, una abraza con fuerza, con deseo, con vida, la otra se deja abrazar casi depositándose débilmente en esos otros ojos que la sostienen.

-Di que sí.

-Sí que.

-Sí a la vida.

-S(i)

Era un si tenue, no era forzado, pero dudaba de ser una afirmación más allá de dos letras que se unen para significar algo…

-¿Cómo está?

-Está, he estado un momento con ella, creo que quiere, he avisado de tu llegada, ahora viene el médico.

-¿Por qué?

-¿Por qué no?

-Pareces ella.

-Soy parte de ella.

-Y entonces, ¿Por qué?

-No puedo.

-No puedes que ¿contestar o estar?

-No puedo nada.

La conversación fue breve pero terminó sin lágrimas, para los que observaban buenas noticias, para los que escuchaban más interrogantes.

Otras miradas se han cruzado, indiferencia sin paradas, adiós sin palabras, reproches que no se contienen que se dicen en silencio, una partida, un sí no preguntado.

-Porque la llamaste.

-Me lo exigieron.

-¿Por qué?

-Yo no soy nadie.

-Tú eres…

-Ni tú lo sabes.

-Lo sé, pero da miedo.

-Para ti miedo, para ellos una presencia.

-Sí.

-¿Sí a qué?

-Quiero quedarme.

-No es tarde.

-Nunca es tarde si me miras.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Montse dice:

    Me gusta! Petonàs i abraçada d’osset!!!!

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