Encuentro de Voz: reto lunes

Silencio, empanadilla

Y cuando Marta intentó abrir la boca para decir una de las suyas se la cerré con una empanadilla y una mirada de gata peleona, no tenía la tarde para más bollos, y ella montaba un alboroto en un segundo y sin razones, más después de haberse enterado de mi fogoso encuentro con mi ex, al que llevaba llamando pene flácido los últimos tres meses.

 

Quizá sin alma…

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La noche era fría, demasiado para pasarla vagando, pero necesitaba aire, aprovecho un descuido y saltó fuera, siempre el mismo descuido, siempre la misma oportunidad, siempre ella, deslizándose cerca pero sin llegar a tocarlo, era un murmullo, el de su garra, siempre atenta a él, siempre cercándolo pero sin atraparlo, dejándose ver para no ser vista, era su sombra, la sombra que ella misma había proyectado, ese otro ser que los otros creían conocer aún en días nublados, pero la trama de la vida le había enseñado a tejer su propio manto, difícil saber o encontrarla si ella no quería, a menudo, su mirada casi podía delatarla, pero entonces, tomaba la sonrisa prestada a un recuerdo y zas, en un salto cambiaba de tejado, en ese instante aquellos que la rodeaban con una tímida sonrisa la miraban en un saludo desubicado…

¿Quien era?, ¿quien era ella?,¿por que sus lágrimas se contraían siempre en una mueca cercana a una sonrisa rota?, ¿por que su alma demasiado quebrada no podía encontrar aquella otra pieza?, ¿por que tanto silencio roto en aullidos que no clamaban?, ¿por que otra noche?, ¿por que otra madrugada?

Sí, soy yo, de nuevo mi zarpa acaricia el viento que besará tus labios al amanecerte en mi, si, soy yo, una noche más renuncio a sus brazos y a su abrazo, otra noche me entrego a ti, sombra que oculta mi sueño detrás de cada cornisa, silueta de un cuerpo no hallado donde se recluyen delitos y deseos de tiempos presentes y pasados, sí, es de nuevo mi garra la que te acaricia, es mi deambular silencioso el que se esconde entre estruendos de vida que en ficciones arrasan lo que los otros creen ver, yo que soy una sin alma desde que se perdió la mía de tanto jugarla, apostarla y perderla de vida, yo que he decidido dejarme vivir y arrastrarme a otro rincón, donde esa soledad mía, tan concurrida, como dice el poeta, se espanta de la mueca que ha sido la partida, sí, soy yo, la gata que ocultó un día el dolor detrás de una sonrisa a ti debida o en ti hallada, ese otro ser o cientos de seres que han paseado por mi alma que ya no es, y es que el mundo pesa, la vida pesa, la sonrisa agota, pero la garra que a ella se aferra, siempre encontrará una calle más, una vida mas que desconocida no sepa que quizá, solo quizá, de tanto jugar un día perdió su alma.

Espaldas que borran tiempos

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Caminó unos pasos más, dejándose llevar por aquella fría tarde de otoño, paseaba por un parque sin rumbo fijo, miraba a la gente, sonreía a los niños, pensaba en aquel tiempo, compró unas castañas, mordisqueó un par entreteniendo sus labios y sus pensamientos en la nada, no tenía ganas de pensar ni de recrearse en él, a dos metros, un banco, todavía lo bañaban los rayos de un sol tan cansado como ella, se sentó y cerró los ojos quedándose solo con los sonidos.

Saboreaba el líquido de aquella copa, lo acercaba a sus labios, los bañaba lentamente y dejaba que su lengua probara aquel jarabe de la felicidad para hacerse con el lentamente, deleitándose a cada instante en su paladar, como cada momento en que su imaginación recreaba otro instante de vida que fue. Se miró al espejo, no al que reflejaba por las mañanas su rostro, al que mostraba su alma, le pareció ver unas arrugas cerca de los ojos y en la comisura de los labios, pero no miraban las estrellas, perecían centrarse en el mundo oscuro a sus pies, sonrió melancólicamente y miró hacia arriba, no, ya no estaba.

Acarició la copa una vez más, acarició su rostro, se volvió hacia el otro lado de la cama y allí estaba aquel cuerpo, no era el que saboreó con el vino, no era el que jugó antaño con sus labios, no era el del tiempo de las hojas rojas y las castañas, jamás lo había pensado en un banco… Le miró de nuevo, había surgido de la nada, le había dado un placer desconocido hasta entonces, no, no era él, él no le devolvía una imagen triste a su mirada, devolvió de nuevo la vista al cielo, a aquel cielo en que se había convertido el techo de su habitación, y sonrió, hacía unos meses que podía mirarse al espejo, porque no, no era él, no era el que le daba a su piel un gesto oscuro que nacía del alma.

Cerró los ojos, volvió a abrirlos, le miró de nuevo, y allí estaba, beso su cuello, beso su espalda, se acercó a sus ojos y entre besos y susurros musito… gracias.

Sonrisas en ceniza

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Se habían reído, mucho, quizá demasiado, a menudo después de esos momentos de risa provocados por el caos llegaban las lágrimas, pero no, no iba a ser ese día, esa tarde oscura de casi invierno, en la que fantasías compartidas habían echado a volar por una habitación con olor a humo del tabaco y chimenea, sabor a varios licores y aroma a amistad, se había adentrado en la noche casi sin ser vista, demasiado ruido de almas en una estancia consumió un tiempo que no pasó desapercibido, pasó lleno de alegría extraída de seres que se habían reunido con el solo objetivo de escapar a la tristeza, y estaba conseguido.

-No, ya no vale la pena.

-Estás segura.

-Estoy segura.

-¿Y ahora?

-Ahora seguir, como si nada, caminando, serpenteando, saltando de nuevo en paracaídas, así es el juego y no pienso dejarlo.

-Te veo fuerte.

-Soy fuerte.

-Pero hace unos días…

-Hace unos días no era yo.

Una carcajada común como un estruendo invadió de nuevo la estancia, las lágrimas se unieron a la fiesta en el rostro de Julia quería liberarse definitivamente y reír, reír hasta decir basta, y en ese instante no pensaba decirlo.

-No me lo creo. ¿Con los dientes?

-Con los dientes.

-Pero a ti nadie te había dicho…

Otra risotada y un nuevo brindis, por la torpeza, cualquier excusa era válida, el frío o el calor, un desastre o una noche loca, un instante de placer o el placer de un instante, un día de resaca o una resaca que duraba demasiado, un error y otro, qué más daba… la vida estaba entre otras muchas cosas para cometer errores.

Pero el tiempo pasa, las horas se consumen, los vasos se vacían, las risas se van adentrando en el mundo del sueño y el adiós se apodera de la estancia. Julia va recogiendo copas y vasos, no tiene sueño, decide recoger el caos de aquel salón mientras los últimos troncos sucumben al ardor del fuego, se parecen a ese amor que ha sentido y que se va quemando en soledad, ardiendo en el mismo sentimiento que lo provocó un día, Martina se quería quedar con ella, sabía que iba a llegar ese momento, pero no la había dejado, tenía un compromiso con su alma y tenía que cumplirlo, una lágrima furtiva quiso asomar a su rostro, la borró con el dorso de la mano, pulso el botón para que el lavaplatos se pusiera en marcha, pulsó el botón para que su mente se marchara de aquella imagen, de aquella estancia, de aquel punto donde no debía ir más a refugiarse, se sentó frente a la chimenea, miraba las cenizas en rojo, poco a poco se irían consumiendo, quería grabar esa imagen en su mente para consumir sus propias cenizas, se habían ido, se había ido, era el tiempo, era el instante, era aquella tarde sumergida en noche y que le estaba abriendo la puerta al amanecer, se tumbó en el sofá y se arropó con una manta, dio un trago al primer café del día, era su forma de dormir, su forma de entrar en aquella nueva vida, dejando atrás las cenizas entre los ecos de unas risas que aquella vez, habían sujetado las lágrimas en lo más hondo de su alma, donde llorarían, pero en el silencio que tiene el dolor cuando se ha quemado lentamente lo que un día, tiempo atrás, era lo que nos provocaba una sonrisa.

Y llega la noche, y mis ojos se abren más intensos, buscan en la oscuridad, mi oído entra en alerta intentando escuchar, de repente una luz que dura un segundo ilumina Port Ginesta, sí… ahora llegará el estruendo, es la tormenta, se acerca, acecha… anoche se instaló en mi corazón, mi alma se rompía sin remedio y no podía pararla, y el amanecer me encontró atrapada en un solo pensamiento.

No tuve que huir de Morfeo, no, esta vez no, no quiso si quiera asomarse, otra vez me dejó sola, vagando en los tejados que no podían dar cobijo al dolor que desprendía mi noche negra, y de repente, cuando el sol acosado como yo, sitiado por la nubes quería brillar mientras le sumían en el silencio, entonces, en esa hora, se arqueo la espalda y mi mente en un instante supo donde, un salto brusco, casi sin meditar y lejos, estoy lejos…

Pero de nuevo la tormenta quiere acercarse, el silencio lo va ocupando todo, la noche no habla, el viento también se ha quedado mudo, no dice nada, no susurra, no trae palabras y ese sabor salado del tejado en el que me escondo me recuerda otros silencios… si, en este rincón pervive su ausencia, ese no ser que deja el alma agonizante…

Huida de mi misma, a mí misma me acompaño, y en un zarpazo quiero poder, quiero eliminar, quiero borrar esa imagen que se acuna en mi memoria agarrándose sin dar tregua al tiempo en que me agoto, y mientras, la luz de un segundo se acerca y con ella los rugidos de esta noche, no, nadie conversa, aquí no hay almas a las que escuchar, solo sueños, esos sueños que en un salto he querido soltar por el camino, ese lastre que te asfixia dejando sin más voz al alma que el dolor que grita a cada instante la mirada. De repente, un maullido quebrando la quietud en que estoy presa es el único que rompe la noche, empujando a la angustia que me invade para lanzarla a otros cuerpos, y dejo que me abandone porque estoy abandonada, y de nuevo la garra se alza rasgando su imagen, araña cada espacio en el que permanece inmutable, prófugo de mi corazón, preso en mi alma, desahuciado de mi mente, de esa razón que quiere asentarme a la orilla en la mañana… pero la noche sigue rugiendo, y en ella solo puedo sentir ese silencio y la tormenta que ahora si, ya me tiene atrapada, el agua se derrama dando a este ocaso su voz que me reclama, y me entrego, las fuerzas que quedaban se han vuelto a romper con esa luz que por un momento ha invadido la oscuridad que me tiene secuestrada, y la garra dibuja la única salida, y me dejo llevar…

Despierto, la deriva de una noche más de duelo me ha dejado sentada en la playa, nos miramos, no, eso no lo hemos hecho, solo nos sentimos porque la posibilidad de mirar está olvidada, y de nuevo mis ojos acechan y mientras busco donde guarecerme escucho el rumor que clama el mar repitiendo lo que un día dejó el amanecer en mi almohada, no busques, no aceches, no digas, no des… huye de ese anhelo que te atrapa, porque solo hay una respuesta a la tormenta, silencio.

Reposo la garra que arañó la noche en una cama fría de madrugada, no encuentro, no espero, no rastreo, no digo… solo le ruego a Morfeo que de nuevo venga a abrazarme.

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