Vidas suspendidas

VIDAS SUSPENDIDAS

Podía tomar su vida entera, las horas se sucedían mirando a su alrededor, buscando aquel pequeño mundo en el que quería estar para siempre, lo veía en el espejo, en el cristal de la ventana, tras el que la vida seguía mientras su mundo estaba parado, lo vio reflejarse en la copa mientras saboreaba un poco de vino, en las medias que deslizaba lentamente, siempre vestida, siempre perfecta para aquel mundo en el que se había quedado.

-¿Dónde?

-No se… todo me parece lo mismo.

-Míralo distinto.

-Me cansa buscar razones.

-No, te cansaste de todo. ¿Estas vestida?

-Siempre estoy vestida.

Silencio al otro lado, unos segundos de complicidad en el aire.

-¿Sigues ahí?

-Me quedé desnudo en tu respuesta.

-De acuerdo…

Una sonrisa que ya no era forzada…

-No siempre.

-¿Dónde entonces?

-En la playa… las noches ya no son tan frías.

-Entonces lo busco…

-No tardes.

Correteaba detrás de un balón, le volvía loco pegarle patadas, no sabía casi nada del mundo o de la vida, quería a quienes le querían, sabía que le besaban, le acariciaban, le mimaban y le alimentaban, aquel año había empezado el colegio, no apenas sabía nada de un inmenso mundo, pero sabía que era una falta, un penalti y conocía a todos los jugadores de su equipo, crecía feliz.

-Lo tengo, te recojo a las nueve.

-¿Y?

-Playa

-¿Nada más?

-Nada más.

Le miraba con una sonrisa, corría con él y escuchaba atentamente sus explicaciones de niño, que a veces se perdían en medias palabras que reconstruían entre los dos. Podía detenerse el tiempo en aquellos ratos que pasaba con él, eran esos instantes olvidados que no se olvidan, en que la felicidad solo es.

El mar era un murmullo silencioso, las luces tenues, las justas para saber qué es lo que iban a comer, se quitó las medias y los zapatos en el coche, piso la arena adentrándose hacia una luz cerca de unas rocas dejando que la arena fuera el cielo que quería pisar aquella noche.

-Frío, muy frío, como a mí me gusta…

-Conozco todo de ti.

-¿Todo?

-Todo lo que me dejas, que es mucho… o eso creo

-Cree.

La habitación seguía en silencio, no había palabras, era un silencio musical que transportaba, las medias colgadas en el respaldo de la silla, los zapatos medio tumbados en el suelo, cerca, muy cerca, una copa, un líquido frío, muy frío en su interior.

-¿Yo de portera?

-Sí, yo gano.

-Pero si no hemos empezado.

-Pero yo marco gol, de falta.

-Vamos a ver.

La plaza estaba tomada por la alegría de los niños un viernes por la tarde, el sol acariciaba las pieles después de un duro invierno, los palos imaginarios de la portería se hacían cada vez más grandes en la carrera del niño hacia la pelota, la mirada concentrada en aquel punto esférico, la fuerza deslizándose hacia los pies, la palabra estaba dicha incluso antes de pronunciarla…

-¡Goooooool! Lo ves, lo ves yo gano.

-De momento.

Una sonrisa divertida relajo el rostro de la mujer que lo miraba bajo aquellos postes imaginarios.

Tres goles a cero más tarde recogieron la pelota, le dio la mano y entre sonrisas con sabor a chocolate y charla futbolística abandonaron la plaza, era momento de devolver aquel trocito de vida a su casa.

-Una cena perfecta.

-¿Te gusta?

-Sabes lo que me gusta, mucho tiempo.

-Muchas palabras.

-Muchos sentimientos.

-¿Paseamos?

Acomodó su cintura a aquel brazo que la acercaba a otro cuerpo, le miro unos segundos a los ojos, sonrió, y apoyo la cabeza suavemente en su hombro.

No hablaban, el mar ponía un diálogo lento, casi un murmullo silencioso, cada paso se convertía en una eternidad de tiempo en sus miradas buscándose en el horizonte.

-No fue así.

-Lo fue, y tú lo sabes.

-¿Por qué me lo quitaste?

-No te lo quité, deje de prestártelo. Tenía miedo.

-Miedo… ¿miedo de que?

-Hablaba de ti.

-Conmigo jugaba.

-Conmigo no.

-Tú no estabas.

-No podía.

-¿Seguro?

-Seguro que…

-No me hagas decirlo, solo quieres las palabras para convertirlas en reproche.

-Vete.

-Sí, me voy, pero ya no se ríe como antes.

-Eso tú no lo sabes.

-Lo que no sabes tú es como yo puedo saberlo.

Hacía un par de meses que no había goles, ni plaza, ni crema de chocolate, llegaba la tarde y había un paseo sigiloso, buscando, observando desde lejos, no estaba siempre, solo algunos viernes, ya no sonreía tanto, como ella, a los dos les habían quitado tiempo de sonrisas.

-Está todo preparado.

-¿Otra vez?

-La luz es mejor ahora.

-Es la misma.

-Da igual, hay que repetir.

Y repitieron no una, varias veces más, no era la luz, era de noche, era ella, pero Nacho no quería decírselo, los gestos ya no eran como antes, la sonrisa tampoco, no podía transmitir, se había quedado…

-Si no haces un esfuerzo esto se acabó.

-No puedo.

-No puedes estar en dos sitios a la vez.

-Los dos lo queríamos.

-No, tú lo querías por ti y por mí, tú lo decidiste. Yo… yo solo hice lo que había que hacer.

-¿Lo que había que hacer?

-¿Estuve contigo no?

-A eso le llamas estar, a la tarjeta.

-¿A qué tarjeta?

-Dinero…

-No, dinero no, todo el dinero.

-Siempre lo has medido así.

-No me hagas reír, ¿Y tú?

-Da igual, ya es tarde.

-¿Tarde para qué?

-Para nosotros.

Unas risas descontroladas se escuchaban en la parte de atrás de la casa, los dos daban vueltas por el suelo, ella las daba con todo el cuidado, el casi le pisaba la cabeza, la pelota en una esquina, la bicicleta unos metros más allá, la vida por todas partes.

-Lo tenemos.

-Por fin.

-¿Ves? Antes no te cansabas.

-Antes no deseaba estar en otro sitio.

-Es tuyo.

-Legalmente.

-Tuyo.

-La quiere a ella.

-Para los juegos.

-Para casi todo.

-¿A quién llama de noche?

-A mí.

-¿Entonces?

-Solo soy eso, sus noches.

-No, eres a quien llama, a quien quiere cerca para protegerle.

-Tengo miedo.

-El miedo es malo, el miedo no aconseja, el miedo destruye.

-Y me tiene…

-Te tiene paralizada. Olvídate de mí, olvídate de ti, piensa en él, en lo que quieres.

Unos ojos miraban la escena del jardín, discretamente, bajo el marco de la puerta, se habían situado allí sin hacer ruido, solo querían disfrutar de aquella sucesión de imágenes, parecían unos fotogramas más de los que captaba con su cámara para vender cualquier cosa, pero esa vez no había cámara, el único objetivo era disfrutar de aquel momento que no creyó posible, solo había sido un año, solo un par de momentos rotos, había quedado un herido, alguien que veía pasar la vida tras un copa de licor, no quería sentirse culpable, no quería sentir más allá de aquel jardín trasero, no quería pero…

-Tenía que elegir.

-Y elegiste…

-Tú siempre fuiste fuerte.

-Tú siempre te lo creíste.

-Déjalo.

-¿Qué deje el que?

-La copa.

-¿La tiro?, ¿Cómo tu hiciste conmigo?

-No te tiré, te estabas quedando con él, ella lo perdía todo y tu…

-¡Yo que!

-¡Tu!

El silencio después de la batalla, el silencio en el que los que están pierden y otros ganan, el silencio de los que ya no pueden, no quieren o peor, no saben.

-Ponte las medias, sal.

-No, ya no.

-No puedo.

-No digas nada.

La cogió de la cintura, no dejo espacio para escapar, se aferró a ella mientras la aferraba sin dejar cabida al movimiento, la arrastro a la orilla, lo focos se habían apagado, las medias de la noche anterior sobre la silla, los zapatos en el coche, la luna, muda, escuchando unas palabras que se habían pronunciado antes.

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