Noches de versos


Se ayuntó a su cintura, como cada noche, los visillos corridos a miradas ajenas, cuatro textos breves alborotaban sus entrañas, la sangre palpitaba en su cabeza y en su útero que demandaba a aquel ser que solo era imagen. Cerró los ojos y empezó a imaginarse, ella junto a la puerta, el asomando con su mayor arma, aquella sonrisa de niño travieso, el abrazo en silencio, un grito de sentimientos y deseo que cubrió la ciudad y dejó muda su existencia, solo ellos entre aquellas cuatro paredes viejas, paciencia y urgencia por los días transcurridos, no sabían entonces que la vida les iba a pedir más, muchos más. Se desnudaron mirandose, charlando, complices, se acercaron sus bocas, y tras unos instantes, el inició el ritual de su cuerpo, su boca se abria y cerraba con ansia y ternura en sus brazos, sus axilas, sus pechos, ella gemia de placer y de ese dolor dichoso de sus dientes arrollando su carne entregada, y entre los sonidos del anhelo que se derrocha, como un Laurence de Arabia, en el desierto que antes de él había sido su cuerpo, la descubria hasta sus pies que besaba y saboreaba justo antes de voltearla para darle aún más. Ella, ajena a aquellos placeres, unos días antes, unas primaveras antes, una vida antes, se dejaba hacer y lo sentia sentado sobre ella a bocajarro, apostado en la grupa de su yegua, jinete de tardes en que el ruido bronco de la ciudad se rompe cuando el cuerpo amado derrama su elixir a su espalda y lo siente suyo, como siempre desde que él es, como nunca antes supo lo que es ser. 

Tras unos minutos sus bocas se miran en un beso, y se abren en una risa muda y cómplice, abrá más, ahora es momento de recrearse, de dibujar simbolos mudos que gritan amor alrededor del ombligo del amante amado, de llenarse los ojos de él, para que la memoria lo dibuje en horas más aciagas.

Bruja la llamaban, bruja es que oculta en sus ojos mil historias de dolor que se amagaron en su memoria, la noche sigue cubriendo con su manto la melancolía de no tener, de rogarle al tiempo un tiempo como el que fue, porque la vida, envidiosa, les puso un oceano de pena a la belleza de su deseo, y ahora lo sortean en caricias propias y en imágenes. 

Terminada la comunión con el ser amado, satisfecho el deseo en fotogramas de una tacto conocido ausente de sus manos, se deja caer en un suspiro, tantea en la oscuridad un cigarro, y le quema a la vida unos minutos, que sin el la vida arde de no ser en la noches de versos y las tardes de lluvia.

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