Sin o

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Se levantó temprano, el suyo no era uno de esos cuerpos hechos para adorar sábanas durmiendo, solo había transcurrido una hora desde el amanecer, la fiesta de aquel lunes dejaba las calles vacías, únicamente algún coche de regreso, un par de cuerpos más necesitados de reposo que el suyo y un par de corredores.

Tenía el torso desnudo, no le gustaban los abrazos de tela, hacía un mes ya desde que la dejó marchar, primero la había deseado, luego le empezó a gustar su sonrisa, más tarde se enamoró de muchos de sus detalles, y finalmente cuando creyó que la amaba demasiado la dejó marchar.

Se miraba al espejo, su sonrisa no era la misma, en verdad ya no sonreía tanto, tenía el cansancio en la cara y la melancolía de la pérdida se pronunciaba en sus ojos, lo primeros días se entregó a otras que rápidamente lo acogieron, nunca tuvo problema para encontrar una cama, la genética, en su caso, había hecho un giño a la belleza y tenía un rostro de los que en ningún caso pasa desapercibido, la mandíbula cuadrada, la nariz recta, los ojos negros como su pelo, un sonrisa escandalosa y un hoyuelo que incitaba a la perdición, el cuerpo trabajado en horas de gimnasio era un canto a la obra de Miguel Ángel, esculpido para ser contemplado.

¿Pero quíen era él? Tenía una profesión bien remunerada, una familia standar, aquel piso diseñado para agradar, frente al mar, cerca del centro, una moto y un coche en el garaje y multitud de historias a sus espaldas, y sin embargo, no sabía responderse.

Era como si tras las ruedas de la maleta de ella, su identidad hubiera abandonado también su casa, ella no lloró, no montó ninguna escena, recogió rapidamente lo más necesario y le pidió que la dejara sola un par de horas al cabo de dos días, cuando después de aquel tiempo regresó, parecia que aquella historia nunca hubiera sucedido, faltaban sus pertenencias, pero lo había dejado todo igual que lo encontró el día que llegó para instalarse, nada en aquellas estancias recordaba su presencia, sustituyó el ambientador que usaban juntos por el de él, y dejó las llaves sobre la mesa sin una nota.

Creyó que llamaría, que le rogaría, que pediría su clemencia, que diría aquello de lo podemos volver a intentar, pero sin embargo era como si la tierra hubiera tejido un manto para protegerla y esconderla de él. Discretamente había ido a sus lugares, a sus amigos, había merodeado su vida, la que él creía, pero no la encontró, ni preguntas ni respuestas, solo un espacio vacío en el mundo en que creía ser.

Desistió de ella y desistió de él, la barba de tres días se había convertido en la de cinco semanas, la gripe en un virus extraño, el esto se pasa en dos días a un no saber que pasa, de un millón de citas a una única ausencia, de un whisky a seis, de lo superarás hay hombres mejores, a no puedo, no sin ella, no sin su sonrisa, sin su mirada, sin sus caricias.

Pero ella no existe, ella fue cada una de las que abandonaron su vida entre lágrimas, sin entender, rogando, llamando, pidiendo e incluso suplicando, y es que lo años, las oportunidades, la piel y un poco de alma, se habían ido detras de cada mujer rota que abandonó su estancia, dejando tanto vacío, que al mirarse al espejo ya no podía ser, ni estar, no hay imagen devuelta para los que no tienen alma.

 

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