No fue otra historia más

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El teléfono no paraba de sonar, derrotada en el sofá lo dejaba llamarla en silencio, había pensado desconectarlo, pero algo la distrajo y en ese momento prefería dejarlo sonar a hacer el gesto de responder o apagarlo.

Estaba desnuda, como cuando ella se había marchado, unas horas que debían ser eternas se habian convertido en un tiempo limitado, siempre eran un pequeño paréntesis, ni siquiera una breve historia. Se sentía desmanejada, vacía, agotada, ya no sabía si queria seguir, ponerse en aparte o seguir con otra historia.

No lloraba, no encontraba las lágrimas, pero si las palabras para maldecirse, eso se le daba muy bien.

Los mensajes seguían entrando, días atras se hubiera girado posesa buscando sus palabras, pero ya no quería, no podía, no quedaban fuerzas ni ganas, había organizado aquel encuentro a cara o cruz, y ella no dio la cara, su amante siguió en su traje y ella de nuevo arrastraba la cruz, pesaba en su estómago y en su garganta, tuvo que moverse, se acercó al baño y vomitó la cena, el rimel corrido le devolvió la imagen de lo que era en ese momento, un dibujo borroso de ella misma, hipotecada en una partida suicida que cada vez se cobraba más intereses.

Después de lavarse los dientes con rabia se giró para no verse más, se preparó una infusión y asesinó un poco más a su estómago encendiendo otro cigarro.

Cuando el ruido en la puerta más que atronador se hizo amenazante abrió los ojos, el sol brillaba con fuerza, no había ido a trabajar, era mediodia, se alzó y abrió justo antes de que la forzaran.

– ¿Estas viva?

Era ella, la huída.

– Sí.

Fue un sí hueco, imperceptible.

-¿Y este escándalo?

– ¿Y tu teléfono?

– En modo avión, ¿por?

– Anoche regresé y no me abriste la puerta.

– No te oí.

– Sí, me dijiste muérete.

– No era a ti, era al espejo después de vomitarte.

– No has ido a trabajar.

– Estoy enferma.

– ¿Y que tienes?

– Resaca de ti, y aún estoy borracha de rabia, vomitarte no fue bastante.

Se giró, detrás de ella dos hombres uniformados, les susurró unas palabras disculpándose y continuó sitiando la puerta.

– ¿Me vas a dejar pasar?

– No.

– Se puede saber que coño te pasa…

– Tu lo has dicho, tu coño me pasa y ya no quiero que me pase más.

– Tu estás idiota.

– Si me has levantado para invadirme e insultarme, por favor, sal de mi puerta no quiero hacerte daño y la voy a cerrar, por las buenas o por las malas.

Podría haber sido así, una discusión de amantes en la puerta, pero a veces el corazón se cansa de dar y quiere abandonar el latido.

Derribaron la puerta, el espectáculo no era agradable, tendida en el suelo, murió como vivió, ahogada de ella misma, alcohol, vómito y pastillas un cocktail que su alma aquella madrugada no resistió.

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