Jugando de cuerpo, arriesgando alma.

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I

CAMINO A UN SUEÑO FRÍO.

Y al doblar las sábanas, fue recogiendo sus noches, no quedaba rastro de aquellas explosiones de ellos mismos a las que se habían entregado, el detergente sabe borrar noches que ya no son y el suavizante invita a imaginar otras, quizá una historia de amor cabe en el tambor de una lavadora, suave acoge y humedece, loco de estruendo grita la pasion que aboca al silencio, limpia y perfumada, una historia más.

Se sonrió de su loca idea, pero le gustaba, dobló la última toalla que no toballa y se sentó chutada de las ideas de la RAE, su cabeza aquella mañana era una marea de pensamientos más o menos inútiles, le dolia el cuerpo de sexo y no sabía si quería más, pensaba en la paliza del centrifugado y se encendió un cigarro, maldito vicio que no podía dejar, saboreó el humo, mal sabor anclado en su boca, no lo apagó, no estaba la economía para desperdicios y siguió fumando y dandole vueltas al sexo, a su cuerpo y a la lavadora.

Tenía que pensarlo, llevaba unos días sujeta a la acción, al verbo, sin adjetivo ni sustantivo, sólo con pronombre, yo o ella, dependiendo del ángulo de mira, no sabía si descansarse o entregarse, si se descansaba quizá pensara más claro, pero tampoco estaba segura de querer ver más, le gustaba más sin ver, en esa oscuridad que la fustigaba se alojaba el placer más sublime jamás encontrado y probado, le dolia el cuerpo, pero no sabía si era de deseo presente o pasado, apagó el cigarro, se sentó a pensar, pero parecía casi desconectada, imaginaba más que pensaba.

Se revisó a si misma, desnuda ya de prejuicios y con piel marcada, paseo su desnudez por espejos y estancias, le gustaba mirarse, él la hacía sentirse bella, tras infinitos desiertos en los que habia odiado sus excesos ahora se sentía reconciliada con sus curvas, pensó en sus manos, las de él, y las suyas, las de ella, se acercaron donde él la adoraba, un breve gesto de placer se congeló en su boca, no podía, debía merecerlo, se arrojó al suelo, la mañana era fría y necesitaba congelar sus ansias, primero dejo que su dorso fuera el que sintiera el manto de frío, poco a poco, atravesando piel desde su espalda para llegar a sus pezones que elevados imploraban calor, pero no quiso dárselo, se quedo quieta, dejó pasar el tiempo para que el tiempo enfriara el dolor del querer, ese que es de piel, ese que te asalta sin permiso y se introduce para arañarte de alma que de caricias desespera. Se quedó dormida.

 

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