Entre cayena y placeres

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El sudor resbalaba por su rostro, era una extraña y sofocante tarde, en la cocina los fogones encendidos habían creado un micro clima de colores, sabores y texturas que había elevado la temperatura de su cuerpo y de su alma, había decidido celebrar el otoño, en el horno unas chuletas de cordero de un tamaño en el que prefería no pensar se estaban asando lentamente, pero el secreto resbalaba en ellas al calor de un fuego no deseado, el secreto tenía miel con un punto de canela contrastada con limón, un toque de tomillo y la caricia de unas manos expertas en amar.

En ese momento podía ausentarse, diez minutos, los necesitaba, pasó la mano por su nuca, le dolía, odiaba esos momentos fugaces, odiaba dejar que ocurrieran, odiaba como se sentía después, odiaba tener que bajar a los vestuarios y crear una incómoda situación y darse una ducha que arrancara de nuevo el mismo error cometido de su piel.

-¿Que es lo que quieres exactamente?

-No lo se

-¿No sabes qué?

-Sé que no quiero sentir el deseo de arrancar mi piel

-Y porque lo haces

-Por vacío

-Busca llenar, no sigas vaciando

-Ya no sé cómo hacerlo, se me ha olvidado

-Llénate a ti

-¿A mí?

-Elige tú lo que quieres que tus sentidos saboreen, se tú la llave de ti misma.

Se pasó un paño por el rostro, una gota resbalaba por su espalda, húmeda, acariciando ese arco que él sabía tocar tan bien, se acercó al cazo, el chocolate ya estaba en el punto exacto, añadió la canela y el toque cayena, lo aparto del fuego, tenía que alcanzar esa temperatura exacta para cubrir aquellos gajos de naranja perfectamente pelados que se alineaban casi milimétricos en una bandeja, eran pares, se llevó uno a la boca, no le gustaban los pares, empezó a paladearlo, la gota, el sabor ácido del recuerdo, ese recuerdo que se instala y te atrapa paralizando el tiempo en el alma, el recuerdo que se aferra a instantes que jamás regresaran más allá de una vieja cocina invadida de deseo, de sudor aromático, de acidez deslizando la garganta, y miró aquel rincón, donde estuvo la puerta que hizo derribar en un momento de ira, allí empezó todo y terminó todo, allí donde cada día el origen y el final de la vida transitaban entre cacharros y platos, la puerta cerrada levantando muralla entre la cocina, su rostro o su espalda, infranqueable de tiempo consumido en no saber de dónde ni a donde, en un vacío lleno de tacto, en un montón de porqués sin repuestas sin más recodos que una línea recta que conducía a un mar dónde se ocultaba un naufragio que nunca dejaría ser efímero y eterno en su mente.

Saboreaba su lengua antes incluso de tenerla cerca, no entendía aquella pasión que la torturaba y la sometía a un deseo irrefrenable que no quería sentir y que sin embargo la arrastraba, como él, su dueño, el señor de cada uno de los jadeos infinitamente pronunciados entre esas cuatro paredes, cuando casi a trompicones la metió de nuevo en el cuarto, sus manos sin contemplaciones se colaron debajo de su falda y mientras su lengua la atracaba casi sin dejar espacio para respirar sintió de nuevo sus dedos clavándose dentro de ella, jadeó, el sonreía saciado sólo con el hecho de tenerla de nuevo suya, ella le miraba entre el odio del deseo más puro y el amor de lo poseído a tiempo parcial, la embistió de nuevo.

-Dilo

-Que diga que

-Di que me deseas

-No, no te deseo

-Mentirosa, tu cuerpo y tu mirada no dicen eso.

-Mi cuerpo y mi mirada no son yo.

-Son de ti

-No, dejan de serlo cada vez que me encierras y me atrapas

La asaltó de nuevo y de nuevo cedió, su frontera caía otra vez derribada, sabía que la estaba preparando, sabía que en cada caricia, que en cada ataque de su boca en su cuerpo solo había un fin, someterla al placer que sólo ella sabía darle, la miro, desabrochaba lentamente cada botón de aquella camisa blanca de trabajo, le gustaba jugar con su pecho, sabía que a ella le iba a gustar, primero con los dedos suavemente para aferrarse luego con fuerza buscando ese gemido entre el placer y el dolor que sería definitivo cuando sus dientes de nuevo se clavaran para estirar y hacerla gritar sabedor de sus ocultas ansiedades. Todos estaban fuera comiendo, todos sabían y todos ignoraban, la bruja estaba atrapada cerca de sus pociones, entre sus fogones donde era capaz de hechizar a todos y sin embargo estaba sometida al conjuro de unos ojos que no eran suyos.

Aquellos minutos finitos en sesenta segundos de locura salvaje estaban a punto de terminar, ella, al revés que sus comensales no quedaría saciada, no era el momento, aquellos encuentros barrocos de gestos atropellados y respiraciones entrecortadas lanzándose a la nada siempre terminaban igual, ella rea de sí misma y de sus más oscuras pasiones, el dueño de su presa, triunfante, sabedor que tras unos platos todos los aromas en ella fundidos le iban a ofrecer una bacanal en aquel cuerpo anhelado de otros pero al que solo él ponía sitio.

Y regreso al único lugar donde el mundo vivo y muerto sucumbían a ella y se dejaban arrastrar a los más íntimos placeres del paladar, pero ahora el fuego no solo brotaba de su cocina, de su interior hogueras emanaban al oxígeno de un después que en aquel instante parecía demasiado lejano, y era en aquellos momentos cuando mejor creaba, se acercó a la despensa, unos pétalos de rosa y unas violetas, las necesitaba, iba a darle a los pichones que tenía sobre el mármol el mejor traje para despedirse, mandó que se los prepararan, y pensó en uvas, uvas frescas para regalar una carne dorada lentamente, acariciada por el tomillo y pintada con una solución de naranja y piña regalada de azúcar, introdujo la cuchara en el bol, pensó que un toque de cayena quizá rompiera aquella dulzura ácida, volvió a acercar la cuchara, el picante resbaló por todos sus sentidos y sin darse cuenta noto como era ella quien en ese instante se acariciaba, vio la mirada de uno de los chicos que la ayudaban, acababa de limpiar la perdiz, la primera, y le quedaban unas cuantas pero ella no podía esperar, debajo de aquel blanco inmaculado una piel morena de muchas tardes de playa ululaba su nombre, de repente el aroma de la canela, del chocolate llegando a su punto y aquella boca que le sonreía colapsaron todos las razones que le clamaban, y en un gesto lo puso donde tantas veces ella había sucumbido, sin resistencia, solo siguiendo la habilidad de unos ojos recitando su deseo él, y se lo dio, le dio lo que antes sólo fue de otro, le dio lo que aquellos aromas reclamaban, la tendió en el suelo sin preguntar, la respuesta estaba debajo de un delantal dibujando un cuerpo demasiado ceñido, no hubo palabras, solo exclamaciones, no estaban solos, aves y cremas, salsas, frutas y verduras coreaban fuera el deseo que se desbordaba, cuando acarició su piel supo que era aquel su penúltimo veneno, joven, reclamando su regalo, dejándose jugar sabiendo que era partida perdida, pero sucumbieron, él al secreto que todos querían susurrar, ella a una sonrisa que ardió justo entre sus piernas, ahí donde no se ve más que lo que la mente imagina y se crean las más bellas historias, las que mudas se llenan de tacto y silencio entrecortados de suspiros, sí, ahí donde los dedos crean las más bellas obras entre túneles y puentes, recorriendo senderos de piel que se abren y se entregan, sí, allí, aquella piel morena ebria de canela, borracha de cayena, saciada de mieles y golosa de su cuerpo la condujo a un grito demoledor, el del cuerpo saciado a fuego lento, el del banquete que nunca termina porque donde la piel se agota las miradas se hacen infinitas para ser piel de nuevo, justo ahí se abrió la puerta.

 

El chocolate se había enfriado, diez pichones reposaban huérfanos de calor y fríos de mármol, el aroma a naranja se peleaba con la miel que creaba en el horno un nuevo sabor, abrió los ojos, las cenas se servían en media hora y todo se estaba justo empezando a cocinar, cinco pares de ojos la miraban, cinco interrogantes, cinco juicios, cinco razones, cinco excusas, cinco, impares, como le gustaban, busco la sonrisa, estaba tras ella pero no podía verla, sonrió, todos la miraban incrédulos, recompuso su traje de faena, se sirvió una copa de vino, saboreó aquel cuerpo que brotaba de la tierra y aún noto más aquella gota de sudor descendiendo por su espalda.

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3 comentarios sobre “Entre cayena y placeres

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  1. Vaya querida Nuria, es sencillamente brillante, como siempre te digo, la habilidad natural que tienes para crear imágenes en mi mente a partir de letras puestas en el sitio indicado. BESOS. Antonio

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