Varada

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Alguna vez, todos nos quedamos varados a un recuerdo, a un instante, para aferrar aquella felicidad que quizá nunca existió…

Un estruendo en la cocina la despertó de un sueño sin importancia, se incorporó entre sorprendida y asustada, un mal salto de Cleo había dado con una sartén en el suelo, sonrió a su gata, la besó en el hocico y le acarició la cabeza, la habia salvado de aquella historia sin sentido que se repetía en su mente, ella en un hospital francés.

Miró la cafetera y casi como a su gata la acaricia, se preparó uno bien cargado, encendió un cigarro y se dejó caer en el sofá, eran las cuatro, aún podia bajar a la playa. Bikini, vestido, zapatillas, bolsa, música, libreta, boíigrafo, libro y abono de transporte.

Cuando llegó a Bogatell aún no eran las cinco, en el camino habia avisado a sus chicos de su paradero, por si les apetecía, uno de ellos llegaría más tarde.

Dejó todo dentro de la bolsa y se metió en el agua, por alguna extraña razón, estaba segura de que el agua de mar la alejaría de aquel hospital francés. Se dejó abrazar y mecer por su mar, con él su ritual de caricias no cesaba nunca, su único amante con el que la fidelidad era mutua.

Tendió la toalla, música, y ojos cerrados mirando un cielo que hacía un tiempo que no sabía o no quería tocar.

-¿Sola?
-¿Perdón?
-Si estás sola.
-De momento…

Miraba unos ojos increíblemente verdes.

-¿Puedo?
-Puedes.
-Dimitri.
-Clara.
-¿Vives aquí?
-Si, mi ciudad, mi piel, mi playa. ¿Y tu?
-Lion.
-¿Vacaciones?
-Estancia sin determinar.
-Aventurero.
-Viajero.

Por una décima de segundo pensó en darle pasaporte, pero aquellos impresionantes ojos verdes la tenían colgada y contestando preguntas tontas.

Miró el reloj, solo David podía salvarla, pero no iba a llegar, al menos, en ese momento. Ahora estaba precipitándose en su boca, maldita sea, que estaba haciendo, ya se la había comido, a saber la cara que tenía en ese momento, porque no había un espejo cuándo más se necesitaba, cuello, para morder, pecho para perderse y…

-¿Decías?
-¿Por qué estás sola?
-Podría darte varios motivos pero principalmente, no necesito a nadie.
-Todos necesitamos a alguien.
-Todos confundimos amar con necesitar.
-No te entiendo.
-Yo amo a muchos, pero no los necesito para seguir viviendo, me encanta tenerlos, compartir, tocar, charlar, besar… Pero si ellos o yo nos marcharamos, el resto seguirian viviendo, no nos necesitamos, nos amamos.
-Nunca lo pensé así. Lo pensaré más. Pero antes respondiste, “de momento”…
-Y así es, en un rato llegará un amigo.
-Entonces, ¿cuanto tiempo tengo?
-¿Para?
-Besarte.

Pero las acciones tomaron la palabra y la pregunta terminó en su boca, con su lengua diciendo : “Dios! Que bien sabe”, sus manos acercándose mas a ese cuerpo extraño, su cabeza en un “se puede saber que estas haciendo?” y su corazón en la farmacia.

Tras un largo beso, se detuvieron para mirarse y sonreirse, pero sus bocas querían más,  y durante un tiempo impreciso, la tarde transcurrió entre besos y miradas.

-Tu amigo no ha llegado.

-Quizá nos pilló en un beso.

-¿Y entonces?

-Entonces estará unos metros de playa más allá, dejando espacio.

-O más besos.

-¿Más?

-Nunca son suficientes, jamás demaiados.

-No sé porque te he besado.

-Porque te gusta mi boca. No se besan las bocas que no gustan.

-Prómeteme solo una cosa, no amaneceré en un hospital francés.

Con un beso nuevo, se levantó, le dio la mano y juntos abandonaron el sol por la boca del metro, cuando salieron seguían en silencio, solo se miraban.

-¿Donde estoy?

No obtuvo respuesta, estaba sola, aquellas paredes le resultaban familiares, pero no estaba en casa, tampoco era alguna de las de sus amigos ni la de sus padres.

-¿Donde estoy?

Aquella vez gritó más alto y apareció una mujer vestida de blanco. La miraba sonriendo, pero no hablaba.

-¿Donde estoy?, ¿alguien va a responderme?

En ese momento entra un hombre en la habitación, la mira con unos inmensos ojos verdes que la sonríen al igual que su boca.

-¡Hola! Bienvenida…

-¿Donde estoy?

-Conmigo.

-Contigo estaba en la playa, no aquí.

La mirada verde, turbada, se gira y mira al hombre que hay detrás suyo, lleva una bata blanca, observa a la mujer que está en la cama, su gesto es serio, se acerca a ella, le pone la mano en la frente, casi acariciándola, toma su muñeca, ilumina sus ojos que le siguen, se dirige a la enfermera.

-Quiero un TAC.

-¿Y si yo no quiero?

La voz de la mujer le reta.

-¡Nadie me contesta donde estoy!

Se gira hacia el hombre que le ha cedido su puesto al lado de la cama y que le mira rogando…

-Inténtelo de nuevo, por favor.

Cambia el gesto por ina inmensa ternura y se acerca más a la cama, sus boca sigue sonriendo, sos ojos no, la besa en la frente, le toma la mano.

-¿Por que no estamos en la playa?

-Nunca hemos estado en la playa.

-Sí, allí me besaste, hace unos días, por primera vez.

-Clara, estamos en Lyón, en casa, vivimos aquí, no hemos estado en la playa, al menos en los últimos dos años.

-No me mientas, si me vas a dejar, no me mientas.

-¿Por que dices eso?

-Nos conocimos en la playa, yo tomaba el sol, me besaste, solo te pedí una cosa, que no me llevaras a un hospital francés.

Vienen para llevársela para el TAC, cuando ya no puede verla al joven se le escapan las lágrimas, el médico le mira con una de esas caras difíciles de definir, la enfermera hace tiempo que salió, todos cruzan el umbral de la puerta.

-Papa, ¿por que se llevan otra vez a mamá?, ¿Van a volver a operarla?, Dijiste que pronto estaría bien.

-Tranquilo hijo, los médicos sólo quieren traerla desde alguna playa.

 

 

 

 

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