Caliz de muerte


De piedra el peso de mi sombra,

de acero el cierre de tu cama,

quizá sola yace ahora en tus noches,

quiza llore mi sudor que clamaba.

Recogida mi ropa olvidada,

desteñida la piel que te hablaba,

blanca de la cueva en la que esconde,

lágrimas por mí que enjutas me desgarran.

Que días aquellos de cuerpos en cadena,

que noches aquellas de recreo y carcajda,

que turbia la vida de rocío ausente,

¡otro vaso! que me ahogo cada instante de serme.

Otro yo me posee y se duerme en mi cadera,

otras ganas me tienen y no son de tenerme,

otros días me aciagan de no encontrar mi imagen,

otra vida sin mí, 

otro sainete,

 otro duelo en la palabra  

otra estancia,

otro marmol de frio me acomoda,

otra viscera ruega el cáliz de la muerte.

Árida noche


Cuando la soledad te saja,

ahonda en tus heridas,

te rompe en dos o mil desastres,

en un millar de risas perdidas,

en cientos de lágrimas tragadas,

cuando el nudo del estomago vomita suspiros de incertidumbre,

cuando el dolor llora seco y tu alma árida de cansacio quema cada expiración,

cuando no puedes, no sabes, no aciertas,

cuando el error es la soga que asfixia las caricias ya sin tacto,

cuando el abrazo prófugo es el silencio que aúlla pródigo,

entonces, 

la noche es una eternidad que ciega al sol que un día vivió detrás de tu mirada.

Guerra silente


Mi cuerpo y yo estamos en guerra, mi mente bambolea entre su tierra y la mía que son la misma, entre la  quietud y los gestos, entre lágrimas de derrota y sonrisas tras una pequeña victoria. Miro esta piel que me cubre, que acaricié y acariciaron y que hoy grita en un roce y clama atándome a una quietud que no soy yo, y bajo su manto, cada rincón que es mi cuerpo, aquel que no hace mucho me hacía volar, se ocultan las mazmorras donde a veces se clavan agujas y otras cuchillos, donde un potro invisible te estira para quebrarte, donde cientos de hormigas te recorren y dejas de sentir, y yo… yo me siento culpable de mi misma, me miro y no reconozco lo que soy y el llanto se atraganta por lo que fui. 

Mi cuerpo está en guerra, y dicen que es mi mente quien lo surte de armas y soldados, pero yo no quiero pensar así, ¿por qué condenarme?, ¿por qué dañarme?, ¿por qué de nuevo sufro esta pena invisible que me azota?, ¿por qué lastimarme así si soy consciente del amor que por mi siento? 

Mi cuerpo está en guerra, contra mi ha sublevado sus legiones y las de los que me miran sin comprender, comentarios que apuñalan, miradas que sajan, ignorancia que rasga el alma.

Mi cuerpo está en guerra, y solo puedo pedir, por favor, una palabra: ayúdame.

Solo yo

El silencio es ese arma de destrucción masiva que me rompe,

la noche de tu verbo,

una copa fría de blanco alsaciano recordando ayeres,

un estruendo que me explota de vacío en la boca y de nausea en el estómago,

un latir acelerado que no excita, zozobra,

como ese sabor de tus besos,

que ya no saben,

pero varados en mi paladar estallan en un crepúsculo de banca rota,

de sentidos derrochados,

de palabras pronunciadas en cúbito supino ayer,

hoy mudas en posición fetal,

catando el aroma nuevo de lo ignorado,

afrutado, con la acidez justa y el paladar áspero.

Me detengo en el ruido brusco de la calle,

hoy paseé lejos de ellos,

me molestan sus vidas más que la mía,

que hoy me viene corta de mangas y larga de piernas que no se anudan a tu cintura,

malditos sean la palabra hueca,

el gesto mudo,

y el rincón que no se olvida,

bendito el satánico recuerdo que me llega ahora,

a deshoras,

a la en punto de más de lo mismo y menos cuarto de ansiedad de boquearte,

como este vino alsaciano que corre mi garganta,

como esta ausencia en mi perenne de ser siempre,  solo yo, a la vuelta de la esquina.

Pura Vida


Y aquí estoy, son casi las tres, en unos instantes las campanas me recordarán que hoy cuesta dormir. Me acabo de fumar el primer cigarro que he liado en mi vida, os reiríais, la necesidad, presumo larga noche y sin nicotina, no será el último. La peque, que ya no es tan peque, respira tranquila a mi lado, los felinos noctambulean en el salón.

Silencio, algún leve ruído nocturno, de esos que de día no apreciamos, nuestro sonido al vivir los enmudece.

Pienso, echo la vista atrás y repaso minutos, de la niña inquieta, de ojos abiertos que quería ser bombero, pirata o presidente del gobierno, a la adulta que conserva el insomnio que abrazó en la juventud vestido de una conciencia limpia. 

Sí, mi corazón y mi alma se han curtido en mil batallas, unas cuantas guerras, victorias y derrotas y aún le queda por luchar. Jamás me he aburrido, mi vida podría adornarse de muchos adjetivos, pero nunca de rutina o monotonía, quizá porque siempre amé lod libros. 

El otro día, con mi pareja y al decirme él cual fue su primer libro, más allá de la literatura infantil o juvenil, quise recordar el mío, y no pude… Recuerdo poemas de Machado, Lorca, Miguel Hernandez a edad muy temprana, recuerdo haber leído “Rayuela” con 17, y mucha de la obra de Cortázar, recuerdo “Nada” de Carmen Laforet y varios libros en catalán de Manuel de Pedrolo como “El mecanoscrit del segón origen” o la colección de “La cua de palla”, novela negra. Recuerdo “La tesis de Nancy”, “Demian”, “Al este del Edén”, “San Manuel Bueno Martir” o “La Regenta”… recuerdo una vida de libros.

Recuerdo…. a los que siempre me han amado y amé y ya no están, a los que amo y el camino recorrido, a los amores de tres horas que serán eternos y aquellos que trensformaron el sueño en una pesadilla de la que desperté. 

Te recuerdo a ti, que me has sonreído, a ti que me has besado, a ti que me abrazaste, o a ti que me comiste la boca e includo tocaste mi alma, a ti que me emocionaste, a ti que de pena o alegría o de ambas me hiciste llorar, a ti que tus dedos pasaron por mi rostro, a tu mirada pícara, a tus ojos tristes, al guiño de tu sonrisa y el sabor de vino de tu boca.

A ti, te doy las gracias, porque cada gesto que me ha vestido desde aquel primer llanto al darme mi madre la vida, ha hecho que esta noche mire atras, me remire y pueda decir dos palabras mágicas: “Pura Vida”

Ya no


Quizá, cuanto mas cuesta respirar, 

es cuando más aire necesitas,

se arrastran las cadenas de aquel que fue tu cuerpo,

hoy dolorido,

cansado él de ser tú y tú de ser en él,

enemigos íntimos que a ratos no se soportan,

amantes cuerpo y alma que un día se desentendieron de haberse entendido demasiado,

la mente hastiada de pensar y de luchar contra ambos,

esquiva una sonrisa que de forzar agota,

rebelde de tanto pensamiento que confunde,

harta de ser en un ser encadenado a la impotencia,

esparce el látigo sobre una piel abrumada a ratos de existir.

¿Tristeza?

No, quizá vivir demasiado agota,

o quiza demasiado derroche de amor desborda,

y entonces aquellas pisadas leves se hunden en el lodazal de demasiado vivir,

de fingir vida a veces muerta,

y la condena,

eso que transcurre sin nosotros,

ese ir de días sin más sentido que una burda espera,

se apodera de cada gesto,

y entonces llega el silencio,

y la quietud de la que eres ahora esclava,

levanta los muros y te aisla de aquel yo que fuiste,

y ahí, cubierta de barro por vivir demasiado,

quedas enrocada en dos metros de oxigeno,

y la pena de seguir viviendo lo que ya no es vida.

Dolor


¿Quien quiere el dolor que arrasa mi alma en estos momento? Que absurda yo. Que absurda la pregunta que tiene respuesta. El dolor intenso, no rasga, rompe, es ese que despedaza tu ser en silencio, ese dolor tan humano, ese, el que es solo nuestro. 

Se cuela por las rendijas, respira tu piel y ahoga  tu alma, es esa gota infinita que martillea tus pensamientos y que maquillas de carnaval ante ajenas miradas.

Ese dolor, solo ese, es ese humano imstante que nos hace átomos enormes de vida, porque la garganta se ahoga y el grito queda silenciado en una mueca que quisiera ser sonrisa.

Dolor, hoy te miro de frente mientras tu afilada navaja abre un tunel infinito en mi alma, pero voy a vencerte, a segundos y a horas, porque tu hierro candente que ahora me abrasa para dejarme helada, me hará mas fuerte, y entonces, los días y el tiempo, se vestiran de ese yo que es un guiño constante de vida, y en un grito susurrado, te diré, hasta la próxima.