Mi amor es todo cuanto tengo, si lo niego o lo vendo para que respirar… Un día más en aquel piso de la calle Córcega, aquel piso que costó eternas tardes de búsqueda, una tarde más de música, de Silvio, de Sabina, de Kortatu, de Serrat o de Rollings… una tarde más donde la antropología les hacía plantearse aún más si cabe aquel mundo donde les había tocado vivir, eran los años de gobierno sandinista en Nicaragua en los 80, los años de la litrona, del café a todas horas, de las salidas nocturnas al KGB o a barrios “poco recomendables”, eran años donde cada instante era una forma de protesta en el aspecto, en el gesto, en la palabra, en la sonrisa, en la risa o en la mirada.
Mi amor no precisa fronteras… y aquel era el tiempo de la ausencia de fronteras, de barreras, porque si era necesario se saltaban. Eran tiempos de cambio en la educación, pero no todos los aceptaban y se manifestaban, tomaban las calles, las plazas, las emisoras de radio, el rectorado, los pasillos de la facultad y aquellas reuniones eternas en el bar, allí se fueron conociendo y reuniendo… aquel bar también era en parte su casa.
Ay amor mío que terriblemente absurdo es estar vivo sin el alma de tu cuerpo sin tu latido… y sonaba la guitarra, aunque a veces ni siquiera era necesario, y es que en esos años en que el amor está tan a flor de piel hay ciertas canciones que fluyen solas, esos años cuando el rio de la vida parece que nunca vaya a desembocar en más mar que en ese torrente de sentimientos que nos invaden a todas horas.Sigue leyendo «Canciones de un instante»
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