Jerai


Nada en nuestra vida es casual, porque eso a lo que llamamos casualidad, siempre tiene un significado; a veces deja huella, otras aire fresco, quiza una caricia o un beso, un instante de belleza,  un arañazo en el alma o un suspiro y como no, dolor, ese también está incluido en nuestras marcas casuales.

Mi última casualidad se llama Jerai,y ha llegado a mi vida como un torrente de luz, de amor generoso, de complicidad, de caricias, de miradas, lleno de la belleza de lo sencillo. 

Sé que nos estábamos esperando, yo a él, que ha transitado por la soledad, el hambre, la tristeza y la injusticia de algunos llamados racionales y él a mí, cuando la oscuridad de un dolor físico sin tregua, con lágrimas del alma, me quiere encerrar y poseer sin descanso.

Juntos amanecemos y atardecemos en paseos entre el silencio y nuestras complicidades, juntos pasamos el día cuando debo estar tumbada sin remedio, y se tumba a mi lado, se acerca lleno de caricias o compartimos un sándwich.

Sí, Jerai, ese ser desbordado de amor, es mi perro, se ha instalado hace poco en mi vida para hacerla mas cálida, y cada día doy gracias por tenerlo a mi lado, por ser mi amigo, mi compañero, ese ser de luz que hace que mi corazón brille de felicidad cono solo mirarlo.

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Sin mensajes

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Despertó empapada de impotencia, quería y no podía escribir, no podía hacerle llegar su mensaje, un complot tecnológico colgado de sus párpados se había apoderado de la red, eran sus miedos. Sonrió a medias, acercó la mano al teléfono, tan imprescindible a sus sueños como la almohada, se le rompió la sonrisa, no había mensaje. Se dio la vuelta, intento fallido de seguir durmiendo.

Un café, tres cigarrillos compulsivos, seis vasos de agua, una sed insaciable y el pánico venciendo la batalla en su estómago. Silencio. Lo escrito siempre viste silencio, aunque a veces ría, llore, grite o haga bailar, pero su silencio era absoluto, la no palabra.

Cada gesto si hizo más lento, ese día y los siguientes, era una tómbola sin premios deambulando entre camas para olvidar que ya no tenía boleto, no era ella, su piel ya no olía y su amor no regalaba fortuna.

– Haz tu vida, no sé cuando, no visitas, no regreso, no…

No tenía aquello que siempre buscaba, quizá como todos, la causa, el porqué, la razón, u olvidó que la razón no ama, controla, que el corazón no tiene respuestas, que no hay lógica entre el aire y los huesos, que una boca no es un silogismo, que la sonrisa no tiene un certero mañana.

Varios suspiros más tarde, acomodó el dolor en sus costados y tanteó sus pasos. De nuevo reina muerta. Miró el amanecer violeta de una república más. Dolor acomodado. Tiempo de ojas caídas un verano más.

– Llegaste.

– Sí, a la estación de término.

– No te entiendo.

– Terminé. De nuevo.

– ¿Miedo o libertad?

– Demasiado trapecio.

– Miedo entonces.

– No, el miedo se palpa, la incertidumbre no.

– De nuevo tus pasos falsos.

– Compré un número menos, dolía, pero me gustaba su manera de alzarne, ya sabes, veinte centímetros sobre el suelo.

– No te veo mal, quizá más cínica, pero esta vez no te han demolido.

Su terapeuta la miraba con media sonrisa, la conocía muy bien, muchos años de refugio frente a su playa, esperaba el siguiente gesto, ella se levantó, y se acercó a su oído, jugó unos instantes y susurró:

– Amaretto, muy frio, estaré abierta de venas en tu cama.

Del mueble-bar a la cocina, de la tarraza al dormitorio, aún goteaba, no eran piernas, eran venas y aquella vez quiso asegurarse.

 

Rapsodia

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Le pusieron Rapsodia, sí, un poco raro, pero acertaron. Era distinta hasta en la forma de coger un cubierto, a ella le parecía absurdo, pero la gente se fijaba en eso, la verdad es que a Rap, como la llamaban los amigos, todo en este mundo le parecía absurdo, por eso se daba con él de boca desde niña.

Quienes la conocían sentían por ella una mezcla entre amor profundo, envidia, incomprensión, e incluso algunos se ponían tensos en su presencia, ella, los navegaba desde esa mirada siempre a la profundidad, la superficie se le antojaba aburrida si no era para una aislada noche de placer, solo entonces, se dejaba llevar por el envoltorio, y eso sí, los regalos le encantaba abrirlos poco a poco, saboreando cada instante.

Se sentó a horcajadas sobre su último amante, había sido una tarde movidita pero no había sido suficiente, siempre quería más, más era su palabra, más deseo, más sexo, más amor, más besos, más caricias, más juegos, cuando firmaba una piel, su rúbrica se quedaba para siempre latente. Él la miró sonriendo, aquella forma de sonreír llevaba al fondo del océano cualquier capacidad de raciocinio en Rap, con él sus naves celulares se hundían en un deseo que nunca quedaba saciado por demasiado tiempo, él lo sabía y jugaba, ella sufría sus carencias y a veces incluso lloraba.

– Algo me dice que no vas a regresar.

– Me pides demasiado.

– ¿Yo? Te equivocas, yo te doy demasiado, yo estoy siempre.

– Justo es eso, no quiero que estés siempre, necesito saber que no me necesitas.

Se hizo un silencio tenso, Rap iba a levantarse cuando la asió con fuerza y se colocó sobre ella, una rodilla a cada lado de sus caderas, las manos aferrándola por las muñecas, la mirada clavada en sus ojos entre el deseo, la rabia, y una pregunta infinita sin respuesta. Empezó a besarla como hacía siempre, recreándose, ella no luchaba, se dejaba dar el homenaje de despedida, era consciente de los últimos momentos de aquella lengua que se iba posando desde su cuello en cada rincón que se le ofrecía, dominadora y entretenida a la vez, cerró los ojos, quería imaginar su rostro, retenerlo, congelarlo para siempre en un fotograma de aquella loca cabeza suya siempre errante, siempre errónea cuando de amar se trataba. Los orgasmos llegaron en silencio, solo los movimientos de su cuerpo convulso alteraron la noche, ni gemidos, ni suspiros, ni palabras inventadas para momentos como aquel.

El personal del hotel llamó a la policía tras tres días sin poder entrar detrás del “no molesten”.

Él estaba atado a la cama, ella le acercaba un vaso de agua a la boca, los útiles de tatuar esparcidos por la cama y por el suelo, una caja de diazepan, el rostro de ella en el abdomen de su amante, no estaba reposando, le había dejado tatuada su boca lo suficientemente lejos para que su sed nunca se apagara, ese era su castigo, el de ella, un tiempo a la sombra, el suficiente para terminar su siguiente libro de poemas.

La ducha

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Y para este domingo, una historia donde estalla el deseo mas puro, una colaboracion, un escrito realizado junto con mi colega escritor Marcelo, autor del blog Poetas Nuevos poetasnuevos.wordpress.com.

Llegaste como todos los días al amanecer con sed de mi boca y mi cuerpo, después de varios besos, bajaste por mí pecho al encuentro oral.

Me acerqué tanteando el manantial del que iba a servirme, lo rodeé con la boca con mimo, lo succioné despacio y lo jugueteé con la lengua para que se diera a mí, y al gemido de tu cuerpo estremeciéndose me relamí plena de haberme saciado de ti.

Entonces el rito comenzaba como todas las mañanas, hoy había sido privilegio de tu boca, e iba por mi ración de ti y baje por tus pechos dulces y tersos, inicié mi descenso a tu bajo vientre, ahí donde todo se hace río para mi boca, un torrente de placer mutuo, este ejercicio oral.

Sabía que te ibas a acercar, me rodeas y mis caderas se alzan golosas de saber, porque se tus labios en los míos húmedos que tu lengua va separando, como látigo me azotas y me aspiras, y escalofríos de un placer desbordado recorren mi cuerpo desde mi mente a mis piernas eléctricas y temblorosas cuando te recreas entre ellas, y levantas tu mirada y sin decir nada aúllo que sigas con ese castigo doloroso que es gozo sin límites cuando me vences tuya.

Extasiado de tu piel y aroma, de mi sed más alborotada, te pedí asirte de las llaves de la bañera, de espaldas hacia mí, estabas ofrecida, solamente alcé un poco tus caderas y me sumergí en un sólo aliento dentro. El agua entre tus piernas se confundía con la emanada de la ducha, nuestra humedad y calor inundaban de vapor y placer ese momento antes de iniciar el día, ambos aferrados, tu apretando y yo insistiendo, éramos esa interminable e inconfundible forma de despertar. Orgasmos al unísono nos delataban en todo el piso.

Éramos incapaces de estar cerca sin rozarnos, sin poseernos salvajemente, tus embestidas bajo el agua me hacían sentir tuya sin límites, aferrada y entregada como si el mundo se fuera a terminar si no podía sentir tu cuerpo abalanzándose sobre mí, tus palabras susurradas para decirme lo más bello y lo más obsceno, me convertía en esclava y guerrera para impaciencia de aquellos que nos oían aullar mientras nos dábamos a nuestras fantasías.

 

Sin absenta

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Al despertar tenía las manos manchadas de barro, un fuerte dolor de cabeza también inexplicable y un dolor desconocido por todo su cuerpo. Se levantó casi tambaleándose, estaba desnuda, la bata sucia en el suelo del dormitorio era un sinsentido más, llegó al baño y al verse en el espejo enmudeció un grito, el rimel descendía como una borrosa acuarela por su rostro, los labios aún parecían arder, un morado en el cuello, tres en el pecho y unas uñas marcando su vientre, no recordaba nada, ni siquiera que hubiera sido una noche de absenta, menos de lujuria, sin pensar abrió el grifo del agua caliente para borrar cualquier marca, como cuando borraba gestos en sus obras Humedeciéndolas para no dejar rastro del error. Salió desnuda, el roce cálido había aumentado los dolores, se hizo un café y se tomó una pastilla, se puso la bata y subió las escaleras que daban a su estudio, allí pensaba encontrar el origen del desastre y lo encontró, tumbado boca arriba, un traje de cuerdas bajo su abdomen, sin mirada, el barro tambien dibujaba signos de lucha en su cuerpo, en el suelo varias botellas de vino y dos copas, en la mesa el mismo cuerpo repetido, pero yacente en paz, tenía la piel erizada y un calor le ascendía por la piernas al mirarlo, se acercó, se sentó a horcajadas sin temer tocarle demasiado, no sabía si se movia ella o algo la impulsaba, se inclinó en sus labios, respiraba, los besó, no le devolvió el besó, lo intentó de nuevo, esa vez no obtuvo aliento, giró el rostro a unos sollozos a su espalda, su último encargo, siete enanos de jardín lloraban esperando que llegara una princesa.

 

Game over

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Creo que algo en mí ha decidido amarte, giré la cabeza en un gesto torpe y estabas a mi espalda, casi nos chocamos, me sonreí sin darte importancia, de un tiempo a esta parte sonrío a los hombres sin importancia, y no es que no me importen, o sí, la cuestión es que no quiero rejas y mi corazón, débil a una boca que sepa besar, se entrega, asi que preferí quedarme el chichón muda, sin pedirte los papeles del seguro y seguir caminando. Lo malo fue al llegar a casa, me apetecía una ducha, y al dejar resbalar el vestido vi tu matrícula, estaba tatuada justo debajo de mi hombro izquierdo, 624567869, acaricié la marca, no se podía borrar y aun húmeda de la ducha sonó la notificacion del Whatsap, un globo rojo invadió de calor el espacio entre mis piernas, y entonces supe que era demasiado tarde, chocamos sin querer y no quisimos evitar reconocernos los daños, puse la contraseña al mensajero y mi dedo sobre el peligro que me acechaba…

– Me ha encantado, ¿repetimos?

Debacle de vísceras y cerebro, guerra sin cuartel de hormonas, feromonas, neuronas y todas las onas que me componen… Una estupidez, con los años que llevan conmigo podrían haber respondido sin debate…

– Sí, pero que no sea la única.

Al día siguiente en la pista de squash eramos un trío, tu mejor amiga, tu cuerpo y yo, por algún extraño motivo las pelotas siempre se recogían a mi lado y vuestros ojos se clavaban debajo de mi falda, el partido terminó sin incidentes, nos fuimos a las duchas y tu amiga me ayudó a desnudarme con la mirada, no sería la única vez aquella tarde, tomaste mis palabras en sentido bíblico y preferiste que fueramos dos, de nuevo olvidé pedirte los papeles del seguro, sabía que me adentraba en dirección contraria y al chocar de nuevo con tu boca dijiste:

– No te impirta, ¿verdad?

Esa vez decidí cerrar la boca ya que iba a tener las piernas demasiado abiertas, te estaba amando en triángulo, y al marcharos, no me miré al espejo, me duché con los ojos cerrados, cuando llegaste a casa, pensando en todos mis labios acariciaste la pantalla, un globo rojo, dos palabras, “game over”, tu leías, yo me tomaba un te frío releyendo el mismo capítulo de un libro, tu volvías a leer, me acaricié al recuerdo de tu boca y tecleé, “Insert coin”.

Varada

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Alguna vez, todos nos quedamos varados a un recuerdo, a un instante, para aferrar aquella felicidad que quizá nunca existió…

Un estruendo en la cocina la despertó de un sueño sin importancia, se incorporó entre sorprendida y asustada, un mal salto de Cleo había dado con una sartén en el suelo, sonrió a su gata, la besó en el hocico y le acarició la cabeza, la habia salvado de aquella historia sin sentido que se repetía en su mente, ella en un hospital francés.

Miró la cafetera y casi como a su gata la acaricia, se preparó uno bien cargado, encendió un cigarro y se dejó caer en el sofá, eran las cuatro, aún podia bajar a la playa. Bikini, vestido, zapatillas, bolsa, música, libreta, boíigrafo, libro y abono de transporte.

Cuando llegó a Bogatell aún no eran las cinco, en el camino habia avisado a sus chicos de su paradero, por si les apetecía, uno de ellos llegaría más tarde.

Dejó todo dentro de la bolsa y se metió en el agua, por alguna extraña razón, estaba segura de que el agua de mar la alejaría de aquel hospital francés. Se dejó abrazar y mecer por su mar, con él su ritual de caricias no cesaba nunca, su único amante con el que la fidelidad era mutua.

Tendió la toalla, música, y ojos cerrados mirando un cielo que hacía un tiempo que no sabía o no quería tocar.

-¿Sola?
-¿Perdón?
-Si estás sola.
-De momento…

Miraba unos ojos increíblemente verdes.

-¿Puedo?
-Puedes.
-Dimitri.
-Clara.
-¿Vives aquí?
-Si, mi ciudad, mi piel, mi playa. ¿Y tu?
-Lion.
-¿Vacaciones?
-Estancia sin determinar.
-Aventurero.
-Viajero.

Por una décima de segundo pensó en darle pasaporte, pero aquellos impresionantes ojos verdes la tenían colgada y contestando preguntas tontas.

Miró el reloj, solo David podía salvarla, pero no iba a llegar, al menos, en ese momento. Ahora estaba precipitándose en su boca, maldita sea, que estaba haciendo, ya se la había comido, a saber la cara que tenía en ese momento, porque no había un espejo cuándo más se necesitaba, cuello, para morder, pecho para perderse y…

-¿Decías?
-¿Por qué estás sola?
-Podría darte varios motivos pero principalmente, no necesito a nadie.
-Todos necesitamos a alguien.
-Todos confundimos amar con necesitar.
-No te entiendo.
-Yo amo a muchos, pero no los necesito para seguir viviendo, me encanta tenerlos, compartir, tocar, charlar, besar… Pero si ellos o yo nos marcharamos, el resto seguirian viviendo, no nos necesitamos, nos amamos.
-Nunca lo pensé así. Lo pensaré más. Pero antes respondiste, “de momento”…
-Y así es, en un rato llegará un amigo.
-Entonces, ¿cuanto tiempo tengo?
-¿Para?
-Besarte.

Pero las acciones tomaron la palabra y la pregunta terminó en su boca, con su lengua diciendo : “Dios! Que bien sabe”, sus manos acercándose mas a ese cuerpo extraño, su cabeza en un “se puede saber que estas haciendo?” y su corazón en la farmacia.

Tras un largo beso, se detuvieron para mirarse y sonreirse, pero sus bocas querían más,  y durante un tiempo impreciso, la tarde transcurrió entre besos y miradas.

-Tu amigo no ha llegado.

-Quizá nos pilló en un beso.

-¿Y entonces?

-Entonces estará unos metros de playa más allá, dejando espacio.

-O más besos.

-¿Más?

-Nunca son suficientes, jamás demaiados.

-No sé porque te he besado.

-Porque te gusta mi boca. No se besan las bocas que no gustan.

-Prómeteme solo una cosa, no amaneceré en un hospital francés.

Con un beso nuevo, se levantó, le dio la mano y juntos abandonaron el sol por la boca del metro, cuando salieron seguían en silencio, solo se miraban.

-¿Donde estoy?

No obtuvo respuesta, estaba sola, aquellas paredes le resultaban familiares, pero no estaba en casa, tampoco era alguna de las de sus amigos ni la de sus padres.

-¿Donde estoy?

Aquella vez gritó más alto y apareció una mujer vestida de blanco. La miraba sonriendo, pero no hablaba.

-¿Donde estoy?, ¿alguien va a responderme?

En ese momento entra un hombre en la habitación, la mira con unos inmensos ojos verdes que la sonríen al igual que su boca.

-¡Hola! Bienvenida…

-¿Donde estoy?

-Conmigo.

-Contigo estaba en la playa, no aquí.

La mirada verde, turbada, se gira y mira al hombre que hay detrás suyo, lleva una bata blanca, observa a la mujer que está en la cama, su gesto es serio, se acerca a ella, le pone la mano en la frente, casi acariciándola, toma su muñeca, ilumina sus ojos que le siguen, se dirige a la enfermera.

-Quiero un TAC.

-¿Y si yo no quiero?

La voz de la mujer le reta.

-¡Nadie me contesta donde estoy!

Se gira hacia el hombre que le ha cedido su puesto al lado de la cama y que le mira rogando…

-Inténtelo de nuevo, por favor.

Cambia el gesto por ina inmensa ternura y se acerca más a la cama, sus boca sigue sonriendo, sos ojos no, la besa en la frente, le toma la mano.

-¿Por que no estamos en la playa?

-Nunca hemos estado en la playa.

-Sí, allí me besaste, hace unos días, por primera vez.

-Clara, estamos en Lyón, en casa, vivimos aquí, no hemos estado en la playa, al menos en los últimos dos años.

-No me mientas, si me vas a dejar, no me mientas.

-¿Por que dices eso?

-Nos conocimos en la playa, yo tomaba el sol, me besaste, solo te pedí una cosa, que no me llevaras a un hospital francés.

Vienen para llevársela para el TAC, cuando ya no puede verla al joven se le escapan las lágrimas, el médico le mira con una de esas caras difíciles de definir, la enfermera hace tiempo que salió, todos cruzan el umbral de la puerta.

-Papa, ¿por que se llevan otra vez a mamá?, ¿Van a volver a operarla?, Dijiste que pronto estaría bien.

-Tranquilo hijo, los médicos sólo quieren traerla desde alguna playa.

 

 

 

 

Me confieso.

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Soy esa mujer que tiende puentes entre mundos, esas manos que acarician muros de un tiempo que fue, esa sonrisa que viaja entre miradas, esos pasos que danzan en tu cuerda floja sin caerse de la mía, esos párpados que le hablan al día en instantes que guarda mi memoria, ese ángel caído que eleva sus alas una vez mas a tocar una piel nueva, esa palabra rota, ese suspiro que arranca un gemido infinito de vida, pisada vacía, traspiés de una tarde, caída de una noche loca, oración en mi templo, ruego en tu boca, ascua en tu infierno, día de zozobra, soy cuerpo presente de ciegas derrotas, victoria en tu lecho, estancia sin mora, cuarto de dos noches, vida de tres horas, labio penitente, la miel de tu alforja, soy cinco segundos, tres citas, dos mapas, una calle sin nombre, tu piano de cola, que tocas a ratos, que deseas sin mora, no tengo un veneno que no sean tus horas, soy viaje sin guía, pasión que devora, paso repetido, condena en tu sombra, bruja de tu cuento, sueño que te agota.

Jugando de cuerpo, arriesgando alma.

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I

CAMINO A UN SUEÑO FRÍO.

Y al doblar las sábanas, fue recogiendo sus noches, no quedaba rastro de aquellas explosiones de ellos mismos a las que se habían entregado, el detergente sabe borrar noches que ya no son y el suavizante invita a imaginar otras, quizá una historia de amor cabe en el tambor de una lavadora, suave acoge y humedece, loco de estruendo grita la pasion que aboca al silencio, limpia y perfumada, una historia más.

Se sonrió de su loca idea, pero le gustaba, dobló la última toalla que no toballa y se sentó chutada de las ideas de la RAE, su cabeza aquella mañana era una marea de pensamientos más o menos inútiles, le dolia el cuerpo de sexo y no sabía si quería más, pensaba en la paliza del centrifugado y se encendió un cigarro, maldito vicio que no podía dejar, saboreó el humo, mal sabor anclado en su boca, no lo apagó, no estaba la economía para desperdicios y siguió fumando y dandole vueltas al sexo, a su cuerpo y a la lavadora.

Tenía que pensarlo, llevaba unos días sujeta a la acción, al verbo, sin adjetivo ni sustantivo, sólo con pronombre, yo o ella, dependiendo del ángulo de mira, no sabía si descansarse o entregarse, si se descansaba quizá pensara más claro, pero tampoco estaba segura de querer ver más, le gustaba más sin ver, en esa oscuridad que la fustigaba se alojaba el placer más sublime jamás encontrado y probado, le dolia el cuerpo, pero no sabía si era de deseo presente o pasado, apagó el cigarro, se sentó a pensar, pero parecía casi desconectada, imaginaba más que pensaba.

Se revisó a si misma, desnuda ya de prejuicios y con piel marcada, paseo su desnudez por espejos y estancias, le gustaba mirarse, él la hacía sentirse bella, tras infinitos desiertos en los que habia odiado sus excesos ahora se sentía reconciliada con sus curvas, pensó en sus manos, las de él, y las suyas, las de ella, se acercaron donde él la adoraba, un breve gesto de placer se congeló en su boca, no podía, debía merecerlo, se arrojó al suelo, la mañana era fría y necesitaba congelar sus ansias, primero dejo que su dorso fuera el que sintiera el manto de frío, poco a poco, atravesando piel desde su espalda para llegar a sus pezones que elevados imploraban calor, pero no quiso dárselo, se quedo quieta, dejó pasar el tiempo para que el tiempo enfriara el dolor del querer, ese que es de piel, ese que te asalta sin permiso y se introduce para arañarte de alma que de caricias desespera. Se quedó dormida.

 

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