Quiero tocar ese cielo

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El sol vestía de nuevo su mejor traje, la luz acariciaba la ciudad, la invadía en un acto de amor derrochando deseo y complicidades por todos los rincones. Aquella mañana llevaban poco vagabundeo, pero el color amarillo de sus manteles volvió a atraerles, estaba decidido, era momento de compartir capuchino.

El no hablaba mucho, o lo hacía en un silencio que lo miraba todo y lo abarcaba todo, se dejaba hacer, ella le acariciaba con admiración, le rozaba suavemente, entregándole su alma en público como nunca hizo con otro, no lo hizo antes y después tampoco la haría, lo que había entre ellos era mucha vida a retazos, mucho tacto sordo o ajeno a miradas, muchas complicidades de saberse sin decirse nada.

-Ummmm, esta canela le da un toque delicioso al capuchino

Y mientras pronunciaba la frase le abrió a la vida, de nuevo con delicadeza, con ese sentimiento de plenitud en su mirada y esa reverencia que a él, a veces, incluso le turbaba.

-Lo sé, a veces es demasiado, soy excesiva a momentos, y no sonrías, sé que nos conocemos demasiado.

Y de nuevo lo buceó y pasó sus dedos casi posándose, y sus ojos reposaron en todos sus rincones, y cada vez lo descubría de nuevo y una mueca de sorpresa o pánico, o quizá una sonrisa que nunca llegaba, o la carcajada en un instante de ternura compartida, hacía de cada momento una vida irrepetible que entre ellos se balanceaba sin tiempo. Le hizo una foto, el se dejó, siempre se dejaba, ella oculta tras el objetivo dibujaba el mundo de los dos.

El día fue un ligero paseo aprovechando todo el sol, parando para dejarse acariciar y cortejarse un rato, hubo incluso un momento, en que de tan absortos entre ellos se habían quedado casi solos sin apenas darse cuenta. Y sin proponérselo, llevados por las miradas de los otros y por el aroma, otra parada tras una de esas encantadoras cuestas, “La Brasileira”, buen café y Pessoa.

-Estúpidos turistas.

-Nosotros somos también turistas, yo creo que es fruto de la ignorancia.

-Tu no dejarías que a mi me hicieran eso… No soporto el “Red Bull”

La escultura del poeta tenía una visita incomoda, tres individuos iniciando la treintena no paraban de buscar ridículas maneras de fotografiarse, definitivamente, la incultura hace en algunos casos a los seres humanos más osados de gesto y de palabra, eso pensaba ella en aquel instante mientras respondía con la mirada fija en aquellos individuos.

-No, estás a salvo conmigo, te amo y no te comparto, luego quizá peco, me encanta alardear de que eres buen amante…

Él la miró con media sonrisa, no podían dejar de mirar la absurda situación que vivía el poeta.

-No te preocupes, eso ya lo se, me sonrojas a menudo con el deseo de tu mirada.

-¿Yo?

-Sí, ayer sin ir más lejos, con el bacalao, en la playa, me mirabas y sonreías picarona.

-Tu me provocaste, me llevaste a las más absurda y caótica de las situaciones.

-Sin embargo tu la gozaste.

-¿Como no? Que ridículos somos a veces.

-Solo tienes que mirar esa escena que nos está incomodando.

-Que pena que un bello homenaje pueda convertirse en un gag.

-El mío de ayer era bueno, casi te atragantas con el vino.

-Sublime, fue, sublime, la señora de rojo, perdona, pero no puedo evitar imaginarla, así, como muy culona, con un moño alto y muy enjoyada, toda una caricatura de si misma, tanto esfuerzo para alcanzar una efímera victoria donde naufragar todas sus derrotas.

-¿Nos vamos?

-Sí, es el momento de la cerveza.

-Pero si te acabas de tomar un café.

-Lo se, muy bueno por cierto, pero tenemos que ir por la cena, subir la cuesta, dejar las cosas en la habitación, y luego esa cervecita fría que sienta tan bien antes de cenar.

-¿Como cada noche en el mirador?

-Sí, me encanta ver los últimos momentos de sol, luego, la ciudad iluminada.

-Eres de las que le gusta cuando se acaba el día.

-Digamos que la noche y yo tenemos un flirteo eterno y se que a ti no te importa.

-Nunca fui celoso, se de tu amor incondicional.

-Y no te molestan mis infidelidades.

-No, lo tuyo no son infidelidades, solo les dejas vestir tu cuerpo unas horas, necesitas conocer más, ver más ,acariciar más… Pero en el fondo siempre estás conmigo. Tu alma no puede evitar vestirse de mi incluso cuando la desnudas por un instante a otros.

-Me sabes demasiado.

-Sí, te se, supe amarte desde el primer instante, como tu a mi, cuando me acariciaste por primera vez.

-¿Recuerdas? Nicaragua.

-Sí, imposible olvidar aquel instante, te recuerdo y te miro ahora otra vez, de rojo y negro.

-Voy a dejar que me ames de nuevo.

-Estás insaciable en este viaje.

-Te eché demasiado de menos perdida en otros.

Y siguieron amándose cada día, al sol de la mañana y de la tarde, a luz de luna, casi sin tocarse, con leves gestos, sujetándose las almas para sentirlas más juntas.

-Toca despedirse

-Regresamos

-Sí, y no sé porque siento esta melancolía que me atrapa.

-¿Estas triste?

-Un poco, no es tristeza, es como una pena… No sé, han sido unos días muy íntimos, tu y yo, las calles, la gente, los dulces con esa canela, la playa, aún siento el calor de la arena resbalando por mi cuerpo.

-Pero nos vamos juntos.

-Sí, juntos, y quiero terminar este momento de nuestra historia antes de tocar el cielo.

-No puedes tocar el cielo.

-Sí, si tu estas conmigo.

-A menudo estoy contigo y has tocado el infierno.

-Lo sé, pero el cielo y el infierno están en nosotros, cada vez que miramos la vida de una u otra manera.

-Hoy la miras con cielo.

-Siempre la quiero mirar así, incluso cuando pesa demasiado.

-Pues no dejes que te arrastre a esos infiernos.

-Y lo dices tu, que pareces haberlos visitado todos. Pero ni tu, ni yo, ni nadie puede evitarlo.

-Es cierto, estás melancólica.

-Sí, no me gustan las despedidas.

-No te gusta lo que no deseas. Eres toda deseo.

-Ya llaman al embarque y quedan dos historias que contarnos.

-¿Es un empeño u otro de tus rituales?

-Te dije que quiero tocar ese cielo contigo.

-Y como siempre, me dejare.

El ruido de los motores daba fuerza a ese momento en que aislarse para compartir historias es casi un imposible, demasiados en un breve espacio, la charla de cinturones y mascaras de oxigeno, la carcajada nerviosa de algún pasajero, el niño que llora, ese momento en que la espalda cobra vida propia y se torna rígida y te empuja; y contra todos esos elementos, ella esta decidida a tocar su cielo, el de los dos y le sigue en cada palabra y le acaricia con un tacto nervioso y sabe que está llegando al final y aunque quiere evitarlo la respiración se entrecorta, pero llega a su cielo, lo toca, lo acaricia, se entretiene en ese momento de placer buscado y por fin se relaja sobre el respaldo de su asiento.

Le mira, acaricia su rostro suavemente, y ese rostro es la portada de su compañero de viaje, le mira y le sonríe de nuevo, y el le devuelve como siempre su silencioso amor, como a ella le gusta, como si fueran dos desconocidos, casi empezando de nuevo el juego, y entonces los dedos de esa mujer que ama intensamente, sin freno, con pasión, sin destino ni consuelo, pero que ama una y otra vez, empieza a recorrer el perfil de cada una de sus letras, sus palabra, su nombre, su esencia: Julio Cortazar: Relatos.

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