Mujer sin cielo.

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Era media noche en una barrio de los arrabales, a esas horas sólo los dueños del barrio y algún despistado se atrevían a pasear la zona, una motocicleta pasó a mucha más velocidad de la permitida por la ley y la razón, rompiendo silencios y descansos, con una condena flotando sobre su loca dirección.

Dos ex-toxicómanos cargados de demasiada metadona y de poca vida parecían vagabundear sin más destino que el que aquella noche la vida les brindaba.

A esas horas nadie baja la basura. A esas horas las calles son de nadie, A esas horas nadie puede ver un cadáver, porque no son de nadie y el tiempo es de los dormidos, porque los sueños se han perdido por el camino.

Fue de madrugada, cuando los menos afortunados, sobre las cinco de la mañana, ponen un pie en la calle, trabajos precarios en vidas precarias, muchas horas, poco sueldo y un peso inmenso a cada paso.

Sonaron las sirenas, aquel fue el amanecer tranquilo del vecindario, ese solía ser el despertador de sus siestas o incluso de primeras horas de la noche, pero no tan temprano.

La descubrió un trabajador de Mercabarna, iba hacia el metro, y al pasar junto a los contenedores unos diez metros antes de que la tierra lo engullera para liberarlo una hora más tarde, vió aquel cuerpo que había dejado de existir. Su día se asomó con un muerto tirado en el suelo. Era una mujer. Un ser anónimo para él, no era del barrio, allí por lo bueno o lo malo se conocían todos.

Llamó al 112, una voz soñolienta cerca ya del fin de su turno de noche le respondió, el sólo pudo decir:”Hay alguien en el suelo, está muerta”, la voz al otro lado del teléfono pareció despertar de pronto, le pasó con la policía, repitió casi lo mismo, le dijeron que no se moviera, llamó a un compañero, aquel jueves iba a llegar tarde.

Diez minutos más y llegó el primer coche, luego otros dos, uno con el forense y otro con el juez, unos y otros rodeaban el cadáver y murmuraban. Se le acercó uno de los “mossos”.

-¿Es usted quien ha llamado?

-Sí.

-¿La ha tocado?

-No.

-Cómo la ha visto

El hombre cansado de semana y de estar al frío aquella madrugada respondió lacónico y aburrido.

-Pues yendo al metro, cada día paso por aquí, no podía evitar verla.

Le veo muy tranquilo pese a haber encontrado un cuerpo.

-Aquí estamos todos más o menos muertos, sólo que ella ya no respira y nosotros sí.

-¿Que quiere decir?

-Mire a su alrededor.

-Bueno, mejor centrémonos en la muerta. ¿La conoce?

-No, yo diría que no es del barrio, la han dejado aquí, en estos lares todos nos conocemos y esa es de fuera.

-¿Por que está tan seguro?

-No soy muy listo, pero no me suena y esa ropa… esa ropa no se la ponen por aquí.

-Parece usted observador.

-Tengo que serlo, me paso doce horas al día mirando amigos, conocidos y extraños.

-¿A que se dedica?

-Vigilante, en Mercabarna. ¿Me puedo ir ya?, voy tarde. Necesito que me firmen algo.

El agente se alejo unos metros, hablo con alguien y regresó con un papel firmado.

-Le llamaran para declarar, deme su teléfono.

Nunca le llamaron.

No, la mujer no era de por allí, había intentado escapar de un club de los que rozan la frontera francesa, no tendría ni veinte años, una mano tatuada con una pase de noche dio la pista.

Nadie la conocía, nadie supo ayudarla o quizá ni ella misma pudo, pero lo intentó. Aquella tez blanca y la melena rubia no teñida apuntaban en cierta manera su origen. El registro del club y los interrogatorios a sus compañeras dieron pocas pistas, pero le pusieron nombre, Alyna, El frío y el hambre de los suburbios moscovitas le hicieron creer en un hombre al que se impuso amar, pero aquel hombre no quería amarla, quería traficarla, usarla, exprimirla dejando que su cuerpo y su alma se arruinaran para entregarle a él todo el beneficio.

Ella un día creyó, y cómo los habitantes de aquel barrio abandonado cómo ella, un día supo que no había esperanza, que era una mercancía olvidada por todos y en manos de todos, un ser al que cada día se le arrebataba un poco más de ella para convertirla en algo, que perdida la razón y el propio deseo de existir, era más fácil de usar, de mercadear, de entregar, porque había dejado de sentir.

Buscaron retornarla, pero parecía que nadie la conocía allí dónde un día nació o quizá se quedó con una nombre prestado, condenada a una vida que no debió ser la tuya, a disposición de muchos, quizá olvidada, o puede que alguien la buscara, pero con otro nombre, con otro rostro, con otra alma.

Las autoridades se encargaron del entierro, un puñado de vecinos la acompañaron, desamparados de la tierra, afortunados poseedores de un presente y un futuro que ella no pudo tener, era la mujer sin nombre, una vida arrebatada dos veces para descansar sin cielo, donde no se puede decir ni siquiera un adiós.

 

 

 

 

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