Luz detrás de la puerta

LUZ

Abrió la puerta y la recibió la semioscuridad que dan las persianas cerradas a la luz del día, dejó la maleta, miró casi sin ver y dio unos pasos, se acercó a un ventanal, le abrió los ojos despacio, como desperezándolo, y le sonrió a la luz que entraba, una tímida sonrisa que observaba una nueva vida, le gustó, sí, aquella vez la luz mostraba lo que había elegido desde muy lejos, solo con fotografías, solo creyendo en lo que le decían, empezaba bien; una por una fue llenando de sol las otras habitaciones, salón, cocina, dormitorio y despacho, un baño abierto al cielo, aquello era lo que la había impulsado esta vez, y allí estaba, dispuesta a unas cuantas letras más, con comas, interrogantes, exclamaciones y puntos, seguidos, suspensivos… ¿Cuántos? Ni ella lo sabía, nunca cuando empezaba sabía dónde estaría el punto final.

-Llegué

-¿Todo bien?

-Esta vez parece que sí, me gusta.

-¿Qué has sentido?

-Tocar un sueño

-¿Y cómo sienta?

-Con una sonrisa, ¿Y por ahí?

-Por aquí lo de siempre…

-¿Y lo de siempre es?

-Ya sabes…

-Sí, se.

-No te olvides.

-Quien sabe…

-No puedes.

-Esta vez creo que sí.

Levantó la maleta y la llevó al dormitorio, poco a poco fue colocando las pertenencias que llevaba consigo en el armario y los cajones, luego se acercó al despacho y dejó el portátil sobre la mesa. Tenía trabajo, pero antes era necesario pisar aquellas ansiadas calles y hacer la compra, una abrigo de felicidad la recorrió, flores, compraría flores, comprobó que la nevera funcionaba, cogió las llaves, le hizo una mueca a su nuevo hogar y salió.

Pisaba su nuevo barrio, las tiendas ya habían abierto, miraba a la gente, fotografiaba sus detalles con la cámara que siempre llevaba en su mente, quería saber mucho de ellos y pronto, tenía más ganas que nunca de empezar, de crear, de volcar aquel deseo de ser y estar allí, quería y quería más… Al final se decidió por una tienda, allí compraría lo sabroso, el resto en el supermercado, detrás del mostrador un hombre moreno, alto, ojos oscuros de los que hechizan, se presentó y le regalo una de sus maravillosas sonrisas, el rápidamente se dejó llevar y entre quesos, carnes y algún que otro vino se fue rindiendo a aquella mujer desconocida que le estaba regalando un poquito de su vida, de su historia, cuando le devolvió el cambio tenían una cita, al día siguiente, cine y cena, no sabía como pero había dicho que sí y además se sentía bien, más que bien, saboreaba el pastel antes incluso de darle un bocado…

Cuando dejó el último producto comprado en la estantería de la zona de lavado tenía 4 citas aquella semana, era martes, esa noche iba a descansar y la del jueves, pero el resto de las noches iba a empezar a degustar su nuevo trocito de mundo, uno de los que más había imaginado en sus sueños, ansiaba saborear ese episodio de vida.

-Sos bellísima.

-Prefiero ser a estar.

-¿Qué queréis decir?

-Estar es un tiempo, más o menos breve… ser es eterno.

-¿Poeta?

-Viajera.

-¿De qué vivís?

-De los otros.

-Sos enigmática.

-Ese es mi juego… ¿juegas?

-Estoy jugando.

-¿Te gustó la película?

-No mucho, bueno entretenida…

-¿Dónde me llevas a cenar?

-Donde mereces, ya estamos llegando.

Era un pequeño restaurante, pocas mesas y todas ocupadas, menos la que les estaba esperando, le cogieron el abrigo y el la ayudó a acomodarse, como le gustaban aquellos pequeños detalles, se sentó y le sonrió, aquella mirada delataba todo y todo era lo que ella quería siempre.

-Me gusta.

-Lo imaginé.

-¿Por qué?

-Porque es como vos…

-¿Y yo soy?

-Fuerte y delicada, bella en los detalles, muy particular.

-Tengo competencia…

-¿Por?

-También observas.

-Es mi trabajo.

-Y el mío.

Se adentró unos segundos en la carta y un tiempo breve de infinito en aquellos ojos casi negros, uf demasiada calidez para ser la primera… pero no podía usar ninguno de sus trucos para escaparse, quería estar allí y quería escaparse, quería probarlo todo, pero sobre todo a él.

-¿Y vas a tomar?

-Elige tú.

-¿Todo?

-Todo, estoy en tus manos…

-Eso me gusta.

-¿Los fetuccini?

-Si claro… los fetuccini…

Disfrutaron la comida, era imposible no hacerlo, la elección había sido perfecta, todo estaba delicioso, y los sabores, el vino y quizá la canela del postre lo precipitaron demasiado, quizá era pronto, pero ya era tarde, estaba empezando a ver con claridad cuando aquellos ojos que la habían secuestrado le acariciaban el cuerpo mirándola muy despacio, brindando a cada espacio el placer que le pedía sin tocarlo, solo haciéndolo imaginar lo que iba a suceder unos instante más tarde. No era consciente siquiera de cómo habían llegado a su casa, ni entrado en su cuarto, no sabía dónde había perdido la ropa, solo era consciente de que el abrigo de aquella mirada que la devoraba sin tocarla era lo único que quería sentir en ese momento, el la miraba con una sonrisa casi malévola, se regocijaba de su momento, la tenía allí, sumisa, quieta, solo su mirada hablaba, no la había siquiera besado y la había dejado muda, algún gesto inconsciente que el silenciaba, algún intento de, nada… la tenía sometida a la nada en que te acuesta el deseo cuando es tan fuerte que paraliza hasta el ser en si mismo…

Amaneció lejos de los ojos que la habían poseído más allá de su propio cuerpo, cuando abrió los suyos no estaban, y sin embargo cada brevedad de ella misma estaba recreando cada instante de aquella noche en que la habían vencido por primera vez, y por primera vez se sintió derrotada en el ánimo de una vencedora, y en su mente y en su cuerpo solo se repetía una palabra, más.

Asustada de ella y de lo que estaba sucediendo se fue a la ducha, como si aquella agua extraña pudiera borrar lo sucedido, como si de repente el agua pudiera borrar el deseo más animal que jamás había experimentado.

Salió dejando caer el agua haciendo un camino hasta la ropa, era una primavera cálida, eligió casi sin mirar, se vistió y liberando el pelo de la toalla que lanzó al pasar frente al baño fue a la cocina, y justo al pasar frente a la nevera la vio, lo único que estrenaba aquel imán que alguien dejó en aquella nevera, una nota, la leyó despacio: “Yo tengo que trabajar, si tras la ducha te has vestido cambia las sábanas y quítate la ropa, comeremos juntos, tu invitas.”

Ella invitaba, el primer impulso fue bajar, ir hacia él y decirle a que, porque, como, cuando, no quiero, no puedo, vete, olvida y sin embargo cuando el espejo reflejó su cuerpo tuvo claro el menú, era ella, no quería que se sazonara, no quería que se cocinara, solo quería que se dejara saborear, como aquellos fetuccini, pero sin salsa, como aquel dulce de leche, pero sin canela, como aquel vino turbio que había nublado su cerebro y casi la había hecho olvidar lo que quería hacer…

Se desnudó, la temperatura lo permitía, levanto la tapa del portátil, lo encendió, tenía muchos mensajes, Alberto, sí, la interrogaba, una vez más él, desde el otro lado del mundo queriendo saber, controlando, buscando, acechando, no había hablado con él desde su llegada, hacía dos días, y sin embargo parecía una vida, movió la cabeza para dejar respirar su melena, casi queriendo borrar todo lo que estaba atormentando su pensamiento, sería mejor no decir nada, como si no estuviera, era mejor el silencio, omitir, cerró aquella página y abrió una en blanco, tenía que ponerse a trabajar, en el reloj de un campanario cercano daban las doce, en sus hombros se posaban unas manos a las que no había abierto la puerta.

-Tengo hambre.

-Cómo has entrado

-Por la puerta.

-Estaba cerrada.

-Existen las llaves.

-Yo no te las di.

-Las tomé prestadas.

-Y…

-Sabía que no saldrías, te encanta la obediencia.

-No soy obediente.

-No, conmigo sí. Te he dicho que tengo hambre.

-Come.

-Levántate.

-No quiero.

-Yo sí.

-Hoy tengo descanso.

-No, me tienes a mí.

-No soy tuya.

-No lo eras.

La levantó con cuidado y se dejó levantar, los entrantes los sirvieron es su cuello, entre suaves y cruentos mordiscos que abrieron aún más el hambre al primer plato, ella lo degusto en su pecho, el en sus senos, y el más voraz de los apetitos les fue atrapando, él quería ser el banquete en que finalizara su boca, ella sabía que se dejaría llevar hasta que el estuviera totalmente saciado.

-Me voy, yo trabajo.

-Yo también.

-Cambia las sábanas, vendré a la cena.

-No.

-¿No qué?

-Por hoy se acabó.

-Por hoy será lo que yo quiero,  y yo quiero cenar.

-Es mi casa, fuera.

-Es mi cuerpo. Hasta luego.

El móvil suena incesantemente, los mensajes gratuitos no han parado de sonar, desde el aperitivo hasta la puerta cerrada, ignorados, olvidados, pero ahora no puede, sabe quién es, sabe que no tiene respuestas, sabe que quiere ignorarlo todo pero que vive en una verdad que ahora, en un presente que se escapa, la tiene atrapada.

-No puedo.

-¿Por qué?

-Déjalo y confórmate.

-No.

-Esta vez no hay cabida para tu no. Yo aquí y tú allá.

-Iré.

-Sabes que no.

-Mañana mismo.

-No seas absurdo, no me encontrarías. El juego ha terminado.

-¿Eso es todo?

-Esa era la intención, demasiado tiempo, demasiadas ciudades, demasiado para ti… ¿para mí?

-Tú tenías lo que querías.

-¿Y qué quería?

-A mí.

-Te equivocas, eso fue hace mucho.

-¿Por qué seguías?

-Porque nunca estuve lo suficientemente lejos.

Aquella conversación le vistió el alma, aquel inmenso océano le había recordado lo que era aquel viaje, bajo la tapa del portátil, se miró al espejo desnuda, se regaló su propia sonrisa y eligió ropa del armario.

-Si, por favor, ahora, es urgente.

-Será una suma.

-Me da igual, le espero.

-Acabo de alquilarlo, no se quien vivió antes, pero quiero estar segura.

-Aquí tiene, tres juegos.

-Aquí tiene, su suma. Gracias.

Tomó un juego y lo escondió en el baño, otro en el bolsillo secreto de su bolso y otro donde solía llevarlas, ahora sí, lo tenía todo, bueno todo no, aún faltaban un par de detalles.

-Sí, por favor, páseme todos los números a la agenda menos este.

-Ya lo tiene todo. ¿Una copa?

-No gracias, hoy no tomo.

Justo antes de salir y antes de entrar miró su imagen reflejada en el cristal, se veía más alta, brillaba, no pudo contener una enorme sonrisa.

-No te esperaba.

-Lo sé, necesitaba café.

-Te dije que esperaras.

-No quería hacerlo.

-Tu…

-¿Yo que?

-Tú eres…

-No añadas nada más, has dicho lo justo. Pasé a despedirme. Yo soy.

Abrió la cerradura lentamente, las persianas dejaban entrar una luz maravillosa, la ciudad era la misma pero solo cambiaban un par de decorados, sus pertenencias ya estaban ubicadas, en sus manos unas flores, cogió el jarrón, lo llenó de agua, puso las flores,  y regreso a la cocina, abrió la nevera, una botella de vino blanco, una copa y una nota : “Soy yo, sí, pude, soy yo, soy libre.”

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