El viaje en sus manos.

manos amigas

De mi primer libro “La vida desde el Tejado”

Se miró las manos, fijar la vista era un gran esfuerzo desde hacía un tiempo, estaba asustado, poco a poco la imagen que veía en el espejo se parecía cada vez menos a la que el recordaba, o quizá su mente más generosa que su cuerpo había decidido dejarle un recuerdo dulce para el final… y por eso unas semanas atrás pidió a su hijo que quitara todos los espejos de la casa, no quería ser el fin, quería ser el principio, los ojos de su alma le devolvían aquella mirada triste y soñadora con la que desembarcó en aquel puerto desconocido.

Huía del hambre y de una postguerra silenciada por un mundo que jugando una partida de ajedrez había decidido ignorar… tuvo suerte, cruzó los Pirineos a tiempo, su última morada española en tierras catalanas fue una casa con un pozo en medio de las montañas y esa imagen, cuando miro atrás como despidiéndose en un punto de una vida que no iba a recuperar se repitió el resto de sus días.

Llevaban dos semanas caminando sin descanso, paraban lo justo para reponer unas fuerzas que a ratos creían ya inexistentes, pero solo podían ver un futuro y estaba lejos y en el viaje habría muchas subidas y bajadas, piedras, polvo, dolor… pero también camaradería, sonrisas que en algunos momentos incluso no parecían forzadas, incluso cuando estaban muy seguros de no ser oídos entonaban algunas canciones…

De nuevo miró sus manos, con ellas había trazado todo el viaje, en la huida le ayudaron a subir montañas, a arrancarse de la piel chinches y piojos, a partir trozos de pan que llevar a la boca si un alma generosa se apiadaba de aquella triste marcha… pero entonces era joven, cuando Barcelona iba a caer su presente anarquista lo lanzo a una vida futura desconocida sin mirar atrás y mientras mal hacía su petate que sería la almohada de sus sueños durante mucho tiempo, no sabía que aquellas manos le entregarían una nueva vida que ahora casi llegaba a su fin.

La casa del pozo seguía en sus pesadillas de hambre y frio nocturno, quería buscarla, quería verla antes de dejar aquel tránsito desde el vientre de su madre a ninguna parte, se lo había pedido a su hijo, solo recordaba que el nombre del pueblo empezaba por C y que estaba al final, al lado de la frontera que cruzaron a través de sus montañas.

Desembarcó en aquella ciudad desconocida a finales de marzo, el gobierno del país de acogida se había organizado teniendo en cuenta la avalancha de personas que se sabía abandonaban España ante el cariz que estaba tomando la guerra civil, que terminó días más tarde. Tras pasar los controles oportunos, le esperaba el que sería su mejor amigo y camarada para el resto de sus días, Felipe, hijo de un español emigrado décadas antes, el y su familia iban a acogerle hasta que pudiera vivir por sus propios medios.

Llegaron a casa de Felipe, la familia le acogió en una fiesta, le abrazaron, le besaron, le quitaron el petate de las manos… le mostraron su cuarto y donde podía asearse del largo viaje…

No le dejaron ponerse al trabajo inmediatamente, le dieron el tiempo necesario para recuperarse de aquella dolorosa huida que había dejado huellas en su cuerpo y en su mente, las magulladuras y cicatrices del largo viaje… algunas se curarían con el tiempo, otras serían parte para siempre de su equipaje.

Miró a su hijo, miró sus manos y le pidió que se acercara…

-Ya no puedo

-¿No puedes que, padre?

-Dibujar

-Hace tiempo… padre

-No, ayer le hice un dibujo a tu madre

-Mama ya no está

-Sí, está en la casa del pozo

-No, padre… allí no hay nadie…solo un mal recuerdo

-Dile a tu madre que venga

-Sabes que no puede…

-Llévame con ella

-Tampoco puedo padre…

-Deja que me vaya…

-Eso puedo hacerlo… pero no depende de mí…

-Acércame un cuaderno y los lápices

Tras su llegada y tras reponerse del dolor físico empezó a trabajar en el negocio de la familia que lo acogía y su tiempo libre lo dedicaba a dibujar, al principio eran recuerdos de sus días en Barcelona, pero con el tiempo cada vez fue más capaz de exteriorizar su dolor y lo hizo sobre el papel, empezó a dibujar la huida, el miedo, el largo viaje…

Con los primeros dibujos Felipe fue consciente del talento de aquel hombre profundamente dañado y que con su silencio y sus manos expresaba el dolor encerrado en su corazón, y empezó a mover hilos entre aquellos que conocía que eran muchos… y meses más tarde, le dijo a su empleado que dedicara únicamente su talento a lo que sus manos eran capaces de expresar, aquello que su alma no era capaz de convertir en palabras.

A partir de aquel momento la vida le cambió, se sentía feliz dibujando, pintando, aunque sonreía poco, lo hacía tras las noches de inauguración de sus exposiciones, y el día de su boda o tras el nacimiento de su hijo… sin embargo la mayor parte del tiempo lo pasaba en su estudio entre blancos y negros, con más sombras que luces y en silencio, solo la música rompía el silencio que imponía a su alrededor…

-Vamos a la casa

-Mañana padre, hoy es tarde

-¿Lo prometes?

-Sí, está todo preparado

Llegaron al pueblo a media mañana, nada más llegar a la vieja iglesia la cara de aquel hombre olvidado en la memoria de todos los que le hirieron cambió de expresión…

-Está allí, por aquel camino

-Lo se padre

-Vamos

Llegaron a la casa y para sorpresa de ambos no estaba abandonada, luego se enteraron que los dueños solo iban fines de semana o vacaciones… quiso acercarse hasta el muro… miró al pozo… y de repente las lágrimas empezaron a brotar, nadie le interrumpió, le dejaron llorar en silencio, ni siquiera la enfermera hizo el gesto de acercarse…

Miraba la casa, el pozo, el muro, la montaña y sus manos…

-Hijo, lápices, papel

Empezó a dibujar con la destreza perdida hacía unos años, nadie hablaba, los ruidos de la naturaleza y de los lápices eran los únicos que interrumpían aquel silencio que había dejado a todos los presentes clavados a la tierra, casi parecían decorados de cartón piedra, hasta sus respiraciones veneraban aquel silencio en el que se palpaba un dolor inmenso…

-Toma hijo

Le entregó el dibujo, la casa del pozo

-Cuando hagáis la póstuma me gustaría que fuera el centro

-Lo será padre

-Un último favor, ya no tengo nada más que hacer aquí, llévame con tu madre.

Se marchó a los pocos días, regreso a la libertad perdida, al lado de su esposa, al lado de los camaradas perdidos, a aquel lugar del que nadie conoce el camino, pero que encontró con unos ojos llenos de paz.

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