Razón húmeda

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Y el cielo te dejó caer en mis brazos,

no el temeroso de un Dios,

el que brilla de sol y amenaza de nubes negras,

el que acaricia mi piel esta mañana que sabe a menta,

fría, resbalando por mi garganta mientras te pienso;

llovía aquella tarde,

arderá el día que exaspero,

porque esperar no es, cuando el ansia alborota,

y juguetón el tiempo pasea debajo de mi ombligo,

recrea segundos en tu boca que son eternidades entre mis piernas,

que se rinden a ti y en ti bañan cualquier hora si tu bebes de ellas,

y tu mirada clavada en mi deseo me recuerda que de ti es mi piel,

que a ti pregona su cántico de temblores, susurros y aullidos,

cuando erguido en mí,

sin palabras,

en la cálida humedad de tu lengua sabia,

proclamas la razón a la que se elevan mis pechos.

Rostro doliente

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El día derrite estares,

calma en un cuarto en penumbra,

deseo latente suspira los rincones,

sábanas tersas las que no se desvisten de ansias,

sus hilos tejen silencios en un aire que pesa,

como los labios que no besan,

que caen derramados de dolores,

se despedazan de destierro,

ahí, confinados de presente,

legados de un pasado punzante,

plañideros de un futuro cierto,

no besar,

penitente el que besaba,

autor del dolo que inunda la tarde,

dio un traspies y la sangre broto de errores propios y ajenos,

la piel,  fue entonces tapiz que cuelga para no cubrir,

las manos embarrotadas,

encajadas aprisionando aire para no respirar cuerpo,

torcida la penunmbra en un claroscuro barroco,

la sombra del boceto borra el rostro de aquel que fuera amante,

hoy velo que cubre rostro y peso que arrastra el alma,

la tarde gira tiempo ,

el ventilador, cansado, gira aire que no respira besos.

Sed de sernos

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Y las ausencia toca fin,

las yemas de mis dedos se lanzan a robarte,

van a atracarte por cada no estar entre sus susurros,

los que se deslizan al caminarte,

los que te aman de frente y espalda,

cuantos días de añorar tu ser,

el que puede recorrerse más allá del húmedo pensar y el desértico existir,

porque el amor va más allá del tacto,

pero el tacto lo hace glorioso,

eleva el tono a un aria de carnes que se componen en heróicos encuentros,

convirtiendo en mística la mirada que registra cada gesto que dibuja el goce,

trágico el fin de la pureza en manos de la piel,

esa que somete cuerpos al infierno del deseo que no se agota,

fuente del elixir de la vida y de la obra,

que brota en labios, cierra puertas y abre compuertas gimientes,

y así,

lacerado de entregarse a ti,

lo único que poseo, mi yo que existe,

celebra la oda de engendrarse en ti,

y ascendiéndonos a la cima,

ser tú, ser yo,

ser nosotros,

sed de sernos.

 

 

 

 

Amante de amapola

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Y en el agua y como el agua,

los amantes se hacen ola,

se reinventan de espacio,

retuercen la vida en boca,

la tarde les cae encima y les cubre de deshoras,

que la deshonra del nombre llegó al alba,

ya sin ropa,

vestida de los anhelos ocultos en otras carnes,

sorda a la razón sin alma,

muda al comadreo del hambre,

que loca por su amor loco a los trigos llama mares,

esos que nunca se puso,

esos que el sabor no sabe,

y entre amapolas que callan,

y un lecho de tierra seca,

moja de amores el suelo,

que no sabe a sal y quema,

del fuego que arde por dentro,

a esa mujer que es la otra,

la que no comulga en fiesta,

la que no se viste manto,

la que él ama suya a ratos,

sin ser más que ave de trigo,

que picotea recreos,

llora las albas de frío,

y muere sin rezos ni ritos,

pero cuándo el sol la besa,

calla un mundo que agoniza

derrotado en sus gemidos.

 

 

 

Angostos versos desnudos

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Puedo recorrer mil mundos, aquí, sentada en esta tarde dónde recordar que el tiempo también puede perderse, o sencillamente recrearlo de pequeños instantes, puedo sentarme bajo el alféizar de tu sonrisa y proteger mi tarde de negras noches, incluso puedo tenderme boca arriba a la entrada de tu alma y pedirle a tu razón que afloje, que de vez en cuando te deje expirar un tiempo muerto o quizá, pueda mirarte y en silencio, acomodada entre tus gestos, escucharte y conocerte más.

La cuestión es que no puedo dejar de pensar en ti y mis manos ya no piensan en otro poema que no sea el que creas en mi cuerpo, y la tarde de un calor angosto en tonos grises me pesa en el estómago, y la curva de mi boca se alza para verte mejor, incluso brillo, desnuda de calor y versos, que abrigan el fondo de mi alma cuando caigo dormida en tu última mirada.