La vida desde el 45

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De repente, una tarde, se dio cuenta de que los años habían pasado, de que su soledad se había apoderado de las paredes de aquella casa, de que el tiempo parecía no pasar y sin embargo cuando se miraba al espejo el blanco de los días transcurridos cubría aquella melena que un día fue de un envidiado negro azabache.

Bajó las escaleras, afortunadamente era sólo una planta, aquel viejo edificio que como ella a veces chirriaba de edad y demasiada vida carecía de ascensor, dobló la esquina y entró en la peluquería de “la Mari”, nunca había entrado, pero cada día se saludaban cuando iba a por el pan o intercalaban alguna frase, la peluquera la miró con una sonrisa.

-Córtalo

-Te decidiste…

-¿Para que tanto moño? Se me cansan los brazos, a él le gustaba, pero ya no está.

-Pues lo cortamos, pero, ¿como?

-Es tu oficio Mari, como tu quieras.

Cuando la peluquera terminó su trabajo se miró al espejo, estaba más guapa, y sin embargo algunas lágrimas escaparon de sus ojos.

-¿Por que lloras?, estás más guapa.

-Porque ahora sé que no volverá, que no hay marcha atrás para la muerte.

-Teresa, hace ya más de un año, es duro, pero debes mirar al frente, pensar que a ti te queda vida.

-¿Que vida?

-Tus hijos, tus nietos, tu tiempo.

-Sólo tengo un hijo Mari, se fue a otro país y se casó con una extranjera, casi no viene, cuando murió su padre vino solo, casi ni le reconocí.

-Bueno, entonces te queda lo mas importante, tu tiempo. ¿Que te gusta hacer?

-Antes coser, pero la vista ya no es la de antes, esa también se ha ido. Pasear, ver gente.

-Pues hazlo, sal a la calle, anda, pasea hasta que se te cansen las piernas y la mirada de ver tanta gente, además, con el cansancio seguro que hasta duermes mejor.

Teresa la miró entre la tristeza más profunda del alma y la pequeña luz de esperanza que ahora veía entre las calles de su barrio.

-Buenas tardes, perdone, ¿Me puede decir como ir al Hospital del Mar? He salido desconcertada del metro y ahora no se…

-Claro hija claro, mira está allí, detrás de aquel edificio. Si quieres te acompaño, voy hacia allá.

La que hablaba era una mujer mayor, más de ochenta, al menos en apariencia, pero en ese momento de la vida en que los años quizá ya han dejado tanta huella que es difícil decir cual es. La que escuchaba una mujer al final de la treintena, con cara de felicidad, amplia sonrisa, una luz, así llamaba Teresa a los que cruzaban la vida con esa sonrisa.

-¿Como te llamas?

-Claudia

-¿Algún familiar enfermo?

-No, un amigo, pero ahora ya no es grave, está mejor.

-Que suerte tiene tu amigo…

-Yo también soy afortunada. Y usted, ¿tiene alguien enfermo?

-No, mi último enfermo se marchó hace ya poco más de dos años.

-Y entonces donde va.

-Voy buscando sonrisas como la tuya.

Claudia la miró sorprendida, invadida por la ternura, acariciando la soledad de aquella mujer que la acompañaba.

-Cada tarde, en vez de dejarme adormecer en el sofá salgo a la calle buscando el mar, ando y ando, paseo y a veces llego a bancos donde ya he hecho amigas, charlo un rato con ellas y sigo buscando sonrisas, hasta llegar más o menos aquí y luego regreso en el autobús, en el 45, los conductores me conocen, me saludan y me preguntan, y así termino el día charlando o mirando por el mundo que pasea detrás del autobús.

-¿Cada día?

-Sí, aunque a veces cojo otra linea y viajo a otros mundos, a otras vidas que también viven en mi ciudad, si salgo temprano, puedo coger el 59 y me voy a los barrios altos, donde viven los ricos, pero me gusta ir más ahora, en invierno, que lucen más las pieles y las joyas, en verano somos todos más iguales.

-¿Todos iguales?

-Sí, el verano tiene menos joyas, pantalones cortos y faldas sencillas con vuelo, vestidos largos y más sonrisas, el verano es mejor cerca de la playa.

-¿Y por que el autobús?

-En el autobús la vida pasa a través de la ventana, gente que sale del trabajo con cara de cansada, niños felices que juegan después de la escuela, es divertido verlos correr sin más futuro que una pelota y una portería, niñas que se miran en cada escaparate, besos, abrazos, discusiones… Algunos son habituales de mi vida, de ellos me imagino sus historias, y a veces al llegar a casa imagino su futuro y lo escribo, la vida pasa cada día a nuestro lado, y vosotros los jóvenes estáis tan ocupados que no os detenéis a mirarla.

-Y usted tiene el tiempo.

-Ahora sí. Una vez fui joven como tú, entonces el dinero escaseaba, como ahora, el trabajo, la casa, mi marido y criar a mi hijo me dejaron sin tiempo.

-Puedo preguntar, ¿fuiste feliz?

-Si, creo que sí, mi marido fue un buen marido, mi hijo lo fue, pero se marchó, y creo que poco a poco se olvidó de nosotros, o se avergonzó.

-¿Como que se avergonzó?

-Bueno, se fue a Alemania, el gana mucho y ella, ella casi no se como es, contando la boda la he visto tres veces.

-Os separó la distancia.

-No, la distancia no separa, se separan las almas.

-¿Y ahora le ves?

-No, desde que murió el padre no ha vuelto. No creo que le vea.

-Eso es muy triste.

-Lo es, pero con el tiempo te acostumbras a todo, incluso a ser una vieja abandonada en el espacio al que algunos no quieren regresar.

-No lo entiendo.

-Yo tampoco, pero hace tiempo deje de preguntar. Ahora mi vida son otros, anónimos y conocidos, gente a la que no aferrarme pero que llenan mis días, transeúntes del tiempo que gritan vidas que yo observo detrás de la ventana de un autobús, esos no duelen, y sin embargo, sin saberlo, me dan un sitio en este mundo, un sentido.

-¿Ese no era tu autobús?

-Sí, pero te acompaño a la puerta, si quieres.

-Me encantaría. Quiero saber más.

-¿De la vida?

-De ti, tu eres la vida.

-No, yo no soy la vida, la vida somos nosotros cuando nos bañamos de lo que sucede a nuestro alrededor.

-En el 45.

-El 45 es mi preferido, en su recorrido suceden miles de historias, vidas anónimas que pasan, se sufren o se disfrutan, y esas son las que llevan tu sonrisa.

-Hemos llegado.

-Sí, hoy voy un poco más tarde, hoy será Manuel quien me lleve a casa.

-¿Conoces su nombres?

-Claro, ellos son los caballeros que me dejan en casa. Me saludan por mi nombre, y me felicitan las Navidades y hasta mi cumpleaños, yo también soy parte de su vida, y también de algunos pasajero, somos unos cuantos lo habituales.

¿Puedo abrazarte y besarte?

-Por supuesto, y prometerme que algún día estarás en la parada del 45 a las 6 si es invierno, a las 8 en verano.

-No soy de promesas, pero esta vez ganas, estaré.

Se despidieron con un abrazo y sendos besos en las mejillas, se miraron cómplices y se despidieron. Claudia se fue al hospital, Teresa a su autobús, la vida seguía para las dos y sólo el cumplimiento de una promesa podría unirlas de nuevo.

-¿Que tal el paseo Teresa?

Era “la Mari”, se fumaba un cigarro antes de poner el último tinte.

-Perfecto, he conocido a mi hija.

-¿A tu hija?

-Sí, yo también tengo secretos.

-Pero tu me dijiste que sólo tenías un hijo.

-Nunca es tarde.

-¿Estas bien Teresa? Me preocupas. ¿Llamo al médico?

-¿Al médico? No, esos no saben ni curar la tristeza, y la felicidad, si la quieres, no tiene remedio.

Mari la miró entre la sorpresa y la preocupación, ella la había animado a esos paseos, pero ahora…

-Bueno voy a terminar, mañana con el café me cuentas.

-Vale, Mari, pero mira que eres cotilla.

-Esto es un peluquería.

Y con una sonrisa picarona se metió en su negocio y dejó a Teresa sonriendo, con luz.

Agua

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El gris resbala por las calles inundándolo todo,

su caricia húmeda recuerda que el calor quizá sea mañana, pero no siempre,

luz triste,

te pienso bajo mis sábanas secas,

puedo descender tu pecho sin tocarlo,

lo aprendí en una caricia,

reposo la cabeza y miro buscando tu boca,

tu lengua me ha encontrado,

nos saludamos, ella me recorre y yo le respondo con maullidos placenteros,

ronroneo mientras mi mano te busca,

estás erguido,

acaricio tu mañana grandilocuente,

me sonries,

te gustan mis silencios de reclamo,

tomas mi pelo para que mis ojos queden eferrados a ti,

te encaramas,

el agua desciende del cielo mientras me acunas,

la calle está en silencio,

la cama no,

recita versos,

me tienes atrapada,

me gusta cuando cuelgo de tu anzuelo y lucho por no liberarme,

me sonríes,

el agua resuena en los patios,

sin silencio te precipitas en mi para inundarme,

te recojo,

ni te mueves ni te dejo,

humedades,

agua que baña las calles tocadas de nubes,

agua que brota de gestos,

tu de mi y yo de ti.

 

La cala

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Una cala blanca en tu mano,

una sonrisa abriendo la mañana,

tu espalda preparando un café,

me quedé colgada es su belleza,

patinaba mi mirada por cada torsión antes de dar el salto a la siguiente,

parecía como si no existieras,

era el momento de fe,

la flor, el aroma, la espalda,

mi mano quería acariciarte,

yo celosa de la magia la sujetaba,

prefería ser eterea en un instante eterno que real en un segundo de tic tac,

un pájaro golpeó la ventana con su pico,

te saludaba, como yo, pero el podía volar, yo estaba amarrada a tu cuerpo,

te diste la vuelta, el hechizo terminó con tu sonrisa pegada a mis labios,

los mordí,

gritaste flojo, entrecortado,

clavaste tu mirada en mi,

me sentí Diosa,

pasaste el dedo por tu labio enrojecido,

ascendí a los altares,

lo acercaste a mi boca para que lo lamiera,

descendí de mi alma arrastrando mi cuerpo,

postrada a tus pies elevé la mirada del deseo,

la cala reposaba en la mesa,

el café quedo frio sin boca,

tu y yo,

condenados, yacientes, entregados,

reos de existirnos.