Final en blanco

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Le empezaron a enseñar fotografías, sonreía, les miraba, pero no decía nada más allá de una mirada desconcertada y agradecida, habían transcurrido ya cinco días y más allá de ella las preguntas eran infinitas, todas sin respuesta.

-¿Se ha caído?

-No, que sepamos.

-Un golpe de esos que parecen tontos, algo.

-Nada, despertó como les hemos dicho, gritando, y llamamos.

-Es difícil de entender estos casos suelen estar asociados a traumas, bien físicos o bien mentales y ustedes aseguran desconocer cualquier tipo de incidente, algo que…

-Por favor, ayúdenos

-Estamos en ello, queremos saber tanto como ustedes, no se rindan y no nos rendiremos.

Era un a mañana cálida de finales de septiembre, nada parecía fuera de lugar, un domingo más, hasta el grito, un grito entre el pánico y la desesperación, entraron para despertarla, pero estaba despierta y al verlos quedó en silencio, acurrucada contra la pared, solo un grito más e interrogantes…

-¡Fuera! ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hago aquí?

-Sara, que dices, estás en casa, viniste a pasar el fin de semana, ha sido un sueño…

-¿Dónde está mi ropa? Quiero irme

-Donde tú la dejaras, pero ¿Qué te pasa?

-¿A mí?, me visto y me voy no sé qué hago en su casa.

Nadie le decía nada, la miraban sin entender, la dejaron sola cuando empezó a preparar la ropa para vestirse

-¿Dónde está el baño?

-Sara, si es una broma ya no tiene gracia.

-¿Una broma? Solo quiero ducharme y que me dejen irme a mi casa.

Se duchó, se vistió, cogió la bolsa y cerró la puerta. Diez minutos más tarde estaba de nuevo allí, llamó al timbre y sollozando consiguió articular una última frase: “¿Dónde está mi casa?”.

Desde entonces solo silencio, la llevaron al hospital, le estaban haciendo pruebas pero nadie podía ver nada, los médicos les pedían que le contaran cosas, que hablaran con ella de su vida, que le enseñaran fotografías, libros, cualquier cosa que la trajera de nuevo, ella a veces sonreía, otras sollozaba y la mayoría era silencio ausente.

-Quiero marcharme.

-No puedes.

-Sí puedo, no estoy enferma, necesito hacer cosas, que alguien me diga dónde está mi casa, eso es lo único que necesito, bueno y mi banco, sé que necesito dinero para vivir.

Pese a las suplicas de los suyos y a las charlas médicas el viernes por la mañana la acompañaron a su pequeño apartamento en la ciudad, abrió con las llaves que llevaba en el bolso y al entrar sonrió y pidió que la dejaran sola.

-Necesito mi soledad.

-Pero…

-Se hacer las cosas básicas, únicamente olvide mi vida.

-Pero sabrás cocinar tienes que comer y…

-Sabré, ¿Por cierto?, ¿trabajo?, ¿a qué me dedico?

-Sí, trabajas, eres crítica literaria, trabajas para una editorial, desde casa.

-Gracias, solo quería saber dónde ir el lunes.

-Tienes agenda

-Buena idea, gracias por todo, ahora si no os importa…

Tras la puerta unos sollozos de los que se iban, en la casa una sonrisa de victoria, empezó a acariciar los lomos de los libros que cubrían todas las paredes de su apartamento, como si las vidas que había en ellos por el arte de la magia se pudieran colar en su cuerpo y vivir todas aquellas vidas a veces releídas hasta una saciedad nunca encontrada, de repente se paró en uno, lo acaricio más y lo despertó de su sueño al abrigo de otros libros, sus ojos leyeron la portada y la contraportada, lo dejó en la mesita junto al diván, fue a la nevera, abrió una botella, se sirvió una copa y mientras saboreaba el primer trago cubrió la botella en su traje para mantener el vino frío y la llevó a su sitio, junto a la mesita, encendió un cigarro y con la primera calada leyó las primeras líneas, de madrugada, cuando la segunda botella daba la última copa cerró la contraportada y sonrió, las últimas caladas al cigarro que apagó en un cenicero casi repleto, cerró los ojos, aquella no sería una más de sus muchas noches en el diván.

-A Florencia.

-¿Regreso?

-Sin fecha

-Caduca a los seis meses.

-Entonces probablemente caducará.

Aeropuerto de el Prat, un lunes, una gran maleta, pagaba exceso de equipaje, facturó desde una agencia otras posesiones, incluido un diván, ahora se facturaba a ella misma, un camino que estaba construyendo a tientas, se miró a un espejo, Sara, si dicen que soy Sara, pero puedo ser cualquier otra.

-¡Piero!

-Sara, bellissima, ma que cosa e cuesto.

-Harta, Piero, harta

-¿Entonces te quedas?

-Sí. ¿La encontraste?

-Encontré dos, no sabía cuál elegir y decidí esperar tu llegada.

-Abrázame fuerte.

-¿Puedes respirar?

-Lo suficiente.

-Anda vamos.

Dejaron atrás el aeropuerto y la ciudad y se adentraron en los campos de la Toscana, Piero vivía a caballo entre Florencia y su casa en Rufina, ahí estaba una de las dos casas que había encontrado para Sara, pero se temía que elegiría la de Barberino.

-¿Dónde están?

-Una donde yo vivo, en Rufina y la otra en Barberino.

-¿Cuál te gusta más a ti?

-La de Rufina, sicuro bella, quiero tenerte cerca.

-En serio, Piero.

-La que a ti te guste más.

-Vamos entonces primero a Rufina.

-Pero hoy te quedaras en casa.

-Hasta que me instale o te canses de mí.

-¿De ti? Sabes que nunca.

Mientras en Barcelona, el cartero dejaba un sobre en una vivienda del ensanche derecho, una carta que un par de horas más tarde…

-¿Pero por qué?

-Porque es ella, siempre lo fue.

-Siempre dijo que lo haría, pero ¿ahora?

-Ahora, quizá no tiene nada que perder.

-Somos su familia.

-Ella siempre dijo que le gusta elegir.

-Que quieres decir con eso.

-Que a nosotros no nos eligió, y justo por eso, nunca se sintió obligada.

-La consentiste demasiado.

-¿Yo?

-Tu, Joan, tu, siempre fue la niña de tus ojos, la diferente.

-Ahora da igual, se ha ido, no dice a donde, dice que quiere estar sola y encontrarse ella misma, sin fotografías ni recuerdos de otros, que estará bien.

-Por supuesto no se habrá llevado el móvil que tenemos.

-Sí, pero dice que no quiere llamadas, que no la obliguemos a cambiar de número, que no va a contestarlas.

-Es veneno, es mala, es como su abuela.

-¿A qué madre te refieres cariño a la tuya o a la mía?

Y Joan, sin dejar tiempo a una respuesta, guardo su propia carta donde ella no pudiera encontrarla y la dejo sin tiempo a la respuesta, tenía claro a quien se refería… Envidiaba a su hija, si quizá sí, la más amada, ella era valiente y si se equivocaba, volvía a creer. Sin embargo, ahora le preocupaba por primera vez, estaba lejos y apenas sabía quién era o quizá y allí nació la duda justo era eso lo que quería, olvidar quien era…

-Me quedo aquí Piero, no quiero ver más, lo tiene todo. Ti amo Piero, ¿lo sai?

-Estás loca, a mi o a la casa.

-A la casa y a ti por encontrarla. Tiene el jardín, el olivo, la fuente, la fachada llena de historias, tiene la edad y el tempo que quería y no quiero ver más.

-¿Estas segura?

-Segura.

-Andiamo entonces, vamos a reservarla.

Piero le presentó a los propietarios, una familia importante del pueblo, pero gente sencilla, tenían muchas tierras y la casa era algo que les dejó un familiar que marchó al extranjero, nunca la vieron como suya y la alquilaban, pero esta vez iban a venderla.

-Tengo casa, Piero, la de mis sueños.

-Lo sé, Sara, la elegí yo…

-Me encanta la tuya, pero tengo unas ganas de estar en la mía…

-Sabes que tienes que acondicionarla primero.

-Sí, pero en cuanto esté mi habitación, el baño y la cocina…

-Me abandonas

-Caro, aquí estoy bien contigo pero sabes…

-Sé, tú necesitas tu espacio.

-Pero esta noche compartiré el tuyo, ¿me dejas?

-Mi espacio y yo te estábamos esperando.

El resto de hojas estaban en blanco, no hubo tiempo de más, Joan se quitó las gafas para secarse las lágrimas de los ojos, eran las cinco de la mañana, si salía pronto estaría allí al amanecer, dejó una nota a su esposa y salió de la ciudad cuando el reloj marcaba las siete.

“No me esperes a comer, estoy con ella, no sé cuándo regreso, no me esperes”

Antes de las nueve depositaba una rosa roja en una ladera de Pals, se veía el mar, no había nombres pero él la había dejado allí reposar para siempre, frente a su mar, cerca de donde jugaba cuando era pequeña, donde el amarillo adornaba el verde en la primavera, donde el azul cambiaba de color para regalarle su brisa.

-Lo siento hija. Yo mismo se lo entregaré a Piero.

Dejó que sus lágrimas una vez más bañaran aquella tierra donde se había quedado parada su vida.

Casi quería anochecer, aunque empezaba la tarde cuando llegó a Rufina, se instaló en el hotel y empezó con las preguntas, lo tuvo fácil, el pueblo no era muy grande y no había en el muchos editores, pronto encontró su casa. Llamó a la puerta, no sabía a quién iba a encontrar, pero sabía que tenía que hacer lo que estaba haciendo.

-¿Piero?

-Sí, perdone, ¿usted es?

-El padre de Sara, ¿conocía a Sara verdad?

-Sí, perdone, pase, ¿conocía? ¿Por qué conocía?

-Lo siento, Sara falleció a finales de septiembre, entre sus cosas encontré este manuscrito. Habla de usted, creí que debería tenerlo y no se… quizá publicarlo.

Unas manos temblorosas le entregaron el manuscrito a unas manos derrotadas en el silencio, no hablaron, se sentaron, bebieron una botella de vino, fumaron, todo estaba dicho, aunque las últimas hojas hubieran quedado en blanco.

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