La otra

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Acurrucada en un rincón de mundo, cubierta de sábana, colcha y fatiga, era uno de aquellos días en que vivir se atragantaba, donde en cada cosa que se cae cuando la tocas ves la mano del universo contra ti. Nada salió bien desde que abrió lo ojos, a mediodía se dió cuenta que el enésimo error la iba a someter de nuevo al cataclismo de la incomprensión, odiaba no entender, la incertidumbre, el no poder, el ruido de los interrogantes, y la rabia invadió cada idea y cada pensamiento oscuro se unía a otro tejiendo un día artero y todos juntos empezaron a rugir en su cabeza.

De nuevo quiso creer y de nuevo terminó hecha un ovillo, escondida del mundo, intentando permanecer aislada de la palabra, pero ni siquiera esa tregua le daban las horas. Odiaba que interrumpieran su dolor, pero lo estaban esperciendo a gajos, era como si la boca que a menudo se aferraba para herirla con unas fauces insaciables de su alma estuviera más codiciosa, introducia la herida en su boca, succionaba, dejaba que los jugos amargos se extendieran y sin tiempo al alivio empezaba otra vez.

Pensó en usar la química, pero la idea de rendirse jamás le había gustado, y el cansancio que dolía descendiendo por sus piernas la acunaba de mente, paracía como si una tregua fuera a llegar al final del día, y empezó a cortar canales de luz y a silenciar volúmenes, rota la noche, se dejó llevar.

Al amanecer un extraño frío recorrió cada vértebra de su columna, adosada a la pared del salón se veía en la cama, sin moverse, un montón de preguntas sin respuesta flotaban sobre su cuerpo, el teléfono no dejaba de sonar, que extraño, ella tenía un sueño muy ligero, ¿por que no lo cogía?, tras varias llamadas se dio cuenta que no respondía  porque no estaba, o peor, estaba allí en la pared, viendo su cuerpo ya sin vida, empezó a temblar, el pánico se apoderó de aquello que no era ella y que desde la pared pensaba como ella, ni siquiera el ruido cuando forzaban la puerta para abrirla consiguió un gesto, entraron dos bomberos sin calendario, un desconocido y dos de sus amigos, aquel que no era nadie les dijo que era tarde, incredulidad, lágrimas, las temidas llamadas.

Desde la pared se afanaba en hacerles señales, estoy aquí, miradme, no os rindais, pero nadie perecía darse cuenta de aquella otra presencia, el cuerpo de nuevo vencía a lo bello que encierra. No quiso ver más, se acerco a su continente para ser contenido, ya no dolía, así era más fácil, después de todo, vivir sin pensar era el mejor remedio para la muerte.

 

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