LOS PEORES MEJORES AÑOS DE SUS VIDAS.

Raquel se consideraba una gracia del infortunio, judía y polaca, residente en París, costurera de trajes para otras, ni esclava ni puta, abandonada de Dios, sus padres asesinados, sus hermanos también, a ella la salvó un traje nuevo, cosía ayudando a su vecina, había tenido una niña, estaban buscando telas en el mercado. ¿Por que? Eran judíos en un muy mal momento para serlo, aunque para serlo parecían malos todos los momentos.

Llegó a París con otros, otros nadie, mayoría judíos, eran los locos veinte que a finales perderían la cabeza, llegaban agotados, hambrientos y sucios, pero para vivir hay que trabajar, y tuvo la suerte en sus manos, virtuosas entre telas e hilos y empezó pronto a trabajar para Madmuasselle Girò.

Aquella tarde, sentada en la escaleras del Sacré Coeur, sin esperar a nadie, había echado una mirada atrás. Los tiempos andaban revueltos, las autoridades francesas y el pueblo asustado ante la crisis no querían más emigrantes, en España había estallado una guerra, en Alemania la sombra de Hitler se cernía sin piedad sobre los judíos, y el paraíso americano se había sumergido en una severa crisis tras el tsunami bursátil del 29.

Sus fuentes de información eran sencillas, los muchachos que voceaban los periódicos, las tertulias que escuchaba en los cafés y sobre todas ellas, aquellas damas o también queridas damas que acudían a buscar el mejor marco para lucir sus encantos, y entre todo aquel mundo de los otors, el mundo de los que soñaban, la “Rive gauche”.

-Raquel, esta listo el vestido de la Mrs. Joyce.

-Sí, lo terminé anoche.

-Tráelo, por favor, está aquí y quiere probárselo.

La mujer del escritor, era una mujer fea, aferrada a la gloria de su marido, reina de los mejores restaurantes en aquellos maravillosos veinte, seguía siendo una cliente fiel a la moda, aunque más esporádica.

La voz que la llamaba era la de su jefa, una mujer con suerte, la enemiga de Coco, y junto con ella, osada creando los primeros trajes pantalón que vestirían las curvas de una mujer en el siglo XX, Elsa Schiaparelli.

Elsa y Raquel tenían en común la huida, la primera de un futuro de niña rica, se caso con un conde al que abandonó y acabó triunfando en la moda, princesa de los surrealistas y con una tienda decorada por Dalí, la segunda huyó de la muerte y la miseria, pudo haber sido obrera, campesina o mujer de la vida, tres oficios con demanda en aquel París loco y ahora casi deprimido, pero se aferró a los hilos que ya una vez le habían salvado la vida y un don la hizo vagar entre modistas hasta encontrar a Elsa.

Se admiraban mutuamente, Elsa se congratulaba de haber escapado a tiempo de las fauces de Mussolini, Raquel, de ser el objeto del deseo de Stalin y Hitler. Ambas amaban un mundo que agonizaba, su París libre regalado de burdeles y cabaret olía a miedo, como toda Europa, y ellas escondían sus temores entre trajes para otras, en noches de jazz o swing y en un olvido consciente de la miseria de aquella ciudad, derrochando glamour entre las copas más bohemias de la “Rive Gauche”.

No podía evitar recordar sus inicios, cuando sus manos polacas y baratas cosían botones, bajos y cremalleras, ganaba muy poco, para un techo, comer y respirar, más que una fábrica, menos que vendiendo su cuerpo, algunos quisieron comprarlo pero no se dejó, no quiso hombres en su vida, ni a cambio de unos francos ni a cambio de unas flores, quería aferrarse solo a ella, si se perdía a si misma, no sufriría, estaría muerta y ya habia perdido a demasiados, un hombre eran hijos y una familia, y la vida era demasiado cruel como para entregarle más seres desafortunados, más desdichados de nacimiento, más muertos.

Un hombre se sentó a su lado, era de los suyos, de los que la vida abandona a una suerte que debes atrapar cada día para seguir viviendo, al menos eso parecía en aquel momento.

-Hermosa tarde.

-Afortunados sus ojos.

-¿No la ve usted así?

-La veo triste, miedosa, como nosotros.

-¿Tiene usted miedo?, ¿a que?

-¿Y usted es?

-Perdone, tiene usted razón, una descortesía por mi parte, no me presente, Miller, Henry Miller, de nacionalidad, americano, de profesión, vagabundo de la vida y las letras.

-Raquel, polaca, costurera.

-Preciosa.

-Adulador.

-Describo lo que veo. Nos quedamos en su miedo.

-Mío no, de todos.

-Yo no tengo miedo.

-Usted puede cruzar al otro lado si se pone peor, pero algunos no podemos.

-Serían bienvenidos.

-¿Usted cree? No, quizá antes sí, ahora no, el hambre es de todos, como el miedo.

-La veo pesimista.

-Siempre lo estoy cuando no deambulo por la “Rive gouche”.

-Costurera y bohemia.

-Costurera y amante de la noche, la buena conversación y un rincón de mundo donde olvidar.

-Si quiere la acompaño, podemos ir juntos.

-No le conozco.

-Soy Henry, americano, vagabundo…

-De la vida y de las letras. Nadie que conozca.

-Podría intentarlo.

-Caminemos entonces.

Cuando llegaron a su destino ya sabían un poco más del otro, el quería saber más, igual que otros muchos antes, ella tenía suficiente, escritor buscavidas, como muchos, casado, como la mayoría, infiel, como una gran parte de esa mayoría, y deseando poseerla, como todos.

Lo llevó a la librería de Adrienne y Sylvia, amigas, pareja, transgresoras, corazón latiendo en aquel lado del río que se dejaba llevar para no ver o quizá veía demasiado y se emborrachaba de arte, letras, jazz y alcohol.

-¿Conoce el sitio?

-No he estado, si se refiere a eso, pero me habían hablado.

-Vamos a entrar.

Cruzaron el umbral, los habituales se paseaban por las estanterías, las anfitrionas charlaban con uno de sus clientes habituales, al verla llegar en compañía masculina se sorprendieron.

-¡Raquel!

-Sylvia, Adrianne, os presento a Mr. Miller, americano y uno más que escribe.

Las dos mujeres sonrieron a la presentación cargada de ironía de su amiga.

-No le haga caso a Raquel, pese a que nosotras tampoco le gustamos, los hombres menos.

Hablaba Sylvia, que como siempre le guiñó un ojo a Raquel y sonrío picarona, uno de los sueños que compartía con su compañera era añadir a Raquel a una de sus noches, pero no había tenido suerte.

-En eso estoy de acuerdo Sylvia, pero es una buena compañera de paseo. Y que se cuentan por aquí, ¿tienen miedo igual que su amiga?

-Nosotras estamos condenadas hace tiempo, somos del submundo y en el vivimos, invisibles a la mayoría, dejándonos ver a algunos, somos las chicas de moda de los americanos, estás en el sitio oportuno.

-Veo que sí, mujeres hermosas, libros, misterio, y justo donde los quien se pasean.

-Bueno, digamos que Heminway y Fitzgerald nos han visitado, compatriotas tuyos, Joyce cuando la bruja fea de su mujer lo suelta, un pintor español que se llama Salvador Dalí todo un personaje encantador y como no, la bella Elsa Schiaparelli jefa de su amiga Raquel, entre otros.

A lo que Adrianne apostilló,

-Este lugar es el sacrosanto de los casados, sus mujeres no se sienten acechadas por nosotras…

La pareja de libreras rompieron en una risa irónica y Raquel las acompañó ante la sorpresa de Miller.

-Ya veo que aquí pierde usted el miedo.

-Se lo dije, en este rincón del mundo a ratos incluso creemos que nada va a suceder.

Pero lamentablemente aquel mundo, como pronosticó Raquel tenía los días contados, el ser humano es el animal con mayor capacidad de exterminio del prójimo, el más irracional, el más sanguinario, y la crisis económica dejó paso a la crisis moral, al miedo al otro y un manto de oscuridad cubrió aquella ciudad con la llegada de los alemanes, Europa estaba en guerra, la segunda en muy pocos años.

-¿Un vino Elsa?

-¿Por que no?

-¿Cansada?

-Harta, creo que ahora me siento como tú los últimos días de París.

-¿Tienes miedo?

-Miedo, pero no a morir, miedo a que nuestro mundo no regrese nunca.

-Elsa, aquellos días no regresarán, somos dos apátridas en otra patria, no sólo de papeles, sino de corazón, los nuestros se quedaron allí, en aquella otra vida.

Las dos mujeres se miraron y sonrieron llenas de añoranza, a menudo recordaban tardes como aquella, la de Mr. Miller, que para entonces era conocido no sólo por su “Trópico de cáncer”, sino por sus tórridas historias con Anaïs Nin , y que a menudo las visitaba para hablar de los peores mejores años de su vida.

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3 comentarios sobre “LOS PEORES MEJORES AÑOS DE SUS VIDAS.

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  1. Un relato que, cuando comienza a atraparte, termina. creo podrías hacer una secuela (o varias) tu trama bien pensada y los diálogos estructurados sin duda me gustó, aunque te deja con hambre de más, lo que es evidencia de que es un buen escrito, Un abrazo de letras.

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